La prensa dice

1 abr
2009

Homenaje a Milán, por Paul Viejo

Bovisa es el nombre que recibe uno de los barrios históricos de Milán, una amplia zona industrial que ha sabido mantenerse periférica, pese a haberse desdibujado los límites entre el centro de la ciudad y el contorno que lo rodea, como en cualquier gran urbe. Pero periférica no tanto por su situación física, porque aunque se encuentre atrapada a un lado de los gruesos nudos de vías ferroviarias la realidad es que al fin y al cabo está a un tiro de tram del centro milanés, sino por haber logrado mantener unas diferencias esenciales respecto al resto de la ciudad. «la Bovisa» continua siendo, aún hoy al menos en cierto grado, un suburbio de pequeños comercios, de vida en la calle, una colonia vecinal con niños que juegan en la aceras, un lugar que capaz de acoger con facilidad a los recién llegados a la ciudad. Casi como podía ser hace setenta años -y que, desde luego, ya no es en otras zonas- una Italia que no existe más.

Esa Italia que ya no existe y ese Milán suyo de los años 40 son los que tuvo presente el director de cine italiano Ermanno olmi (Bérgamo, 1931) cuando escribió ese homenaje al barrio de su infancia que en el original lleva precisamente el título explícito de Ragazzo della Bovisa. El libro, que es el recuerdo infantil de los años de la guerra, surgió inicialmente como un proyecto diferente. olmi iba a filmar, en los años 80, un documental para la RAI sobre la ciudad, pero una enfermedad lo postró en cama, haciendo que la producción se viniera abajo. Sin embargo, la manera de trabajar del director logró que el proyecto acabara siendo el libro que ahora podemos leer. Alguna vez ha declarado que los guiones de sus películas son siempre antes historias narradas de principio a fin que después se convierten en escenas, y después en planos, y después en líneas. Pues así, gracias a eso, unos años después veía la luz esa historia que escribió y que no pudo llegar a filmar. una narración prácticamente autobiográfica que comienza justo con una radio encendida de la que se escapa la voz de Mussolini mientras anuncia que Italia entrará en guerra, y que sigue con las alarmas en las calles y los refugios antiaéreos, con los planes de evacuación, con los desfiles y las resistencias ciudadanas.

Pero pese a todo el trasunto histórico, que obviamente tiene un peso fuerte, lo que olmi ha escrito no es sino un hermoso espejo de esos años, vistos por un niño, que quizá más que para retratar sirvan para preguntar por unas cuantas cuestiones. ¿Cómo ve un niño una guerra? ¿Cómo asume que una guerra se vuelva un asunto cotidiano? ¿Cómo mezcla un niño esa cotidianidad bélica con sus juegos inocentes en las calles de la Bovisa? Y las conclusiones a las que llega, si es que las hay, serán que ese chico de barrio, que en su vejez se ha puesto a recordar, en medio de tanto desastre y tanto dolor lo que rememora es justo el descubrimiento de todo lo que le ha hecho apreciar la vida: el amor adolescente, el descubrimiento del sexo, el paso a una madurez que habría que vivir con una urgencia irrefrenable. todos esos elementos se conjugan en Chico de barrio con una naturalidad exquisita (gracias también a la precisa traducción de Carlos Manzano) que tiene la capacidad de transportar al lector, sea éste de dónde sea, hasta Milán, hasta el barrio de Bovisa, que acabará convirtiéndose sin duda en el protagonista principal del libro. o también, por qué no, de ese documental nunca filmado en el que su autor había pasado la infancia.

Mercurio