La prensa dice

1 sep
2007

Las vidas de Juan Martínez en la Rusia revolucionaria, por A. Martínez Illán

A Juan Martínez, un bailaor flamenco nacido en Burgos y a su mujer, Sole, les sorprende la revolución rusa en Moscú y pasan seis años sobreviviendo entre San Petersburgo, Kiev y Odessa. La vida -por darle un nombre- de los Martínez en medio de la revolución y de la guerra civil se la contó el protagonista a Manuel Chaves Nogales en un café de París en los años 30. Chaves Nogales (1897-1944), periodista sevillano, exiliado tras la Guerra Civil, escribiría otros libros sobre sus visitas a Rusia, pero en ninguno está menos presente que en El maestro Juan Martínez que estaba allí, publicado por primera vez en 1934 y que la editorial Libros del Asteroide reedita ahora. Una crónica escrita con un gusto fino por el detalle y por los rasgos que dan viveza a la historia. El relato no existe mientras no se cuenta y Juan Martínez contaba como nadie o el periodista supo escucharle y darle una voz que, desde el primer momento, resulta familiar y honesta en su narración. Aquí no hay política -que no gustaba a Martínez-, sólo la peripecia de un hombre y su mujer luchando por sacarse las castañas del fuego en un país extranjero, donde a uno, por menos de nada, le pegaban un tiro. A la memoria y viveza del maestro Martínez se une la elegancia del cronista. Chaves Nogales a penas interviene, al comienzo introduce «Lo que cuenta Juan Martínez» y en las dos últimas páginas, para decirnos «Lo que no cuenta Juan Martínez». Al estallar la Primera Guerra Mundial, la necesidad de ganar dinero con urgencia lleva al matrimonio Martínez de Constantinopla a la Rusia zarista. En el epílogo que Chaves Nogales escribe se intuye el motivo de la desgracia y de la vida de los protagonistas. A lo largo del relato vemos por los ojos de Juan Martínez cómo las gastan los bolcheviques, los blancos y los cosacos. Llegan a Rusia antes de la revolución, vivirán en Kiev y después en Moscú. Para buscar trabajo viaja él solo a San Petersburgo, donde le sorprende la revolución. El testimonio de Martínez tiene la virtud de los testigos, creemos en su memoria prodigiosa y en cómo se las ingenia para sobrevivir. Sólo parecen importar los hechos: las filas de cadáveres en las calles de San Petersburgo o el vecino ajusticiado porque ante el frío se puso el sobretodo del bando equivocado. La crueldad y la rapiña del hambre no puede contarse y Martínez no lo hace, sólo muestra cómo se salvó de ese mundo cuando parecía imposible. Al final de su periplo, en Odessa, dirá «¿Nos habían respetado las balas de la revolución y de la guerra civil, para que al final nos abatiese silenciosamente aquel azote callado del hambre? La gente parecía resignada a morir». La mayor parte de estos años estuvieron en Kiev, viendo cómo cambiaba de bando a lo largo de la guerra civil. En la ciudad, como en todas las guerras, el hambre mataba a más gentes que las balas. Si llegaban los soviéticos, se adscribían al circo y salían a bailar a los pueblos para así comer. Cuando llegaba el ejército blanco se volvían a abrir las casas de juego y Martínez y su amigo Zerep (un payaso de Madrid apellidado Pérez) volvían a su trabajo de crupier y al tráfico de alhajas que la aristocracia rusa se jugaba. Todos vivían como si el mundo se acabara esa noche. El genio narrativo de Martínez -o de Chaves Nogales- tiene su piedra de toque en los relatos que hace de las veces que salva la vida. Es entonces cuando como mucho se permite la viveza del genio hispano, la misma que le salva la vida. La primera de ellas, en Turquía, los alemanes quieren matarlo porque lo toman por espía. Allí será un cuchillo, «una hoja de Toledo con pata de cabra comprada en Burgos a unos pastores» que siempre lleva consigo, lo que le salva. En la última de ellas, en el barco Anastasia, mientras dispara la policía soviética, logran salir de Odessa con pasaporte italiano. Las mejores tramas no hay que inventarlas, están en la vida y esta vida es de las que no se olvidan.
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