Llucia Ramis nos habla de «Un metro cuadrado», su primera incursión en la no ficción.
A medio camino entre el reportaje literario, las memorias y el análisis periodístico, Llucia Ramis aborda en UN METRO CUADRADO el problema de la vivienda en nuestro país mientras relata su propia historia como inquilina en los pisos por los que ha pasado a lo largo de las últimas tres décadas. Una crónica personal y sentimental de los espacios y las personas que conformaron distintas etapas de su vida, así como un mapa de la progresiva gentrificación de nuestras ciudades y de las causas y consecuencias del encarecimiento de la vivienda. Ganadora del IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide, UN METRO CUADRADO indaga en la importancia de la palabra «hogar» en una era en la que la precariedad se normaliza y nuestros barrios se convierten en escenario para turistas y ricos expatriados. La periodista y escritora, autora de TODO LO QUE UNA TARDE MURIÓ CON LA BICICLETAS y LAS POSESIONES nos habla de su primera incursión en la no ficción en esta entrevista.
En librerías el 30 de marzo.
Un metro cuadrado es una crónica personal que refleja un problema colectivo: la crisis de la vivienda. Tu experiencia como inquilina durante casi treinta años sirve para explicar una transformación social mucho más amplia. ¿Por qué elegiste partir de tu propia historia para contar este fenómeno?
El tema de la vivienda suele abordarse desde un punto de vista social y económico, y quería explorar su aspecto psicológico: cómo nos relacionamos con nuestra casa cuando no es estrictamente nuestra, ni un lugar donde sentirnos a resguardo porque nos pueden echar en cualquier momento. Hasta qué punto la inestabilidad —propia y del entorno—, ese permanente estado de alerta, nos condiciona el estado de ánimo y la manera de ser.
La casa es el lugar en el que vivimos, donde está nuestra vida. Desde que vine a estudiar la carrera a Barcelona, he pasado por más de diez pisos distintos. Los contratos de alquiler eran cada vez más breves, el precio no paraba de subir y yo cobraba cada vez menos, con lo cual, tenía que trabajar más y más, sin alcanzar nunca la tranquilidad de saber que contaba con un hogar, esa sensación de “estoy en casa”. Números que no salen, el desasosiego provocado por el 'qué será de mí', otra vez mudanzas. Es agotador. Eso lleva a preguntarme: ¿Cuál es mi lugar? ¿De dónde soy? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
En este sentido, el libro sigue la línea de los anteriores que he escrito. Todos tratan de la precariedad, la erosión de los cimientos de la sociedad igualitaria y de bienestar que esperaban nuestros padres. A veces viene un técnico y dice: “Esto está fatal”. El daño es estructural, pero asombrosamente aguanta.
El libro mezcla memoria, crónica urbana y análisis periodístico: combina episodios autobiográficos con investigación sobre la evolución del mercado inmobiliario y la transformación de las ciudades. Tras varias novelas, ¿sentías que el periodismo —o la no ficción— reclamaba su espacio en tu escritura?
En tiempos de algoritmos e IA, que contestan automáticamente sin contrastar fuentes y reforzando las hegemonías, quería poner en valor el periodismo. Por qué se formula una pregunta, cómo se buscan respuestas y dónde. Cuál es el mecanismo por el que se destacan unos hechos y otros quedan en segundo plano. Hasta qué punto los datos reflejan la realidad o la provocan. Cuál es la distancia adecuada para tratar un tema tan íntimo y a la vez tan global como la vivienda.
Al analizar cómo se construye el relato, detectamos el fallo, entendemos de dónde sale y por qué acaba incorporándose a la manera que tenemos de ver y explicar las cosas. El último lustro se han publicado ensayos muy esclarecedores acerca de la vivienda, además de centenares de artículos que he ido recopilando y leyendo. Me parecía importante subrayar el trabajo que hay detrás de esas investigaciones. Ahora que la realidad está en cuestión, se ha roto el consenso sobre la veracidad y muchas veces no sabemos qué creer, quería subrayar cómo la información influye en la manera que tenemos de interpretar lo que nos rodea.
Un metro cuadrado no es un estudio sobre la vivienda, sino una crónica en la que todo lo que he leído impregna mi relación con los lugares en los que he vivido y la narración misma. A la vez, desentraña el método que me lleva a un resultado: el propio libro.
A lo largo del libro vuelves a muchas de las casas en las que has vivido: pisos compartidos, habitaciones de paso, barrios que han cambiado radicalmente. ¿Qué buscabas al regresar a esos lugares y qué descubriste al mirarlos desde el presente?
En Diarios del olvido, Semezdin Mehmedinović dice, refiriéndose al exilio, que recordamos los lugares que hemos habitado, pero ellos no se acuerdan de nosotros. No estoy de acuerdo del todo. Cuando vives de alquiler, por tu casa han pasado otras personas antes y han dejado algo suyo; puede ser desde un mueble hasta una dirección a la que todavía llegan sus cartas. También puede ser la relación con los vecinos, que te hablan de esas personas. Es un rastro; las vidas anteriores de una casa podrían ser sus fantasmas.
Los lugares donde vivimos nos marcan, forman parte de nuestra memoria. Tenía curiosidad por saber quién vive ahora donde lo hice yo hace treinta, o veinte, o diez años, y cómo se relaciona con la que una vez fue mi casa. No por nostalgia, sino como un ejercicio literario y analítico. Es como volver a ver a alguien a quien quisiste y luego perdiste la pista. Lo curioso es que la memoria corrige la realidad, y no al revés. Ves los cambios, pero también ves lo que estuvo ahí y, de algún modo, aún permanece.
Cuando la alteración de un entorno es traumática, cuando ya no encuentras los puntos de referencia porque han tirado un edificio o han construido una urbanización en un paisaje acostumbrado, cuando ya no reconoces un lugar, entonces te desorientas, sientes que te has perdido. Y al mismo tiempo, que has perdido algo que formaba parte de ti.
En el libro afirmas que el lugar en el que vivimos es mucho más que un espacio físico: es la base sobre la que construimos nuestra vida, nuestras relaciones y nuestra memoria. Un metro cuadrado parte de una pregunta muy poderosa: ¿qué significa hoy poder nombrar un lugar como “hogar” en un momento en que la vivienda se ha vuelto cada vez más inaccesible?
El hogar es el calor alrededor del cual se reunían los clanes, las familias, las comunidades. Se supone que es refugio, un lugar al que volver cada día, donde están tus cosas y tu intimidad, donde descansas. Es sinónimo de protección. Un techo y unas paredes que te cobijan. Pero, ¿cómo sentir todo eso si tu alquiler es de tres o cinco años y sabes que, si no te lo renuevan por el mismo precio, probablemente no tendrás adonde ir?
Desde que firmas el contrato, empieza una cuenta atrás que hace que concibas el piso, el barrio y la ciudad como un entorno con fecha de caducidad. Mientras eres estudiante, es divertido, forma parte de la aventura. El problema llega cuando empiezas a establecer vínculos con los vecinos, con el barrio, con un trabajo, con el colegio de los niños, con el paisaje cotidiano. Todo eso que crea un sentimiento de identidad y pertenencia: soy de aquí, vivo aquí, estoy en casa.
Pago la renta, pago impuestos, cuido el piso, me lo hago mío. Soy la inquilina ideal. Y aun así, en cualquier momento pueden decirme: fuera. Incluso si eso no llega a pasar nunca, es imposible evitar el miedo cuando ves que amigos, conocidos y vecinos están en esa situación, o ves cómo vacían el edificio de enfrente para reconvertirlo en pisos de lujo o apartamentos turísticos. Vivir permanentemente con esta incertidumbre imposibilita la calma de un hogar. Hace que te sientas vulnerable, no tienes un refugio garantizado.
En Un metro cuadrado vas un poco más allá de lo anteriormente comentado cuando reflexionas de forma muy evocadora sobre la relación entre las personas y los lugares que habitan. En un momento dices que los hogares no nos pertenecen del todo: nos acompañan, nos cuidan y nosotros también los construimos. ¿Hasta qué punto las casas que habitamos moldean quiénes somos?
En el confinamiento fuimos conscientes de lo que implica vivir en un sitio sin balcones o sin luz natural. A medida que la gentrificación nos aparta hacia las periferias, y dedicamos varias horas al día a desplazarnos a nuestro lugar de trabajo, crece la ansiedad, el temor a llegar tarde y que te despidan. Encima está la angustia derivada de no poder establecerte en un piso ni tener alternativas.
Todo eso va haciendo mella y acentúa las inseguridades. No pides una rebaja en la renta por si el propietario o la agencia deducen que eres insolvente; convives con tu ex porque no podéis permitiros dos alquileres; te resignas a vivir en un zulo por un precio desorbitado (o en una caravana, o en una habitación ciega en un piso compartido, o en la casa de tus padres) porque no te queda otro remedio. Asumes que es lo que mereces, crees que no vales nada. El sentimiento de fracaso y frustración es total.
Por otra parte, cuando entras en determinados lugares por primera vez, hay algo —un tipo de familiaridad, un ambiente, una luz— que hace que te sientas en casa. Lo ideal sería vivir allí, pero muchas veces no es posible. Yo me he avergonzado de algún que otro piso, y otros eran tan bonitos que creía que mis compañeras confabulaban para echarme y quedárselo, o que mis novios no me querían a mí, sino vivir en ese piso.
Sea como sea, intentas adaptarte. Recuerdo con cariño casi todos los sitios en los que he vivido y las personas con quienes lo he hecho. Entre todos, conforman mi memoria, y les debo parte de quien soy.
El libro es también un retrato generacional: el de quienes llegaron a la vida adulta en un momento en que la estabilidad —laboral y habitacional— empezaba a desvanecerse. Si pudieras hablar con tu “yo” recién llegada a Barcelona en los años noventa, ¿qué le dirías ahora?
La verdad es que mis yos siempre han sido bastante tremendistas y apocalípticos, así que supongo que le diría: ahórrate el síndrome de Casandra porque, aunque te parezca que no sabes adonde vas y te asuste tener razón, siempre te quedará el consuelo de que fuiste más o menos coherente.
Cuando llegué a Barcelona, no conocía a nadie y esperaba descubrir cosas que ni siquiera imaginaba. Empecé a trabajar en segundo de Periodismo para poder independizarme al acabar la carrera y no tener que volver a Mallorca. Hice prácticas no remuneradas, he cobrado en negro, he empalmado varios contratos temporales, tuve que darme de alta de autónomos para trabajar de periodista. Al principio piensas que es porque estás empezando, crees que es transitorio. Pero la cosa se alargaba, y había algo ahí que no acababa de funcionar.
Entonces llegó la crisis del ladrillo cuando teníamos treinta años, y todo se derrumbó: aquella provisionalidad se eternizó, la precariedad se cronificó. Unos aprovecharon la oportunidad para concentrar riqueza, y los demás fuimos perdiendo espacio, derechos, recursos, capacidad de ahorro y, en general, ánimo para intentar cambiar las cosas.
La gentrificación no solo dificulta que los jóvenes tengan acceso a la vivienda y la posibilidad de emanciparse, también hace que los no tan jóvenes, aun con buenos trabajos y salarios en la media, no consigan la estabilidad si viven de alquiler. Hasta que no se creó el Sindicat de Llogateres, los inquilinos se sentían muy solos. Siguen sintiéndose desamparados, porque buena parte del discurso mediático tiende a tratarlos como sospechosos habituales, y las leyes parecen más dirigidas a una sociedad de propietarios que se está convirtiendo en una sociedad de inversores.
Uno de los hilos del libro es cómo la vivienda ha pasado de ser un derecho a convertirse en un activo financiero. Esa transformación ha cambiado profundamente nuestra relación con las ciudades. ¿Qué momentos o decisiones políticas crees que fueron decisivos para que se produjera ese cambio?
Son muchas. En 1985, se eliminaron los contratos indefinidos de alquiler con precios regulados porque supuestamente eso dinamizaría el mercado y habría más oferta. En 1993, organizaciones internacionales instaron a detener la construcción de parque público de alquiler y promover el acceso a la propiedad privada. A diferencia de la sanidad y la educación, que son universales, en España los pisos protegidos serían —en teoría— solo para los pobres. Al final acabaron casi siempre en manos privadas.
Mientras tanto, se desregularon los mercados hipotecarios y el inmobiliario se convirtió en el negocio principal de los bancos. La vivienda y las deudas pasaron a ser activos financieros. En 1997 se liberalizó masivamente el suelo urbanizable; promotores, cajas de ahorros y ayuntamientos se aliaron para hacer negocio. Los bancos concedía créditos por encima del precio de la vivienda a todo el que lo pidiera y se generó una demanda especulativa. Cuanto más crecía la demanda, más subían los precios, lo que animaba a los inversores.
Al estallar la burbuja, entre 2008 y 2013 el precio de la vivienda cayó. El gobierno podría haber puesto la condición de convertir los inmuebles rescatados a los bancos en parque público y crear un sistema de vivienda protegida. Pero optó por hacerlas atractivas para que los inversores las compraran, contribuyendo a su revalorización. El Banco Central Europeo favoreció a los mismos actores financieros que, en muchos casos, habían causado la crisis. Hasta 2022 se mantuvieron los tipos de interés excepcionalmente bajos, y quienes tenían capacidad de endeudamiento contaban con más dinero disponible y compraban vivienda.
Las ciudades entraron en una dinámica propia de la Bolsa: se compran pisos, su precio sube, los nuevos propietarios perciben que su riqueza crece, y eso los incentiva a comprar más inmuebles. Unos acumularon propiedades mientras otros miles eran expulsados de sus casas por no poder pagarlas.
Además se implantaron las visas oro a los extranjeros que compraran vivienda por, mínimo, medio millón de euros al contado. El objetivo era atraer capital. En poco más de diez años, los fondos buitre y los grandes inversores pasaron a controlar el quince por ciento de los cerca de tres millones de pisos y casas en alquiler que hay.
Casi la mitad de los inquilinos en España está en riesgo de pobreza o exclusión social. Es la economía europea con mayor porcentaje de arrendatarios en esta situación. Sin embargo, las políticas de vivienda siguen sin priorizar el alquiler, y refuerzan las ayudas a propietarios y fondos.
En el libro aparecen dos escenarios muy significativos: Mallorca, donde naciste, y Barcelona, donde has vivido gran parte de tu vida. Ambas ciudades han experimentado procesos intensos de turistificación y encarecimiento de la vivienda. ¿Qué te interesa de observar estos cambios desde esos dos lugares?
Al estar delimitada, todo pasa antes en una isla. Es como un terrario: puedes observar el funcionamiento de los mecanismos, las dinámicas, una muestra de lo que ocurre a gran escala. Balears tendría que servir como ejemplo a no seguir: su modelo de masificación sin límites destruye el ecosistema natural, social y cultural. La destrucción de las islas es tan dolorosa que me pregunto hasta qué punto no me fui para no presenciarla ni tener que soportar la impotencia ante su degradación.
Barcelona siguió sus pasos porque la turistización es golosa, un monocultivo que da mucho a unos pocos, que tendrán cada vez más a base de impedir que otras actividades sean fructíferas. Es un negocio fácil, rentable, aparentemente inofensivo al principio. E igual que el de la vivienda, es extractivo, no productivo. Consiste en vender lo que no es tuyo. Toda mi vida he oído decir que vivimos del turismo y que sin turismo éramos pobres, pero no es verdad. Es el turismo el que vive de nosotros, como recuerda Antoni Janer.
Para mí, Mallorca es como una madre. Es la más guapa del mundo y no existe un amor como el que siento por ella. Barcelona iba a ser el rollo de una noche y se convirtió en una de esas parejas que acaba siendo una compañera de piso. A veces te levantas y te preguntas: ¿qué hago yo aquí? Pero aquí sigues. Balears, Barcelona y cada vez más lugares en España parecen dar visos de senilidad, están perdiendo la memoria, ya casi no nos reconocen.
Nombras dos conceptos muy sugerentes: el “desahucio silencioso”, cuando el alquiler sube tanto o el contrato no se renueva y te obliga a marcharte, y el “exilio provocado”, cuando ya no puedes vivir en el barrio o la ciudad que considerabas tu hogar. Si los lugares que habitamos forman parte de nuestra identidad, ¿qué consecuencias tiene que tantas personas se vean obligadas a abandonar esos espacios?
Como explica muy bien el abogado Javier Rubio, los centros urbanos se van convirtiendo en una versión fantasmagórica de sí mismos, sin nadie que los habite. En el mercado de las no-viviendas, las casas se explotan como alojamiento temporal, lo que deshilacha el tejido social y el vínculo con los vecinos y con el barrio. Eso acaba con el sentido de pertenencia. La vida comunitaria se sustituye por la excursión de los que están de visita. Las ciudades dejan de ser espacios de socialización y las principales aliadas de las corrientes revolucionarias y democráticas. Avanzan hacia la fragmentación, la polarización y los populismos.
El geógrafo teórico David Harvey acuñó el término 'acumulación por desposesión' para referirse al proceso por el que se generan ganancias y se acumula capital mediante la privatización, mercantilización y expropiación de bienes comunes, recursos públicos o derechos colectivos. La sobreacumulación de unos empobrece aún más a los demás y los somete.
La vivienda se ha convertido también en uno de los mayores factores de desigualdad social. Tener una casa —o heredarla— marca cada vez más el destino económico de una persona. Después de investigar este fenómeno, ¿has vislumbrado posibles soluciones o hacia dónde crees que debería orientarse el debate público?
Dentro de la misma franja salarial, la realidad es muy diferente para quien ha heredado el lugar en el que vive o para quien tiene que dedicar el sesenta por ciento de su sueldo (o más) a la vivienda.
En los libros que han escrito Jaime Palomera, Javier Gil o Fernando Caballero (por poner algunos ejemplos) hay buenas propuestas. Por ejemplo, seguir el modelo de Singapur, donde a partir de la segunda propiedad se multiplican los impuestos, o el de Viena, donde la gestión de vivienda social durante más de cien años garantiza alquileres asequibles a través de la inversión pública y la financiación mediante impuestos laborales.
Para que funcionen hace falta voluntad política y legislar, así como una manera de relacionarse con el mundo que va justo en dirección contraria a la que parece que nos están conduciendo. Ahora mismo se beneficia al tramposo (al evasor, al abusón, al que se salta las leyes), se cuestiona a quien defiende los derechos humanos, y se criminaliza al vulnerable. Estamos en un sálvese quien pueda que favorece al que ya tiene, le da la razón, concentra la riqueza y complica su redistribución.
Vivienda viene de vivir. El debate tiene que volver a poner la vida en el centro. No hay nada más humano que un hogar, ni nada más inhumano que despojar a las personas de una casa.
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