La prensa dice

15 jul
2006

Un aroma de especias, por Francisco Solano

Las diez mil cosas, de la holandesa Maria Dermoût (Java, 1888-La Haya, 1962), es uno de esos libros de difícil clasificación, fruto de una peculiar autobiografía y de un talento literario paciente y remansado. Maria Dermoût se hizo escritora con más de sesenta años, en los últimos once de su vida. Pasó su infancia en una plantación de azúcar de Java, estudió en Holanda y regresó casada a las Indias Orientales Holandesas, la actual Indonesia, donde vivió hasta 1933. El universo que refleja su literatura corresponde a aquel espacio colonial, una mezcla de paraíso y tragedia que, a diferencia de las Memorias de áfrica, de la Dinesen, no se evoca con nostalgia, sino que se recrea desde la conciencia de desaparición y ruina de quien reconstruye un mundo perdido con recuerdos que tienen la condición de fantasmas de la memoria.

Maria Dermoût no se lamenta, no orienta su prosa a la elegía, sino que ve claramente, en un presente perpetuo, la realidad vivida. El personaje central de su hermosa novela, la figura solitaria y dramática en quien se inmoviliza el tiempo -el pasado de la gran época de las especias, las casas destruidas por los terremotos, las historias de los asesinados-, se llama irónicamente Felicia, una mujer que perdió a su hijo en una emboscada, asaetado por un cazador de cabezas. Esta mujer dedica un día al año a conmemorar a los desaparecidos por muerte violenta: "No era hipersensible ni propensa al sentimentalismo, pero mientras viviese, no se extinguiría en ella la profunda y ardiente lástima por todos aquellos que habían sido asesinados". Las diez mil cosas evita, en efecto, ser hipersensible o sentimental, pero transmite una tristeza que, según avanza la lectura, se va haciendo más intensa y a la vez más pudorosa, como si la autora fuera consciente de imponer un sentimiento excesivo, una emoción demasiado común que podría falsificar el tono susurrante con que está escrita la novela. Pese a ese fondo dramático, la visión de Maria Dermoût, sostenida en un estilo que fluye con aparente sencillez, no se sitúa en una perspectiva europea, como ocurre en la Dinesen; al contrario, se diría que se proyecta al modo de una fábula generada en alguna de aquellas islas de las Molucas, la leyenda de una mujer cuya soledad concentra tanto la prosperidad como el fracaso del colonialismo, amparándose aún en una forma de vida ya abocada a la desaparición.

Y éste es el aspecto más insólito, la esencial característica de esta novela de estructura circular, que comienza con la evocación de "un intenso aroma de especias, lo único que queda de la gloria pasada, y concluye con el viejo deseo de Felicia de "procurar seguir viviendo" para dar vida a los fantasmas. Entre el aroma de las antiguas plantaciones y la actual decadencia persisten las figuras de los asesinados que acompañan su soledad: su propio hijo, un catedrático de botánica, la lujuriosa mujer llamada Constante, un marinero de Macasar, el comisario que nunca supo si se ahogó o fue asfixiado por su mujer y sus criadas, historias de violencia, azar y misterio que Maria Dermoût inserta en capítulos apartes, como si fueran relatos exentos, y sólo al final comprendemos que conforman la memoria de Felicia, su devoción a los muertos, el sufrimiento del recuerdo de lo que ella no puede tolerar: "Que un ser humano mate a otro".

Babelia