La prensa dice

31 ene
2006

Memorias de China, por Eva Acosta

En la vida pocas lecciones son tan duras de aprender como la de que todo fluye y nada permanece. Y, sin embargo, es una asignatura que podríamos aprobar con nota si estuviéramos atentos a cuanto nos rodea. Desde muy pronto, a nuestro alrededor vemos cambiar las estaciones, alterarse el paisaje del campo y la ciudad, crecer a los niños y desaparecer a los mayores... En cambio, la mayoría de nosotros nos creemos eternos, enzarzados en mil batallas pequeñas a las que dedicamos nuestras mejores energías. Pocos se detienen a pensar en que también forman parte de ese baile general del nacer y morir sin caer en la desesperación. Y es que, por lo general, nuestra cultura ha aplicado al asunto un enfoque más bien melodramático. El catolicismo define la existencia terrenal como un "valle de lágrimas" que hay que capear sufriendo para llegar a lo bueno, lo del otro lado. Pero en algunas tradiciones orientales se opta por otra vía: observar los cambios con ecuanimidad, sin que la felicidad ni la desgracia consigan atraparnos en sus redes.

No hace falta acudir al gran misterio de la muerte para poner en práctica el sano ejercicio del desapego. Podemos empezar aplicándolo a algo más asequible: nuestra propia experiencia. El paso del tiempo nos proporciona un bagaje de recuerdos que a veces nos inundan de nostalgia. Y la nostalgia es un maquillaje que embellece, pero que también acaba engañando. Al cabo de los años, la vida se empeña en hacernos olvidar lo malo, que se va al fondo del vaso, y saca a la luz la espuma de lo positivo. Pero el pasado no siempre fue mejor, a pesar de lo que sintamos hoy. Esta tendencia se encuentra, asimismo, en muchos libros de memorias, que caen en el error de teñir los hechos de una irrealidad color de rosa, o bien, si lo que se recuerda es amargo, de subrayar aún más los trazos de oscuridad. Así pues, ser capaz de observar aquello que fue sin ira y sin añoranza, y sobre todo, ser capaz de transmitirlo a un lector, constituye un auténtico logro que no está al alcance de cualquiera.

Estos días he leído una de esas raras aves literarias que consiguen mantener este delicado equilibrio: Historias de Pekín, de David Kidd (Libros del Asteroide). Se trata de un pequeño volumen donde el autor rememora los cuatro años que vivió en China, entre 1946 y 1950, coincidiendo con la instauración del régimen comunista. Poco después de llegar a la capital, el autor, un joven estudiante de chino en Estados Unidos y profesor de inglés en Pekín, se enamoró de la hija de un alto magistrado, con la que contrajo matrimonio y a cuya mansión familiar se trasladó a vivir. Su evocación nos muestra a unas personas, una ciudad y un modo de vida condenados a desaparecer, pero al volver la vista atrás, Kidd no recurre al rencor o a las falsas nostalgias. Historias de Pekín es una crónica amena, salpicada de detalles divertidos, pero también un texto sugerente, lleno de sutileza, de pequeñas observaciones y de silencios. Con ella David Kidd no sólo nos transporta a una época, sino que llega más allá. Porque, sobre todo, nos brinda una muestra espléndida de un arte falsamente simple: cómo recordar lo perdido sin dejarse traicionar por la furia o por una engañosa piedad. Y aceptar, en suma, lo más difícil: que no perdimos nada, ya que nada era nuestro.

Diario de Mallorca