La prensa dice

Reseña de "El desbarajuste" en El cuaderno

País de Lazarillos. La crónica humana de un tiempo inhumano.

Por Jesús Martínez

[Para leer esta reseña en El cuaderno 46, descárgate el PDF adjunto]

Primero iba a ser La coña. Pero acabó siendo El desbarajuste. «Me proponía encabezar este libro con otro título: La coña. Reconozco que no lograba encontrar otro que encajara tan acertadamente con mi propósito», ironiza en los prolegómenos Ferran Planes (1914-1985), combatiente de la Guerra Civil española y autor de una crónica sobre su periplo por la Europa en guerra, huyendo de los fascismos y del hambre. De aquel desconsuelo le quedaron unas hemorroides, varias vivencias dignas de ser contadas y un estilo que, posteriormente, harían suyo el dramaturgo Dario Fo y el actor Roberto Benigni.

No en vano, El desbarajuste, escrito en 1968, recuerda en parte al guión de la película La vida es bella (1997), porque trata en tono sarcástico, desenfadado, irreverente, un periodo tan humanamente inhumano como el de los totalitarismos y sus tintes racistas. En el caso de Ferran, el rote spanier que escapó de chiripa de los campos de exterminio, su pluma no deja títere con cabeza, y carga contra cualquier sanctasanctórum, caiga quien caiga y mal que le pese a la izquierda oficial. En las páginas de su relato, Ferran, que pasó el duelo del resentimiento, desmenuza los recuerdos hasta hacerlos tan divertidos como premonitorios.

«Huimos de nuestro país por miedo, por asco y por vergüenza», sentencia en su viaje al pasado, que sigue un orden inverso: el exilio, la guerra, la República. Así, del exilio, narra su fuga del campo de prisioneros francés Fort Hatry y sus peripecias para conseguir una de las subvenciones del Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles (SERE), cuyos burócratas dudaron de la fiabilidad de su historia y le acusaron de espía: «Solo me faltaba eso. Me sentí jodido, pero me desahogué. Los insulté, sencillamente».

Y de la guerra, se acuerda de cómo, en la última noche de la Segunda República, el 30 de marzo de 1939, confusos todos por las noticias que llegaban de Madrid, en el que se había sublevado parte del Estado Mayor, los soldados a sus órdenes, cazurros y descreídos, estuvieron a punto de liquidarlo porque no se avenía con el nuevo régimen que se avecinaba: «Pérez, ya está bien. Hasta ahora se ha ido el que ha querido. Tú puedes irte, si quieres, pero no busques, por Dios, que esto termine tan tristemente», le dijo al teniente Pérez, con el alma en vilo, y con el corazón en la mano, Ferran Planes, a la sazón teniente de la Comandancia de Artillería del IX Cuerpo de Ejército, con base en Andalucía.

Y de la República, de su aniñada e intensa vida, Ferran, adolescente y, por lo tanto, insensato, rememora la proclamación de la independencia, en el balcón de la casa consistorial de Suria (Bages, Barcelona), en octubre de 1934: «Salí de mi cuarto confuso y aturdido. Al cabo de un rato, estaba llorando: de tristeza, vergüenza, asco y rabia. Me habría gustado que me tragara la tierra. Todos —y yo sobre todo— habíamos hecho el ridículo más espantoso y era evidente que nuestra insensatez tendría consecuencias nefastas para la causa que pretendíamos defender».

El desbarajuste es el envés de Els darrers dies de la Catalunya republicana, de Antoni Rovira i Virgili, notas tomadas sobre la marcha de uno de los más insignes intelectuales de la Cataluña de la primera mitad del siglo xx. Rovira i Virgili, que emprendió el camino del exilio en enero de 1939, escribe con pudor, con solemnidad, con una prosa que busca trascender el tiempo, y que, por ende, lo consigue: «Mai un crepuscle no havia estat més ombrívol, per a mi, que el dia 23 de gener de 1939».

Ácido y socarrón, Ferran se lamenta de la idiotez de los jerarcas nazis, que llevaron a una generación de sanos y fornidos muchachos a la peor de las letrinas: la muerte. Confraterniza con los soldados que le custodian, ya en la Francia ocupada, en plena Segunda Guerra Mundial, con escenas que remiten a los episodios rocambolescos en las trincheras del Somme, durante la Gran Guerra: por entonces, el marxismo y la lucha de clases daba una patria alternativa a los desheredados. Se ofusca con Franco, el otro dictador, no menos idiota. Su ego, su ambición, su paranoide afán de conquista hizo que la guerra durara hasta poco más allá de su traspaso, en cama y enchufado a mil máquinas. El propio autor reconoce que, con la victoria de unos, perdieron todos. Y Ferran simpatiza con los compañe- ros de barracón, en las playas del campo de Argelès-sur-Mer: se refugia en Kierkegaard, en Verlaine, en los versos lorquianos… La literatura le sirve de evasión, además de estímulo. Por eso se ríe en los peores momentos, cuando la guadaña le roza las orejas. Y utiliza el ingenio, siendo como es señor de un país de lazarillos, aunque sea un lazarillo apátrida. Y halla refugio entre los campesinos, los más zarandeados, los que siempre pagan los platos rotos y los que suavizan el dolor con su digna actitud.

Libros del Asteroide ha desenterrado una pieza periodística, un diario jugoso, para el que todos los ditirambos son escasos, y que evidencia, por otra parte, la cultura exquisita (autodidacta, curiosa, omnívora) de su autor: el libro comienza con una cita del premio Nobel de literatura André Gide y finaliza con una cita de John Fitzgerald Kennedy, otro poeta.

El Cuaderno