La prensa dice

1 jun
2007

El truco final, por Nadal Suau

Kierkegaard defendía con buen humor -su rasgo más notable, junto a la angustia- que «todos los hombres son aburridos». La afirmación combina muy bien con esta otra: «el aburrimiento, la mentecatez y el patriotismo, especialmente si se combinan, son tres de los mayores males del mundo en que vivimos». Del cruce se obtiene una melodía inquietante. La segunda frase es de Robertson Davies (1913-1995) un canadiense ejemplar: alguien con los arrestos necesarios para dejarse esa barba de ermitaño lunático sólo puede caernos bien. Davies es autor de una magnífica Trilogía de Deptford, que se abre con El quinto en discordia, continúa con la jungiana Mantícora y se cierra con el libro que nos convoca hoy, El mundo de los prodigios.

Se trata de un colofón mágico, nunca mejor dicho. Y como se centra en el mundo del ilusionismo, podemos practicar esa -por otra parte- vulgarísima costumbre de la prensa económica anglosajona, la de titular un artículo como una película famosa: en efecto, estamos ante un verdadero Prestigio. Hay que insistir en la brillantez de Davies al combinar dominio técnico y voluntad de sencillez, de proporcionar un placer que es inmediato, sentimental. A estas alturas de la trilogía, adoramos al narrador Dunstan Ramsay, aceptamos el inverosímil atractivo de una mujer tan fea como Liesl, conocemos a Boy Staunton y queremos conocer a Magnus Eisengrim, el mayor mago del mundo. Pero aunque Davies parezca un narrador oral, al fondo resalta la ingeniosa maquinaria narrativa que sustenta el relato: diversidad de puntos de vista a lo largo de las tres novelas, multiplicidad de planos temporales, frecuentes digresiones, calculada dosificación de la información esencial... En fin, una joya. Recuerden: en la primera novela -que ya se ha editado también en catalán- conocimos el punto de vista de Ramsay, en la segunda accedimos al drama de David Staunton a través de una larga sesión de psicoanálisis jungiano, y ahora se nos revela la trayectoria del mago. Con la excusa del rodaje de una película sobre Houdini -ojo al personaje del director,robable trasunto de Bergman-, Eisengrim irá explicando su vida: nace en el pueblecito canadiense de Deptford, donde es secuestrado por un mago pedófilo que le obligará a trabajar en un circo de tercera categoría, pero con el tiempo pisará los escenarios londinenses a las órdenes de una vieja gloria del dramón folletinesco. Todo ello para demostrarnos que el genio es una energía que se sobrepone a cualquier inconveniente. No sobra nada en esta novela, cuya fuerza reside en este aforismo defendido por Eisengrim: «Sin detalles no puede haber ilusión». Detalles, y muy logrados, los ofrece a centenares esteobservador preciso y psicólogo agudo llamado Robertson Davies. El canadiense defiende el pensamiento mágico, esto es: la convicción de que bajo la realidad subyace el mito, de que la razón tiene límites que debe suplir el Arte. Por el camino, además, nos deja un manojo de reflexiones sobre varios temas: la educación («rara vez puede la educación hacer algo para extirparla [la sordidez] cuando la educación es mero asunto de escolarización», que se lo apunten quienes son padres o programadores televisivos), el mito («es la reducción de la experiencia universal a su esencia misma») o, simplemente, la responsabilidad («ningún acto se pierde para siempre»). Al fondo, combaten Dios y el Demonio, y sentimos el aliento de este último empañando cada arista de la historia de Eisengrim. Esto último no es un capricho: la discusión sobre el modo en que nos poseen el Bien y el Mal vuelve a ponerse sobre el tapete. En el caso de Davies, el autor parece aceptar la Ilustración, pero reclama su derecho a la nostalgia. No es un reaccionario, pero sí un aristócrata del espíritu. Y se queja: «nos hemos educado para ingresar en un mundo del cual están erradicados la maravilla, el sobrecogimiento, el miedo y el temor reverencial, el esplendor y la libertad de la maravilla». Ahora bien, que esto no parezca una homilía: con El mundo de los prodigios este lector, sobre todo, se lo ha pasado bomba.

Bellver (Diario de Mallorca)