La prensa dice

Reseña de "Jóvenes talentos" en la revista Mercurio

EL EXORCISMO

Por Ricardo Menéndez Salmón

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La consideración de la música oscila entre lo sublime (la música es el arte mayor, el más perfecto, el más inmediato en sus gratificaciones) y el conflicto (la música es el arte más difícil, el más exigente, el que esclaviza con mayor crueldad a sus devotos). Escribe Mann en Doctor Faustus: “Tal vez el deseo más profundo de la música consista en no ser oída, ni siquiera vista o sentida, sino, a ser posible, percibida y contemplada en un más allá de los sentidos y hasta del sentimiento, en estado espiritual puro”. Y le responde Bernhard en El malogrado: “¡Sin talento musical!, ¡sin talento para existir! Somos tan altaneros que creemos que estudiar música es lo que importa, cuando ni siquiera somos capaces de vivir, ni siquiera estamos en condiciones de existir, porque la verdad es que no existimos”.

Konstantin, el protagonista de Jóvenes talentos, niño prodigio del piano que narra su peregrinaje por la Sofía de los años previos a la caída del Muro, oscila entre esta doble acepción: la platónica de Mann (la música es un mundo de esencias puras, inconmovible y eterno, donde no nos alcanza la sevicia de los hombres y su absurda vida material) y la infernal de Bernhard (la música es un artefacto peligroso que, al encerrarnos en la belleza más exquisita, nos arranca de la verdad de la vida, por obscena y pavorosa que resulte). Konstantin solo puede escapar de la existencia robótica impuesta por el comunismo cuando interpreta a Chopin, a Brahms o a Beethoven, cuando huye a través de su piano a esas regiones sublimes, alejadas del aquí y el ahora, que los músicos inventaron para nosotros. Pero Konstantin no puede vivir siempre en el país de la música, debe regresar al mundo de los hombres y de sus miserias, porque, de lo contrario, el peaje a pagar es enorme: la locura, la soledad y, en última instancia, la muerte.

Narrada desde el modelo clásico de las novelas de formación, Jóvenes talentos es una historia de fuerte impacto en dos sentidos: primero, por su capacidad para trasladarnos la libertad y la condena que la música regala; segundo, por su capacidad para cifrar el deterioro de un alma que debe transitar entre dos mundos irreconciliables: el del arte y el de la policía de la conciencia. No parece haber escapatoria a esta disyuntiva. Quien habita en la música, acepta con resignación que el viaje de regreso al mundo está custodiado por cancerberos terribles: el tedio, la envidia, la mentira. Quien habita en la brutalidad de la Historia, admite que la música es una puerta preciosa y secreta, pero que los parajes a los que se abre no nos pertrechan para el retorno a los lugares que dejamos atrás.

Músicos que venden su alma al diablo y músicos que arden en el altar del genio. La canción es conocida. Konstantin acepta que el diablo, para un muchacho búlgaro de los años ochenta del pasado siglo, se esconde en un visado a los Estados Unidos; pero Konstantin también sabe que aspirar a ser el mejor, mirarse en el espejo de los gigantes, resulta una empresa destinada a convertir a quien la persigue en otro “malogrado”. ¿Dónde, entonces, está el lugar de la cordura? Si al final de la novela, tras vivir en las catacumbas de Sofía y ver cómo su amada se suicida en un manicomio, Konstantin aún sueña con las partituras de Mussorgsky y conserva el violín de la mujer a la que amó como su único tesoro, Nikolai Grozni, que un día acaso fue un prodigioso pianista, parece haber encontrado espacio para el asilo en la literatura, ese implacable exorcismo.

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