La prensa dice

17 nov
2005

Un gran libro oculto, por Toni Montesinos

Un joven de treinta y seis años, natural de Connecticut, se enfrenta al punto de inflexión en que nos vemos al comprender que la vida ha de convertirse en narrativa: la conocida situación que lleva a las personas que escriben a ser escritores. Edward Lewis Wallant (1926-1962) conoció su destino y lo encaró, pero un aneurisma se interpuso eliminando un talento único, un narrador de gran sabiduría técnica, de imaginación y poética deslumbrantes. La información banal dice que Wallant pertenece a la generación de autores judeoamericanos como Saul Bellow, Norman Mailer o Philip Roth. La larga vida para éstos fue o aún es presencia, actualidad; para Wallant, que a tenor de «Los inquilinos de Moonbloom» los supera con creces, la muerte significó el olvido.

Puestos a etiquetar, yo relacionaría más a Wallant con el John Kennedy Toole que, fallecido a los treinta y un años y a pesar de haber escrito dos obras maestras, permanece como un gran autor proscrito por la crítica oficial. Por otra parte, tampoco entiendo el ejercicio de comparación que ha propuesto John McDermott en un libro aparecido este otoño, «Flannery O’Connor and Edward Lewis Wallant: Two of Kind», escritores que tienen en común sólo el año de nacimiento y una muerte asimismo temprana. Wallant es, simplemente, como Toole u O’Connor, un artista único, maravilloso, una Literatura en sí mismo. Lo imaginamos satisfecho por poder decirles a su mujer y sus tres hijos, años después de que participara en la Segunda Guerra Mundial, que de ahora en adelante se dedicará sólo a escribir tras la aparición exitosa de sus dos primeros libros, «The Human Season» (1960) y «The Pawnbroker» (1961), aunque acaso por dentro esté aún preocupado por haber abandonado su importante empleo como agente publicitario en Nueva York. Pero el futuro iba a quebrarse: Wallant no llegaría a tiempo de ver las pruebas de imprenta de «Los inquilinos» ni de dar un último repaso a su última obra, «The Children at the Gate».

Dave Eggers, en la edición estadounidense del libro, alude al toque expresionista de «Los inquilinos», a la imagen que obtenemos de una compasiva y urbana humanidad a medida que el administrador de fincas Norman Moonbloom -treinta y tres años, virgen, solitario, flaco, «marginado por vocación», un fracasado según su hermano y jefe Irwin en Moonbloom Servicios Inmobiliarios- visita los cuatro edificios de Manhattan que están a su cargo para cobrar el alquiler. Así, el «cansancio premonitorio» con el que Norman da inicio a su peripecia será constante hasta el catártico final, cuando entiende que las dos docenas de inquilinos que han querido tomarle por un confesor, invitarle a café, contarle batallitas o evitar el pago lo han transformado en otra persona: las solteronas hermanas Baily preocupadas por el sobrino Lester, los músicos de jazz Stan y Sidone, el italiano con problemas rectales Basellecci, el lujurioso chino Wung, la exuberante Sheryl, el vendedor de golosinas Sugarman, el boxeador amante del teatro Del Rio, el lacónico escritor Paxton, la desagradable odiadora de judíos Ilse, el alemán colérico y centenario Karloff, el recitador de Eliot y agresivo maestro Wade Johnson...

El «yo soy porque tú eres» de Jorge Guillén resalta en la conclusión sentimental que el lector hará de la obra, una tragicomedia en la que los pequeños dramas domésticos, la soledad, la vejez, el amor, la frustración brotan de unos seres inestables, cuando no perdidos en sus minúsculas y deterioradas colmenas. Wallant podría haber sido un dramaturgo notable y un guionista excelente, habida cuenta su habilidad para poner a hablar a varios personajes en medio de cuatro paredes -no en vano, en el prólogo Rodrigo Fresán relaciona a Wallant con las «sitcoms»-, y hasta un sutil poeta de línea clara y elegante a lo Carl Sandburg. Y es que lo poético, que no lo lírico, fundamenta su visión literaria, un estilo concebido para el placer de las palabras y su relectura (magnífico el traductor, Miguel Martínez-Lage): qué conmovedoras sus metáforas, sus descripciones, sus símiles, sus detalles que registran lo intangible, el aire, la luz, la temperatura: «Allí dentro, la luz era como un olor», «hizo del silencio algo audible»...

El estilo lo es todo en la prosa de Wallant, quien a partir de unas cuantas viñetas cual «Rue 13 del Percebe» y unos diálogos sensacionales, lo que podrían ser meros «sketches» se convierten en pedazos de vidas fragmentarias y milagrosamente unidas. En ellas, lo superficial se vuelve profundo; lo humorístico, pesadumbre, tristeza, absurdo, pero también vida, esperanza y fe en uno mismo y los demás.

TONI MONTESINOS

La Razón