La prensa dice

9 abr
2016

Reseña de "Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" de Maya Angelou en Culturamas

Por Ricardo Martínez Llorca

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Desde que la serpiente mordió en la nuca a Eva para que esta se volviera contra ella, y así poder comprar el perdón a precio de una pieza de fruta, nada hay como el sentimiento de culpa a la hora de necesitar dejar un testimonio. A lo largo de estas memorias, del primer volumen de estas memorias de Maya Angelou (Marguerite Annie Johnson: San Luis, Misuri, 1928 – Winstom-Salem, Carolina del Norte, 2014) ese inmerecido sentimiento flota como parte indivisible de los átomos que componen el aire que se respira. No sabe bien la razón por la que empieza a escribir, de hecho, lo hace con su primer recuerdo sólido de infancia para seguir un orden cronológico hasta cuando abandona cualquier tipo de ingenuidad, pero sabe que está saldando deudas. Y que esta sanación deberá estar al alcance de cualquiera de las personas que la han rodeado en su vida. Consciente de que escribe para gente humilde al igual que para cualquier erudito, Angelou no se complica en la redacción. La impresión que da es tiene al lector metido en la cabeza, pero sabe quién es ese lector. Puede que el destinatario de cada párrafo sea una persona diferente, aunque seguro que siempre serán sus hijos, pero no deja de escribir con un lector en sus intenciones, en su prosa sencilla, directa. En ocasiones seca.

Sobre todo cuando uno tiene la impresión de que debería mostrar más las emociones, desnudarse de otra manera. Como en el pasaje en que es violada contando ocho años de edad, donde apenas existe la descripción. Pero esas dos palabras que ella utiliza harían callar a cualquier orquesta. La sensibilidad de Angelou es de tal grado que conviene no mover demasiado las piezas, que si en lugar de este testimonio de supervivencia, épico, que nos lleva de viaje al sur de los Estados Unidos, se hubiera dedicado al verso, la crudeza saldría fuera del reglamento de cualquier gramática. Pero ella se centra en la epopeya de la primera mujer negra que consiguió trabajar en los tranvías de San Francisco, aunque fuera en el turno de noche y sin haber alcanzado la mayoría de edad. Pero esa sensación de haber sobrevivido donde tantos se vieron ahogados en el fango, es la que consigue que flote, a lo largo de todo el relato, la pregunta que no se formula: ¿por qué yo? Eso al alcance de tan pocos escritores, de los mejores, ese testimonio de su verdad sin alardes y sin autocompasión, es lo que consigue centrar el discurso en el único tema realmente válido a la hora de construir un relato: la forja de una dignidad.

Y para ello, sí, se vale de lo poco que ha amado, sobre todo de la presencia de su hermano, a quien vive como una alma gemela. Y de la ausencia de unos verdaderos padres. Angelou vuelve a ver con los ojos de la niña que fue. En un extraordinario ejercicio de empatía con la memoria, vuelve a entender el mundo adulto como lo entienden los muchachos de siete, nueve, doce años. Y lo interpreta como un mundo lleno de premoniciones y secretos, todos vedados para ella. No hay el menor atisbo de que sepa cómo finalizará su vida, por más que esta obra esté escrita en plena madurez y sea parte de un río que seguirá con otros seis volúmenes. Que esperemos ver editados en breve, confiando en que sean tan extraordinarios como este viaje. Esta impostación literaria es perfecta: el adulto que escribe, el niño que narra, ve y critica con la sensatez de un preadolescente, con su conciencia de marginación social. La niña que descubre la muere y la adolescente que hinca los dientes en el sexo. Y la religión como un inútil consuelo de los desfavorecidos, esa misma religión que nos atribuye sentido de culpa porque sí, por capricho. “Me volvió, como un amigo muy añorado, la antigua sensación de culpa”, comenta hacia el final del libro, cuando ya hemos descubierto que de eso trata la épica, cuando ya hemos descubierto que en la culpa se encuentran los vínculos que retardan la sensación de sentirse digno.

Ricardo Martínez Llorca - Culturamas