La prensa dice

21 may
2007

Sombras entre el viento, por Sergi Doria

La Gran Depresión que inauguró el «martes negro» de Wall Street hizo de Estados Unidos una geografía de figuras en escapada. Como las desgracias no llegan solas, tras el «crash» financiero las tormentas convirtieron los estados del Medio Oeste en la «cuenca del polvo» («dust bowl»). Casas fagocitadas por bolas de un aire tan negro como el futuro de sus inquilinos. A la tormenta sucedió la sequía y las ventiscas desertificaron unos territorios hipercultivados. Con el rumor del viento entre los matojos resecos, el cantante Woody Guthrie rasgaba su guitarra. Así lo cuenta Eduardo Jordà en el prólogo de «Los vagabundos de la cosecha» (Libros del Asteroide), un libro que recupera los reportajes que John Steinbeck publicó el verano de 1936 en «The San Francisco News». El blues de Guthrie, la descripción realista del escritor californiano y las fotos de Dorothea Lange componen el extracto seco de una tragedia americana. En la letra de «Blowin’down the road», Jordà detecta el argumento de «Las uvas de la ira», la novela que inspiró la película de John Ford. Cantaba Guthrie en un tren de mercancías, rumbo a California; la boca se le llenaba de tierra; familias enteras empujaban coches asmáticos, sobrecargados de colchones y cachivaches domésticos: «Voy adonde no soplen las tormentas de polvo, / busco un trabajo y una paga decente, / me voy por esta carretera polvorienta, / y nunca más van a tratarme de este modo».

Sombras entre el viento en pos de una Tierra Prometida. Steinbeck anotaba lo que veía, sin grandilocuencia, con eficacia expresiva notarial: «Los caminos están infestados de carracas desvencijadas cargadas de niños, sábanas sucias y peroles ennegrecidos por el fuego... En los caminos secundarios y en las márgenes de los ríos, lugares menos transitados, se levantan los poblados sucios y destartalados de los braceros, y los campos están llenos de hombres recogiendo, segando y poniendo a secar la cosecha».

California necesitaba aquellos temporeros para recolectar el melocotón, la uva, el lúpulo y el algodón. Los necesitaba tanto como los odiaba. Las palabras de Steinbeck suenan en la España de hoy tercamente familiares. Los emigrantes «se topan con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño, el forastero, con un odio que se repite desde los comienzos de la historia, desde la aldea más primitiva a nuestras granjas industriales». Mano de obra barata, que se hacina en barracas; precarias tiendas de campaña en las afueras cobijan a los fugitivos de la sequía. Gentes de Oklahoma, Nebraska, Kansas... Niños rubios, de ojos azules. California no les admite. Aducen que son sucios, ignorantes y portadores de enfermedades... Siglos de las deportaciones: en campos de concentración, en la tierra baldía de la miseria. Sombras que adquieren personalidad hasta convertirse en personajes. Tres años después de aquellos reportajes, Steinbeck convirtió al director del campamento de acogida, Tom Collins, el ángel de la guarda de los desheredados, en el Jim Rawley de «Las uvas de la ira», la mano amiga que acogió a los Joad, la familia que encabeza Henry Fonda.

Rostros surcados por el hambre que captó con su cámara Dorothea Lange. Fisonomía de la desesperación. Madres agotadas en tierras agostadas. Cada fotografía, un icono; interpelación para ahora mismo, ante el tórrido verano de cayucos. Fotos, reportajes y una novela que mereció el Pulitzer y que John Ford destiló en celuloide que denuncia. Cuenta Jordà que en 1965, poco antes de morir, tres años después de recibir el Nobel y aislado por sus críticas al comunismo soviético, Steinbeck volvió a ver «Las uvas de la ira»: «Otra vez volví a creer en la historia que había escrito». Sesenta años después, los reportajes en que germinó su novela aparecen por primera vez en castellano en traducción de Marta Alcaraz. Sobriedad descriptiva, sin demagogia. Al leerlos, confiesa Eduardo Jordà, «una cara flaca y oscura se apodera de nosotros». Los «vagabundos de la cosecha» siguen caminando. Woody Guthrie vuelve a cantar «Tom Joad», el hombre pobre de Steinbeck al que Ford le puso la faz de Fonda. Rostros que Dorothea Lange libró de ser sombras entre el polvo. Inolvidable pedagogía de la compasión.

ABC