La prensa dice

1 dic
2005

Tragicomedia vecinal, por Antonio Lozano

Los escritores y las agencias inmobiliarias se tocan. Retratar personajes es abrir cada mañana una ventana que no sabes qué tiempo te revelará. Redactar una novela supone levantar un edificio a medias entre el plano que fija y la inspiración que da respuesta al corrimiento. Y compactar una bibliografía tiene algo de pirámide faraónica donde morar espiritualmente cuando se es solo polvo. Edward Lewis Wallant entendió a la perfección hasta qué extremo lindaba la construcción con hormigón y con palabras, por eso Los inquilinos de Moonbloom puede verse como una modélica casa muestra en la que va instalándose una carismática comunidad de vecinos. Lástima que al escritor le faltara tiempo para acabar yaciendo en el gran panteón judeonorteamericano junto a Bellow y Malamud, sobre cuyo fallido usufructo esta perla agridulce supuso el depósito más oneroso de su truncada carrera. Comenta acertadamente Dave Eggers en el prólogo a una reedición de la obra en Estados Unidos que solemos asociar las novelas urbanas de gran alcance humano a "libros mosaico de complejidad dickensiana que, oscilando salvajemente entre realidad y ficción, abarcan todos los estratos sociales". En el extremo opuesto, Lewis Wallant ausculta el latido interior y profundo de la Gran Manzana descartando el callejero, huyendo de los exteriores, concentrándose en un colmenar de renta baja, entendiendo el piso como recinto íntimo que actúa de extensión de la personalidad y reflejo de la biografía, al tiempo que saca el mayor partido dramático y humorístico a la repetición de una misma acción simple: recaudar los alquileres mensuales. De esta forma, el desnortado cobrador Norman Bloom ¿en esa estirpe tan cara a la ficción norteamericana contemporánea como es la del loser a la espera de una difusa señal de trascendencia que resquebraje su limbo de medianía¿ ejerce de paciente y confidente API, que nos muestra cómo cada hogar esconde un libro abierto, cada salón actúa de pista circense donde se citan el payaso triste y el alegre que todos llevamos dentro.

Peregrinaje alegórico. El autor convierte su peregrinaje tragicómico por escaleras de medio pelo en un recorrido alegórico de redención que, estableciendo una brillante correspondencia entre claustrofobia espacial y asfixia mental, nos acaba conduciendo a un clímax excepcional. Apoyándose en un lenguaje de marcado acento figurado, que ofrece brochazos luminosos pero que también (única pega) incurre en ocasionales soliloquios algo recargados, el eterno retorno de Moonbloom va abriendo constantes caminos a la interpretación, a partir de meticulosas y sintonizadas pulsaciones de cómo varía un estado de ánimo en función de la interacción con el otro, a la vez espejo de nuestras frustraciones y dinamo de nuestra salvación. Sirva de ejemplo y broche este melancólico pasaje: "Había asistido a varias universidades y había encontrado solamente gráficas y créditos. Se había emborrachado con la idea de Dios y encontró solamente la teología. Había ascendido varias veces llevado de las sutiles y poderosas alas de la lujuria, a la espera de la magnificencia, pero solo alcanzó la descarga. En algunas ocasiones había ampliado la amistad con palpitante esperanza, solo para hallar que nadie sabía muy bien qué era lo que tenía en mente".

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