La prensa dice

4 feb
2013

"Roscoe, negocios de amor y guerra" en la columna de opinión de Xavier Antich en La Vanguardia

¡Ríete de Alí Babá!

Por Xavier Antich

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El problema no es que existan aprovechados, sino un sistema que lo permite, avala y, hasta cierto punto, espolea

Desde cuándo la verdad es una virtud política?", cavilaba Roscoe. Permítanme que se lo presente: Roscoe Owen Conway, el factótum del Partido Demócrata de Albany, capital del estado de Nueva York, que dirigió durante medio siglo los destinos políticos del partido, la ciudad y el estado sin ningún tipo de escrúpulo. Un visitante asiduo de los bajos fondos y las alcantarillas, usuario de los sobres con dinero negro y actor de promesas de riqueza a cambio de vasallaje y fidelidad, el rey de las mentiras y las medias verdades. Un personaje seductor y abominable, un hijo de puta retorcido y previsor, planificador y brillante, capaz de construir, a su alrededor, "toda una sociedad estructurada entorno de la extorsión y el soborno". Roscoe es una de las grandes construcciones literarias de la literatura norteamericana reciente, quizás la gran creación de William Kennedy, periodista y escritor, ganador de un Pulitzer, que publicó en el 2010 con 74 años una obra de gran madurez, la novela que convierte al personaje en un mito de nuestro tiempo: Roscoe, negocios de amor y de guerra (Libros del Asteroide). Lo que está pasando en el Estado español los últimos meses lo convierten en lectura obligada.

Primera página de la novela: "En vez de ir a la caja fuerte, el dinero iba a parar al cajón de encima del escritorio de Roscoe, que los ponía allí sin contarlos siempre que un visitante como Philly Fillipone, que vendía productos alimentarios en la ciudad y en el resto del condado, le daba un fajo de billetes de más de un dedo de grueso atados con una goma de pollo".

Sexta página. Pregunta una joven promesa reformista: "¿Una vez tomemos las riendas del partido, cómo conseguiremos dinero para controlarlo?". Felix Conway, el estadista más veterano del partido, que ha ganado tres veces la alcaldía, estalla a reír y le dice a Roscoe: "Quiere saber cómo se consigue el dinero", y la carcajada se convierte en un rugido descontrolado. "¿Que cómo se consigue el dinero? Madre de Dios, ¡cómo se consigue el dinero!". Y entonces empieza una letanía interminable: "Si presentas a alguien a las elecciones y gana, cóbrale un año de salario. Mantén los impuestos bajos, pero si los subes dilo de otra manera (...) Al que venda carne, cóbrale impuestos. Si alguien quiere negocios municipales, el treinta por ciento para nosotros (...) Ten contentos a los policías y deja que se lleven una parte del pastel. Una parte pequeña". Y la letanía continúa con cosas que fácilmente pueden imaginarse. Porque, claro, "de la política al infierno sólo hay cuatro pasos".

La conmoción que han provocado las últimas noticias de la vida política española han avergonzado e indignado a la opinión pública, y suponen, internacionalmente, un golpe de maza para un sistema ya muy justificadamente bajo sospecha. La magnitud y la extensión de la corrupción, así como el hecho de que haya podido desplegarse con la impunidad de ciertos partidos políticos y con el protagonismo de personajes tan relevantes como los que encarnan Millet, Bárcenas o Urdangarin sólo generan preguntas que aumentan la estupefacción hasta límites de lo intolerable.

Jordi Balló hizo un tuit hace muy poco (que desarrolló en su columna de la semana pasada) que da escala a lo que está pasando aquí: "Para hablar de corrupción ya no necesitamos a Baltimore. ¡The wire está aquí!". Cualquiera que conozca la genial serie de David Simon sabrá que la analogía es clara. Y a quien no la haya visto todavía, sólo alguna pista. Cuando Simon hablaba de su serie, dijo: "Vimos que en la cultura había elementos parasitarios y autoengrandecedores, que la avaricia y la rapacidad de una sociedad que exaltaba el beneficio y el libre mercado con exclusión de cualquier otro cuadro social acabarían viéndose lastradas por tamaño grado de voracidad". Porque The wire describe un mundo en el cual el capital ha triunfado completamente y "los intereses monetarios han comprado suficientes infraestructuras políticas para poder impedir su reforma". Frente de eso, Simon se preguntaba "porqué no queda ya nadie que haga el trabajo sucio de explicar la naturaleza exacta de nuestros problemas nacionales", porque -decía- nos hemos convertido en un país que tolera confortablemente y sin problemas aquello que, como la corrupción, tendría que provocar un auténtico terremoto.

Y este es, ahora y aquí, también el problema. Un problema, hay que decirlo, no de naturaleza ética, sino política. Porque el problema no es la existencia, inevitable en un sistema político moderno, de aprovechados indecentes capaces de usar en beneficio propio cargos y fondos públicos. El problema es un sistema que lo permite, lo avala y, hasta cierto punto, lo espolea. Un problema, y también hay que decirlo, que no es el sistema de partidos, ni tampoco, por supuesto, el sistema democrático, sino un sistema de funcionamiento que se define por su opacidad, que se niega a crear los dispositivos legítimos de control de fondos públicos y de las formas de financiación de las organizaciones políticas. El problema es la impunidad de las oligarquías y la sumisión política de las instancias judiciales. Eso que todos los partidos políticos con responsabilidad de poder, todos, o bien han utilizado en beneficio propio o bien, cosa que todavía es más grave, no han sabido someter a controles independientes.

También aquí, como la novela de Kennedy, muchos olvidaron la advertencia que ya le habían hecho a Roscoe: "El tiempo de los juegos alegres no dura siempre, Roscoe. Créeme".

La Vanguardia