La prensa dice

18 ago
2007

Hurón, por Francisco Calvo Serraller

«¿RECUERDAS el inventario de cosas misteriosas que los liliputienses encontraron en los bolsillos de Gulliver?...Una vez yo también fui liliputiense». Esta confesión no está extraída de las memorias de un enano antes de recibir un tratamiento para crecer, sino el recordatorio de la infancia de un escritor en trance de rememorar su primera edad. Pertenece a la autobiografía del polaco Stanislaw Lem (Lvov, 1921-Cracovia, 2006), que, con El castillo alto (Funambulista), ha sido recientemente traducido al castellano. El original polaco se editó en 2005, cuando el autor contaba 84 años, uno antes de morir, lo cual merece ser subrayado, no sólo porque Lem afirmó que sólo después de escribir este libro había comprendido que había estado predestinado a la literatura desde sus primeros años, sino porque el principal objeto del mismo es recrear, sobre todo, sus vivencias infantiles. Por casualidad, ha coincidido la publicación en nuestro país con el del británico Evelyn Waugh (Hampstead, 1903-Londres, 1966), Una educación incompleta. Autobiografía parcial (Libros del Asteroide), cuyo tema es asimismo la narración de la infancia y juventud. Por otra parte, como Lem, Waugh editó sus memorias poco antes de morir, si bien estaban concebidas como el primer peldaño de una remembranza más completa frustrada por su precoz fallecimiento. He aquí, pues, dos evocaciones de la infancia por parte de dos grandes escritores del siglo XX, lo cual es un desafío a todas las reglas, porque, según la etimología latina del término, «infans» es el «mudo», el que aún no sabe hablar, lo mismo que «adolescens», que da origen al castellano «adolescente» es quien está en proceso de desarrollo por hallarse aún en un estado carencial. Pero si como reconocen ambos, la memoria humana es subjetiva y muy poco controlable, ¿cómo encauzar el recuerdo de lo que no tenía cauce o muy frágil e incompleto? En realidad, según ambos intentan remontarse a sus primeras impresiones, emprenden una lucha desesperada por aprehender unas vívidas sensaciones y emociones que les marcaron, pero sin saber nunca por qué, ni hasta dónde. Es como descender a la más profunda sima de un pozo a la vez que se aleja la luz. Lem evoca esta excursión al fondo de la noche como si fuera un hurón husmeando en los bolsillos de la chaqueta de su padre, donde cada objeto alcanzaba proporciones gigantescas y misteriosas, mientras que Waugh, más distanciado y panorámico, se dedica a levantar el plano del hogar y a realizar el inventario de su menaje. En cualquiera de los dos, sin embargo, según avanza su socialización y abandonan la mudez infantil, pierden el fascinante tesoro de sus primordiales vivencias tenebrosas, donde se oculta su indescifrado e indescifrable secreto. «Sólo cuando se ha perdido ya toda curiosidad acerca del futuro», afirma Waugh en sus memorias, «alcanza uno la edad para escribir su autobiografía». «La memoria y yo», escribe, por su parte, Lem en las suyas, «somos un par de caballos que se observan con suspicacia, que tiran del mismo carruaje». Todo el esfuerzo de la vida, entrevisto ya al borde la muerte, ¿acaso no nos remonta a ese mágico momento en el que aún no sabíamos quiénes éramos y nos dedicábamos, extasiados, a husmear?
Babelia (El País)