La prensa dice

Reseña de "Jóvenes talentos" en Go Mag

Por Laura Fernández

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Que la música puede ayudarnos a luchar hasta contra los devoracerebros, entendidos éstos como todo aquello que un régimen, en este caso, un régimen comunista como el que reinaba en Sofía, la capital de Bulgaria, en los 80, pueda lanzar contra nosotros (pensad en diminutos pájaros mecánicos capaces de anidar en vuestro cerebro y gritar cosas como: “¡Camarada, deja de pensar!”) lo sabíamos, pero probablemente nunca habíamos tratado de ponernos en la piel de un chaval de 15 años que trata de huir de todo lo que le rodea a través de Chopin, Debussy, Bach. Un chaval llamado Konstantin que vive en la Escuela de Música de Sofía para Jóvenes Talentos, donde todo está hecho de sonido, un lugar privilegiado, como el sanatorio de “La montaña mágica” de Thomas Mann, a salvo del mundo, el mundo real, aquél en el que utilizar las palabras es un pecado. Como fue un pecado para Igor El Cisne, el profesor de música de cámara, aconsejarle que leyera a Nietzsche, pecado que le convirtió en una dócil gallina, lista para deambular por las calles abrazando árboles, fingiéndose loca, para seguir con vida. Porque las palabras, en la Sofía de los 80, las carga el Diablo, mejor dicho, el Capitalismo, algo que el protagonista de esta historia, inocente escapista (y número 14), no tarda en aprender y a lo que debe hacer frente a la vez que se mide al resto de monstruos de la adolescencia (y eso incluye compañeros de clase que se apodan El Cuervo). Algo así como una adictiva versión búlgara (y musical) de “El guardián entre el centeno”.

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