La prensa dice

22 ene
2006

Un gran descubrimiento, por Tomás Ruibal

Ya nos hemos ocupado de la editorial Libros del Asteroide, que fuera de modas y éxitos de venta irrelevantes, intenta ofrecernos las obras de algunos de los escritores más interesantes de la segunda mitad del siglo XX, que en varios casos permanecen en el olvido o ni siquiera habían sido publicados en España.

Y este es el caso de Lalla Romano, mujer de la que uno no tenía en absoluto referencias a pesar de que ha dejado tras de sí una impresionante carrera artística y los elogios de escritores de su generación tan fundamentales como Cesare Pavese o Eugenio Montale.

Ahora Libros del Asteroide rescata, con un excelente prólogo de Soledad Puértolas, esta novela con muchos elementos autobiográficos y ensayísticos en los que se aborda la relación materno-filial desde una perspectiva no muy común: Lalla Romano recrea de manera casi obsesiva la vida de su hijo, un joven inconformista, rebelde hasta la exasperación y del que es consciente que posee unas dotes que le permitirían descollar en alguna disciplina artística si se tomase la molestia de hacerlo.

Comenzando por el momento del nacimiento de su hijo, la escritora va recurriendo a numerosos elementos que acentúan el tono autobiográfico de la novela: cartas, redacciones escolares, pequeños poemas infantiles o conversaciones, para ir desmenuzando esa relación llena de pequeños y grandes desencuentros y reconciliaciones, de enfrentamientos que provocan en ella desazón en su obstinado intento por conocer la personalidad de esa vida que ha traído al mundo.

La obra, a pesar de ese desesperado intento de comprensión de la personalidad del hijo, demuestra también la capacidad de Lalla Romano para distanciarse de él y sus peculiaridades, llegando a describir determinadas escenas con una frialdad que puede parecer cruel.

Como dice atinadamente Soledad Puértolas, «En el silencio, en el ruido, en todo lo que se han dicho y, sobre todo, en las muchas cosas que no se han dicho, en las palabras que, silenciosamente, flotan entre ellos, Lalla Romano, más allá de su propio retrato como madre, nos ofrece el retrato de La Madre, el prototipo de quien ha dado la vida a un ser y quiere saber qué clase de vida ha dado, porque había soñado con dar la mejor, la más excelsa, de las vidas».

Lalla Romano nació en Cuneo en 1906 y murió en Milán en 2001 a los noventa y cinco años, dejando un poderoso legado artístico: novelas, poemas, ensayos y una abundante obra pictórica a la que hace alusión con frecuencia en «Suaves caen las palabras». Se licenció en literatura en la Universidad de Turín y trabajó primero como bibliotecaria y más tarde como profesora de Historia del Arte en Turín y Milán, mientras mantenía su dedicación a sus dos principales pasiones, la poesía y la pintura. Durante la segunda guerra mundial regresa a su casa materna y colabora activamente con la resistencia.

Al terminar la guerra vuelve definitivamente a Milán.

En 1953 publicó su primera novela, «Maria», cuando ya había escrito varios ensayos y libros de poemas. No es, sin embargo, hasta 1964, que empieza a ser conocida por el público italiano su faceta novelística con « La penombra que abbiamo attaversato» y finalmente, en 1969, «Suaves caen las palabras» la consagra al ganar el premio Strega. Todavía publicaría más novelas esta mujer versátil y extraordinaria, cuya personalidad en la vida artística italiana parece innegable, y que ahora podemos conocer en la edición de Libros del Asteroide.

Diario de Pontevedra - Revista de Domingo