La prensa dice

2 feb
2006

Cuentos chinos y otras historias, por José Luís García Martín

En 1946, David Kidd, un joven de diecinueve años que ha estudiado Cultura China en la Universidad de Michigan, viaja a Pekín. Allí será privilegiado testigo del fin de un mundo, del comienzo de otro.

Su aventura comienza en un teatro de ópera. Ha reservado un palco en el primer piso, es una calurosa noche de verano, en el escenario las rituales peripecias se suceden y él, mientras tanto, hace lo que el resto de los espectadores: come pipas de sandía saladas y bebe una taza de té tras otra. El palco de al lado está vacío, como otras localidades: los aficionados expertos nunca llegan al comienzo del espectáculo, sino pasadas las diez, que es cuando los mejores actores salen a escena. A punto de actuar Xiao Cui Hua, un veterano actor que representa como nadie a las jovencitas coquetas, todas las miradas se vuelven hacia la puerta de entrada: dos sirvientas vestidas de azul acompañan a una joven de blanco; en la mano, donde brilla un anillo de jade verde, lleva un abanico de marfil; en su pelo, un alfiler de jade blanco. Todos los ojos la siguieron hasta que se sentó en su palco, vecino al del joven norteamericano. Trae con ella un leve, refrescante, olor a sándalo y jazmín.

La función iba a continuar. David hizo una seña para pedir más té. Entonces la joven de blanco detuvo al camarero con un gesto y le dijo algo rápidamente; luego se volvió hacia el estudiante norteamericano y hablando en chino, pero mucho más despacio, le indicó: «El té de aquí es muy malo. Le he pedido que le prepare un té del que he traído de casa». Y luego en inglés: «No es más que té corriente, pero espero que le guste».

Así comenzó la historia que llevó a David Kidd a casarse con Aimee, hija de un ex presidente del Tribunal Supremo chino, descendiente de la más alta nobleza manchú. Era Aimee una mujer excepcional: sabía tocar el violín y bailar danzas gitanas, pero además había estudiado Química. Emigrada ya a Estados Unidos, enseñaría en las mejores universidades y sería candidata al premio Nobel. David Kidd, gracias a su matrimonio, fue testigo excepcional del derrumbamiento de un mundo. Vivió cuatro años en China, dos con el antiguo régimen y otros dos tras el triunfo de los comunistas.

La crónica de esos días legendarios la encontramos en Historias de Pekín (Libros del Asteroide). Leemos esas historias, llenas de humor y melancolía, como leemos un cuento de hadas. A David Kidd, ya regresado a Estados Unidos, le debió parecer un sueño su estancia en la mansión de los Hu, un inmenso laberinto de pasillos y patios, rodeada de jardines y cercada por un muro. Los comunistas, en ese mundo imposible, representan el principio de la realidad, y por eso no están vistos de manera en exceso negativa. De hecho, David Kidd sufrió en los años cincuenta las consecuencias del macartismo: se le tenía por simpatizante comunista.

Muy distinto es el tono del último capítulo, escrito en los años ochenta, bastante después de la primera edición del libro, que es de 1960. En medio ha ocurrido la barbarie de la irónicamente conocida como Revolución Cultural. Comenzó en agosto de 1966, en el agosto rojo, cuando cuadrillas de jóvenes asesinaron a los miembros de las mejores familias de Pekín: «Por la noche, los gritos de los moribundos y de los que estaban siendo apaleados no dejaban dormir a nadie. Prácticamente cualquier cosa, incluso la fotografía de un abuelo, les servía a los guardias de pretexto para golpear a alguien hasta matarlo. En vez de pistolas o de cuchillos, blandían palos y garrotes para prolongar la agonía tanto tiempo como quisieran; podían matar a su víctima al tercer golpe o posponer su muerte durante diez o quince minutos. Se rumoreaba que llegaron a matar a medio millón de personas». A las mujeres se las arrastraba por los pelos, desnudas y ensangrentadas, los árboles de los parques se llenaron de ahorcados. A finales de agosto, las pilas de muertos eran tan altas que parecía que el nuevo e inmenso crematorio no iba a ser capaz de acabar con ellas antes de que empezaran a producirse epidemias. Y aquel agosto fue solo el comienzo de una barbarie que duró quince años. Y que en Occidente aplaudían muchos descerebrados intelectuales.

Cuando en 1981, David Kidd vuelve a Pekín nada queda de la ciudad que él ha conocido. De haber escrito entonces sus recuerdos tendrían otro tono bien distinto, más áspero y combativo.

También para entonces, la estancia en China, el matrimonio con Aimee, eran ya para David Kidd historia antigua. Tras padecer la histeria macartista, rehízo su vida en Japón: allí conoció a Yasuyoshi Marimoto y fundó con él una escuela de artes tradicionales japonesas. Su casa en Kioto fue lugar de peregrinación, durante muchos años, para la bohemia artística occidental. David Bowie le tuvo como maestro.

Pero ésa es otra historia, otras historias. La biografía de David Kidd, aquel hijo de granjeros de Kentucky que un día emparentó con la aristocracia china y fue testigo de su apagamiento, daría para muchos fascinantes tomos. Pero basta el encanto de sus Historias de Pekín, crónica de un mundo que no parecía de este mundo, para que su nombre permanezca para siempre en la memoria agradecida de los lectores.

La Nueva España