La prensa dice

2 sep
2007

La forja de un snob

Hay libros que ofrecen a un tiempo el retrato del autor y el espíritu de toda una época. Si se trata, como es el caso, de los selectos ambientes aristocráticos de la universidad británica de entreguerras, y la evocación corresponde a uno de los más afilados ingenios del siglo XX, el resultado no puede por menos que resultar apasionante. Una educación incompleta es uno de esos libros imprescindibles a la hora de comprender la peculiaridad, para lo bueno y para lo malo, del carácter inglés, representado por un escritor que se preciaba de encarnarlo hasta la caricatura. Publicada dos años antes de su muerte, como parte de una trilogía que no tuvo continuación, la autobiografía de Evelyn Waugh, hasta ahora inédita entre nosotros, cuenta la infancia, adolescencia y primera juventud del gran escritor y finísimo humorista, uno de los más conocidos integrantes de la generación de Brideshead -así llamada, precisamente, por el título de la famosa novela de Waugh- que vino a ocupar el espacio del grupo de Bloomsbury cuando los miembros de éste, aún en activo, comenzaron a perder su ascendiente, en los tiempos convulsos de la década de los treinta.

"Sólo cuando ha perdido ya toda curiosidad acerca del futuro, alcanza uno la edad idónea para escribir una autobiografía". Con estas palabras desengañadas, que abren su relato, Waugh da el tono desde el que se dispone a rememorar los primeros pasos de un itinerario tortuoso que alternó con pareja intensidad los éxitos y los fracasos. Para entonces, a mediados de los sesenta, el otrora celebrado escritor era mucho más popular -y no sólo por su catolicismo tridentino- fuera que dentro de su país, donde era visto como un personaje de otro tiempo, excéntrico, irritable, reaccionario y atrabiliario, de una violencia verbal que provocaba a menudo el escándalo de sus compatriotas. Puede que por ello, y porque todos sus compañeros de generación se habían aplicado a lo mismo, pensara Waugh en poner por escrito el recuerdo, sincero aunque convenientemente expurgado, de sus años de formación, apoyado en las notas de unos diarios que había comenzado a llevar muy tempranamente. La autobiografía comienza por los ascendientes familiares y se detiene en la figura del padre, el editor y crítico Arthur Waugh, que fue -como el hermano y también novelista Alec Waugh- un hombre de letras, pero la mayor parte, pasado el tiempo sin tiempo de la infancia feliz, se ocupa de las etapas y los escenarios de su educación, contados, como dice en su prólogo Miguel Sánchez-Ostiz, "con una mezcla de aplastante seguridad y de elegante pudor, y es ahí, en la narración de las perplejidades y los excesos del joven Evelyn -a quien su madre había puesto nombre de mujer-, donde se encuentra el interés principal de estas páginas, menos cruentas y descarnadas de lo que cabía esperar en un autor de proverbial maledicencia.

En particular los años de Oxford, donde Waugh coincidió con otros futuros escritores como Robert Byron, Harold Acton -el dandy que tanto habría de influirle, impagable autor de Memorias de un esteta-, Graham Greene, Anthony Powell, Cyril Connolly o Maurice Bowra, lo más granado de la mencionada generación de entreguerras, algunas de cuyas experiencias compartidas ya habían sido reflejadas en Retorno a Brideshead (1945), están recreados con una viveza que convierte estas páginas en un testimonio encantador e ineludible. Luego, la parte final, "cuando la fortuna de nuestro héroe le vuelve la espalda, cuenta sus fallidas experiencias como aprendiz de arte y profesor de secundaria, para acabar con un frustrado y teatral intento de suicidio que felizmente no se consumaría, tres años antes de la publicación de su primera novela, Decadencia y caída (1928). Siguiendo la recomendación de Wilde, Waugh vivió siempre muy por encima de sus posibilidades. Llevó una vida, son sus palabras, de "pereza, disolución y derroche". Era, según todos los testimonios, incluido el suyo propio, consignado en los aludidos Diarios póstumos (1976), un tipo insoportable, permanentemente insatisfecho, agresivo, colérico, que se refugió en el alcohol y la misantropía, pero su verbo era brillante y estaba dotado de un excepcional talento para la sátira. Por todo ello y por su famosa incontinencia, que brota como tantas veces del desvalimiento, Waugh fue una criatura fieramente humana y en cierto modo digna de compasión, no ciertamente ejemplar pero sin duda fascinante.

Diario de Sevilla