La prensa dice

28 oct
2005

Una historia de amor europeo, por Nadal Suau

A los adultos nos están hurtando las buenas historias de amor, tal vez porque hoy ese rito horroriza a sus feligreses. Dos inglesas y el amor, recientemente editada por Libros del Asteroide, es una inmersión elegante y densa en esas aguas: su prosa a tres voces avanza sin estridencias, evidencias ni subrayados, pero cuando el lector vuelve la vista atrás, se da cuenta de que la bestia ha mostrado todas sus garras: una incontenible pasión sensual, la renuncia, la duda, el deseo insatisfecho y también el desnortado, la obstinación en el martirio, la virginidad, el conflicto con Dios, la masturbación. ¡Pero con qué trazo minucioso, y con cuánta delicadeza! Si, de un modo u otro, el amor es el aprendizaje de una renuncia, este es nuestro libro de texto.

Su autor, Henri Pierre Roché, debió ser un tipo notable: marchante, diplomático, periodista y pintor, Roché controlaba todos los frentes de la vida artística. Su historial erótico era el de un afortunado conquistador, pero en Dos inglesas y el amor trató de reproducir su primera y decisiva experiencia amorosa con dos hermanas británicas, Muriel y Anne. No vamos a detenernos en la descripción minuciosa de la trama argumental, entre otras cosas porque el libro es un retazo de vida antes que una arquitectura narrativa: baste decir que Claude, el protagonista masculino, pendulará a lo largo de siete largos años entre una y otra hermana. Muriel, la mayor, es creyente, inteligente, de una rectitud insobornable. Como ella misma dice, aunque sea por casualidad, sólo conoce la virtud. Anne, por su parte, es más joven y más libre. Al desplazarse a París, aprenderá a ser escultora y amante. Su curiosidad generosa resulta un arabesco más en el mosaico denso del principio de siglo francés. Claude y Anne serán amantes, pero la historia con Muriel tendrá una culminación tardía, sellando una despedida inevitable. Muriel marcha para casarse con un profesor bueno dispuesto a cuidarla siempre. Hade ser terrible ser esa persona escogida por alguien cuando el verdadero amor se revela destructivo, estéril. Alguna vez deberían explicarnos esa historia que no admite signos de admiración.

En la novela que hoy nos ocupa, hay tres cosas que nos interesan: la primera, ya lo hemos dicho, es el acierto con que encara la experiencia amorosa, incluida la sospecha de que es una ficción enhebrada y creída a seis manos. Siempre el amor verdadero tiene algo de pasión que uno se impone como deber sagrado: es el círculo vicioso del temperamento romántico, que necesita del dolor para saberse vivo. Y al fondo, el sexo, tratado sin miedo y sin mal gusto. En segundo lugar, al lector le llama la atención la construcción de Dos inglesas y el amor. Henri Pierre Roché acudió a los fragmentos de diario íntimo, cartas y notas que la verdadera historia de las dos hermanas había generado, y seleccionó los más interesantes, adaptándolos en lo necesario. Es sorprendente, pero la amalgama produce una sensación musical, y cada acontecimiento multiplica por tres su valor. Una apuesta de vanguardia, por supuesto, muy bien explicada por el prologuista Antoni Marí. Pero también, la constatación de tres almas dispuestas a sondearse hasta lo más hondo, sensibles, inteligentes. Esto me permite tratar el tercer punto que he anunciado.

Porque el libro también nos habla de un tiempo y un lugar: El siglo XX prebélico en Europa. Conviene recordar que el título original es Deux Anglaises et le Continent, «Dos inglesas y el Continente», en clara alusión a la broma que se traen las dos hermanas a cuenta de Claude, al que llaman «el Continente» porque les explica las costumbres y la moral francesa. La de Roché era una época que permitía sorprenderse ante la alteridad, intercambiar informaciones sobre las vías secundarias de la vida nacional (¿cómo era la prostitución en Francia? ¿Qué pensaba un parisino del carácter inglés? ¿Por qué una española salía de una iglesia para entregarse a un desconocido?). Hoy, Occidente ha perdido fuelle, carácter y rigor fronterizo. Pero en ese momento, las diferencias estaban sobre la mesa, a menudo inducidas por la religiosidad de los jugadores. Así, la infinidad de pequeños contrastes costumbristas contribuye a una lectura enternecedora. Y nos recuerda el último capítulo brillante de la historia europea, antes deque las dos guerras mundiales nos convirtieran en una caballeriza abandonada. Por otra parte, como ya hemos dicho, sólo ese contexto civilizado otorga verosimilitud a la voz de Muriel, tan hondamente autocrítica, torturada, consciente. También enfermiza, por supuesto. Hoy en día, hemos podido conocer alguna mujer así de hermosa, herida e inteligente. Pero el Siglo juega en su contra, la gente tacha de locura estas excentricidades. Ellas y la poesía tendrán que extinguirse juntas.

A cuenta de esta novedad editorial, se nos ocurre enlazar con otras dos obras magníficas. La posibilidad de saltar de joya en joya siempre es estimulante .Por un lado, Dos inglesas y el amor es también el título de una película de François Truffaut, que ya había adaptado a Henri Pierre Roché con Jules et Jim, su obra maestra. La versión cinematográfica tiene una caligrafía sensible, resultando un fenomenal sopapo a los amigos del tuning. Ofrece el ritmo justo de una pasión anterior a la televisión, el Boeing y los espectáculos de masas. Me consta que a mucha gente le aburre, lo que nos permite sentirnos muy orgullosos de disfrutar con ella, henchidos de orgullo esnob. Atemoriza pensar que incluso Truffaut nos suena ya a pleistoceno: somos un pueblo sin memoria, hombres de las cavernas fascinados con el fuego que hemos olvidado contarnos historias o encomendarnos a los dioses tutelares. El otro enlace viene a cuento de la editorial que nos presenta a Roché, Libros del Asteroide. Nacida recientemente, lleva camino de conformar un catálogo inmejorable. Su cuarta entrega, la última por el momento, ha sido Los inquilinos de Moonbloom, y con cien páginas devoradas, ya me atrevo a recomendar el libro. ¡Cómo nos gusta Nueva York, si nos la cuenta un judío!

NADAL SUAU

Diario de Mallorca