Este sitio web utiliza cookies propias para mejorar la experiencia de navegación y de terceros exclusivamente para recoger datos de análisis. Si continúa con la navegación significará que acepta y está de acuerdo con su uso. Más información
Aceptar
¿Es posible encontrar consuelo en la ciencia? Antonio Ayuso nos habla de ello en su primer libro.

Hablamos con Antonio Ayuso (Madrid, 1971) de su libro Una apacible turbulencia, un ensayo tan ameno como original que indaga en las eternas preguntas que conforman la experiencia humana.

Vayamos al grano: ¿es posible encontrar consuelo en la ciencia? ¿O seguimos esperando de ella respuestas que quizá no pueda darnos?

La respuesta a las dos preguntas es sí.

Por una parte, seguimos esperando respuestas que la ciencia no nos puede dar. Imaginamos una ciencia todopoderosa y plenipotenciaria, una ciencia que, con el tiempo suficiente, solucionará todos los problemas de la humanidad. Por otra, hay modelos científicos que se acercan a lo que percibes a tu alrededor. Que cuando miras a través de ese modelo te reconoces, y reconoces la realidad que te rodea.

Lo ideal sería ser capaces de movernos en ambos planos: por una parte, poniendo a la ciencia en el lugar que le corresponde (una visión del mundo creada a partir del método científico) y, por otra, acercarnos a disfrutar de los modelos científicos que se asemejan a lo que sentimos (que los hay).

Desde que el ser humano alzó la vista al cielo, ha buscado en las estrellas algo más que respuestas: una forma de entender su lugar en el universo. De los mitos a la ciencia, del asombro al conocimiento, seguimos mirando el firmamento con esa mezcla de curiosidad y deseo de certidumbre. ¿Por qué seguimos mirando arriba? ¿Qué buscamos en realidad?

A nosotros mismos. A ti. A mí. El cielo de la antigua Grecia no es si no el reflejo del alma particularizada en ese momento histórico. La astrología no deja de ser nuestra propia imagen percibida a través de unos símbolos en los que buscamos nuestra propia representación. La retorta de los alquímicos, el matraz al que con atención apasionada miraba el mismísimo Isaac Newton, es también el reflejo del alma. La teoría de las cuerdas, te diré, yo la entiendo igual, de nuevo una búsqueda que acaba en nosotros mismos (¿elementos que, dependiendo de cómo vibran, son una cosa u otra? ¿no somos todos así?).

Miramos a lo que no conocemos porque nos intriga. Y una vez que estamos allí, construimos teorías, modelos, creencias y ficciones que nos ayudan a mirarlo. Sin poder evitar que esas ficciones acaben finalmente siendo nuestras propias proyecciones.

En el libro afirmas que el modelo occidental de pensamiento —tan racional y lineal— está agotado, y nos invitas a observar el mundo de otra manera. ¿Qué encontraremos en Una apacible turbulencia? ¿Qué alternativas propones a ese pensamiento que parece haber llegado a su límite?


Por una parte, como te decía antes, habría que colocar a la ciencia en su sitio. Dejarla que aplique su método sin dogmatismo alguno, siendo al mismo tiempo consciente de sus limitaciones. Por otro lado, propongo explorar los modelos científicos que armonizan con lo que sentimos al vivir. Esto va a ser fácil, ya que el mismo agotamiento del relato clásico —el determinismo— nos está empujando a ello. Hablo de la física cuántica, de la de fluidos, de la teoría del caos. Elementos de la ciencia que niegan o juegan con el determinismo y que están encontrando su sitio en el pensamiento occidental. Por último, si se cumple lo primero, recordemos por favor que arte y filosofía siempre han sido nuestras puertas abiertas al misterio.

Juntándolo todo, imagino que podría ocurrir eso de que la vida fuera algo parecido a una apacible turbulencia, moviéndote en un fluido de manera caótica pero sin sobresaltos, una línea sinuosa y sosegada de destino incierto, tanto desde el punto de vista metafórico –ese fluir que a veces ponemos en palabras– como el literal –y es que sí, vivimos permanentemente inmersos en un fluido, casi siempre aire, a veces agua, en un régimen de moderada turbulencia.

El libro tiene también una dimensión muy íntima: hablas con tu hijo, Héctor, te enfrentas a tus propios miedos y reflexionas sobre el amor como una energía que atraviesa todo. ¿Qué papel juega la paternidad en esta historia?

La sinceridad. La paternidad hace que la franqueza atraviese todo el texto. Cada palabra. Cada idea. Ante un hijo qué tienes. Nada más que la verdad. Es una de las terribles maravillas de ser padre: no hay engaño, mentira, ni artificio que pueda tener lugar. La honestidad te atraviesa en todo lo que haces. No solo hacia él, sino también hacia ti, en la medida que le afecta él. En el libro no hay engaños, no hay mentiras, está la verdad desnuda.

¿Son los niños, con su mirada nueva y asombrada, quienes nos ofrecen una segunda oportunidad para ver el mundo con ojos menos cansados?

Otra de las terribles maravillas de ser padre es dejar de ser la persona más importante del mundo. Qué alivio. Qué liberación. Siempre tú, todo el tiempo, la vida entera, tú. Hasta que, de pronto —sí, de pronto: la paternidad tiene estructura de accidente, no hay nada gradual en ella— aparecen las hijas y los hijos y pasas a un segundo o tercer plano. Una liberación, en cualquier caso, parcial, ya que en realidad tus miedos no desaparecen: tan solo los mueves de sitio. Sobre la muerte, por ejemplo, dejas de temerla explícitamente, pero no puedes siquiera imaginar la de tus hijos. El miedo sigue ahí, lo has sacado de ti pero lo has puesto en ellos.

Así que sí, es cierto que es una segunda oportunidad de ser, porque puedes ser en ellos. Una mirada un tanto egoísta, eso sí, porque es una mirada propia, no es la suya. La provocaron ellos, pero está en ti. La nueva oportunidad es para el que hace el gesto mágico de ponerse allí. Y lo grandioso es que, aunque el miedo sigue ahí, porque por el momento solo lo has movido de sitio, al menos eres capaz de mirarlo y hacer cosas con él: enfrentarte a él, sentirlo y explorarlo.

Uno de los conceptos más sugerentes del libro es el de “una mirada al espacio que nos ayuda a entendernos por dentro”. ¿Qué tiene el universo que, al mirarlo, nos devuelve una imagen más clara de nosotros mismos?


Por una parte, todo cambio de perspectiva ayuda a ver lo que tienes entre las manos con más claridad. Te separas, sientes, piensas y, cuando vuelves a tus manos, todo ha cambiado de color.

En cuanto a esa mirada específica al universo en sí, para mí tiene un significado primordial, estructural, fundacional: imaginarme en medio de una galaxia, entre planetas desconocidos, rodeado remotamente por las luces lejanas de otras galaxias, no hace sino dejarme muy claro el hecho de que no tenemos ni la más remota idea de qué hacemos aquí. De qué es la vida. De qué es esto de existir. Para mí es una sensación que le arrebata el sentido a casi todo el resto. Una apisonadora devastadora y absoluta que se lleva por delante casi todo. Allá, en medio del espacio infinito, solo puedes preguntarte qué somos, qué soy. Qué es esto de existir. De estar. Para qué. Por qué. Y ser consciente de que no tienes la menor idea de las respuestas a todas esas preguntas y de que nunca la tendrás.

“A un infinito como la muerte solo se le puede interpelar con otro infinito: el amor”. ¿Qué papel juega el amor en este libro y cómo se convierte en una respuesta frente al vértigo de lo desconocido?

Cuando digo casi todo más arriba es porque hay cosas que son igual de inexplicables que la vida. Y la más potente de esas cosas inexplicables es el amor. No me refiero solo al que puedes tener hacia tu pareja. Me refiero al amor en general. Al que profesas a tu pareja, al universo, a tu mejor amiga, a tus compañeros de vida… los occidentales nos hemos quedado desde hace tiempo cortos en cuanto a palabras relativas al amor. Tenemos amor y poco más. Me gusta recordar que hay mil derivadas más, con matices, que vienen a fundirse con el sentimiento pleno y global.

El caso es que ese pánico maravilloso de estar solo en medio del universo se difumina al sentir amor. Intento contar en el libro que nos encontramos ante un duelo de brutalidades: brutalidad contra brutalidad, infinito contra infinito, lo inexplicable contra lo inexplicable, lo incognoscible contra lo incognoscible, un duelo mastodóntico en el que, por suerte, domina el amor.

Es como si la muerte viene y te pregunta: piedra, papel o tijera, y siempre gana el amor. Me gusta este ejemplo porque pienso que hay otros infinitos que interpelan, que son capaces de ponerse al mismo nivel que el miedo a la muerte: me refiero al arte, al pensamiento, a la frescura. Pero con esos infinitos como que llevas una mano más floja. Con el amor, sin embargo, ganas seguro, independientemente de lo que lleve la muerte cuando saque la mano de detrás de la espalda. Piedra, papel, tijera, da igual: gana el amor. Con el arte, el pensamiento, el juego, también vas bien, pero menos. Con esos infinitos también hay partido, porque siguen siendo cosas que no caben en la cabeza frente a cosas que no caben en la cabeza.

Has trabajado muchos años en la Agencia Espacial Europea y en proyectos para la Estación Espacial Internacional, e incluso llegaste a postularte como astronauta. ¿Cómo ha influido toda esa experiencia científica en tu forma de pensar y de escribir?

Querámoslo o no, una parte significativa de nuestro mundo occidental está escrito en lenguaje matemático. Científico. Tecnológico. Se lo inventó Galilei hace más de cuatrocientos años y, desde entonces, nos lo hemos creído y lo hemos ejecutado a pie juntillas durante todo este tiempo. Así que desde ese punto de vista me siento un privilegiado, alguien que puede entender las escrituras, los textos sagrados, el Journal of Fluid Mechanics y el Nature.

Algo que, al mismo tiempo, tiene su revés, ya que al entender lo escrito no hay velos que oculten las construcciones que están detrás, las ficciones creadas en torno a ese supuesto lenguaje de la naturaleza. Eso hace que ese entendimiento sea también una maldición, ya que entre bastidores lo ves todo, no solo lo que se quiere mostrar. Supongo que esa maldición/bendición la llevo conmigo allá donde piense y escriba.

A lo largo de las páginas mezclas historias personales con explicaciones científicas: del humo de un cigarrillo a las ecuaciones de la turbulencia. ¿Fue difícil encontrar el equilibrio entre ambos mundos? Dices a menudo que nunca has entendido la separación entre ciencias y letras. ¿Por qué crees que seguimos empeñados en etiquetarnos tan pronto en uno u otro campo?


Si te fijas, la mirada es la misma, independientemente de si estás en una historia personal o en una explicación científica, mi mirada es similar: una mezcla de sorpresa, curiosidad y asombro. Una mirada que es hija, supongo, de esa visión maldita y al mismo tiempo, privilegiada que te contaba más arriba.

Desde esa mirada lo que más me interesa son los pequeños detalles: lo que aparece en el segundo plano de las fotos, aquello en lo que es fácil no fijarse, lo secundario. Porque por ahí se va a colar el diablo. El diablo es grande, omnipotente e infinito, y aun así cabe por cualquier rendija. Ahí me pillarás a mí. Mirando la rendija, atento a lo que pueda aparecer en cualquier momento.

Así que ese equilibrio, de existir, me viene dado, es el modo en el que veo las cosas. Con la poética inherente al hecho de vivir y no saber, y con la visión curiosa del que entiende el lenguaje en el que están escritas hoy en día las reglas de occidente.

Con Descartes nace un modo de vivir que consiste en meterlo todo en cajitas. Esto aquí, esto allá. En el siglo XVIII esa visión se consolida y hacemos de facto unas cuantas cajitas. Esa visión ayuda para muchas cosas, pero para otras es algo miope, ya que se queda solo con lo que consigue meter en las cajitas. De ahí la cajita ciencias y la cajita letras. Pero, claro, todo lo que no es cajita… ¿no existe? ¿y lo que vale para dos cajas? ¿y lo que cae en la frontera entre dos cajas?

Mi experiencia es que la vida en el borde es complicada. Mejor dicho: vista desde el borde, la vida dentro de cualquiera de las cajitas parece más asequible. Digo bien parece, porque puede que me equivoque. En cualquier caso, da igual como sea, porque mi experiencia es que no puedes elegir, vas donde vas, si es caja a la caja, si es frontera a la frontera.

Al final del libro le dices a Héctor: “Despídete del orden y dale la bienvenida a la turbulencia”, pero también le recuerdas que en el conocimiento quizá haya algo de consuelo. ¿Crees que la ciencia, más que darnos respuestas, puede ayudarnos a aceptar el misterio de estar vivos? ¿O, en última instancia, se trata de aprender que no todo puede explicarse?


La primera frase significa: olvídate del control absoluto. Y está ahí porque creer en el control es una ficción que solo te va a traer tristeza y desconsuelo.

Eso no quita que toda forma de conocimiento —incluido el conocimiento científico— que sepa convivir con la incertidumbre, con la ausencia de predictibilidad, será siempre una fuente de consuelo, ya que nos acercará a cómo es la vida en sí: incierta e impredecible.

El método científico es muy claro: observa, hipotiza, comprueba, repite y estate atento porque siempre puede venir una novedad a corregirte. Todo lo que se salga de ahí no es ciencia. Así que la ciencia hará lo que nosotros digamos, y si lo hacemos bien, explotará en modelos que sepan convivir con lo incierto y lo impredecible, porque irán explicando la realidad a la que estamos mirando.

Imagínate un mundo en el que todo estuviera explicado. ¿Querrías vivir allí? Ni todo puede explicarse, ni en realidad queremos de verdad que todo pueda explicarse. Qué haríamos con un mundo explicado. Aburrirnos soberanamente. Otra cosa es que estemos condenados a querer saber en todo momento. Pero es precisamente en ese equilibrio —querer saber y no poder— donde tenemos que aprender a vivir.

Antonio Ayuso (Madrid, 1971) nunca ha entendido la separación entre ciencias y letras. Así, se interesó enseguida por el espacio a través de los libros, y fue precisamente en ese conocimiento donde encontró la motivación para estudiar ingeniería aeronáutica y dedicar su vida profesional a las misiones espaciales. Ha formado parte de la Agencia Espacial Europea (en Holanda), ha trabajado en elementos de la Estación Espacial Internacional (desde Italia) y ha desarrollado equipos para llegar a Marte (en España). Todo ello sin perder de vista la palabra.


Empieza a leer.


Compartir en

Autor relacionado

Libros relacionados

Suscríbete a nuestra newsletter