La prensa dice

12 mar
2012

Reseña de "Tallo de hierro" en El Ciervo

Tallo de hierro de William Kennedy

Por Alberto Barrantes

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«Ha vivido diciéndose: creo de veras que estoy haciendo más o menos lo correcto. Creo en Dios. Saludo a la bandera. Me lavo los sobacos y la entrepierna, ¿y qué si bebo demasiado? ¿A quién le importa eso? ¿Quién sabe cuánto he bebido?» (p.172)

Bastaría con decir que Saul Bellow fue su mentor para resaltar la calidad literaria de William Kennedy (Albany, New York, 1928), pero mejor descubrirla y gozarla sumergiéndose en las páginas de Tallo de hierro, novela de 1983 y con la que, tras haber sido rechazada en más de una decena de editoriales, consiguió, entre otros, el Premio Pulitzer de Ficción.

Tallo de hierro, que fue llevada al cine por Hector Babenco en una película protagonizada por Meryl Streep y por Jack Nicholson, está ambientada en 1938, en los duros años de la Gran Depresión. Esta novela nos cuenta el retorno de Francis Phelan, vagabundo que en su juventud fue jugador de béisbol, a su pueblo natal, Albany, del que marchó veintidós años atrás, en 1916, carcomido por los remordimientos y por el sentimiento de culpa que, tras el accidente en que perdió la vida su hijo de apenas trece días, había de marcar toda una vida llena de reveses y en la que la violencia y la muerte nunca dejan de jugar un papel decisivo.

Francis Phelan, personaje absoluto de una novela llena de espléndidos personajes secundarios, es uno de esos personajes que iluminan toda la obra de un autor. William Kennedy lo creó a partir de la observación de un vagabundo real al que conoció cuando, siendo periodista, se documentó para realizar un reportaje sobre el mundo de los homeless. Pero lo más destacable de la obra no es la traslación realista que Kennedy pudiera haber realizado de dicha persona a su personaje. Kennedy -lo apunta Jordi Fibla, traductor y autor del magnífico prólogo de esta edición- no se sirve del realismo convencional para escribir esta historia. No es lo importante, no, el retrato realista de ese ambiente de miseria y vagabundeo. Lo importante es el modo en que Kennedy sitúa a ese personaje que él crea en la encrucijada de una posible redención. No importa que Phelan, en su desvarío de alcohólico, vea y dialogue con los espectros de todos aquellos que, de un modo directo o indirecto, murieron por su culpa. No importa que esos espectros se conviertan en un lastre de remordimientos que van apareciendo en cualquier rincón de la narración, otorgando a la mente, por lo demás lúcida de Francis, un aire de esquizofrenia. Importa que, dentro de ese universo de vidas maceradas en alcohol, de marginados sin techo, de alcohólicos y alcohólicas lacerados por la vida que duermen al raso o entre los hierros oxidados de un coche abandonado o en una misión metodista y que pueblan Tallo de hierro, se vislumbre, al fin, una pequeña luminaria de esperanza. Más allá de la grandeza de los personajes secundarios (¿cómo olvidar, sobre todo, la pureza de Helen, la pareja de Francis, esa entrañable vagabunda que, enferma terminal, busca un lugar en el que morir sin contaminar el futuro del hombre al que ama?) sobrecoge el drama de Francis, el modo en que, en los umbrales de la redención, vuelve a encontrarse con un gran escollo que le dificulta el camino de esa redención que está ahí casi al alcance de una mano que quién sabe si, superado el último episodio de violencia, llegará finalmente a alcanzarla.

La historia emociona y estremece y en la manera de contarla brilla el nervio del periodista que fue W. Kennedy. Leerla es un placer. El regusto de tristeza tras su lectura es inevitable. Al fin y al cabo, Tallo de hierro nos habla de algunas de las experiencias más desoladoras de la vida humana.

El Ciervo