La prensa dice

14 nov
2011

Reseña de "Martin Dressler: Historia de un soñador americano" en Sigueleyendo

Soñando el sueño equivocado

Por Carlos Zanón

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No tengo previsto morirme. Pero cuando lo haga, por favor, nada de incineración. A por los gusanos. Y algo discreto. Por fuera, lápida de mármol con ángel llorica de dos metros de mármol negro. Flores, poemas, sujetadores anónimos a sus pies. Lo típico. Pero por dentro, por favor, quiero los primeros discos de los Stones de los 70, una foto de Julianne Moore y una suscripción por toda la eternidad a Libros del Asteroide.

A medida que se acerca mi final, quizás mis gustos cambien respecto a Julianne o la música, pero dudo que sobre el gusto y el acierto en elegir títulos que ha venido demostrando Luis Solano en sus asteroides. Le debo la Mitford, Roberston Davies –por cierto está al caer Levadura de Malicia, una de sus primeras novelas- el torero Belmonte, Pekín y sus historias, viajes iniciáticos con pesca de moscas, amas de casa desquiciadas y matrimonios (in)felices. Solano y su gente han demostrado olfato para rastrear libros inéditos y descatalogados en nuestro mercado, talento para servirlos y hacer música con el sonajero y amor a lo que hacen: leer, editar, vender. Solo así se explica que hayan urdido una colección humana –puedes alimentarte de sus libros sin morir de bulimia-, con diseño limpio, original y agradable de leer.

De los últimos títulos, destaco el de donde aprendió Tarantino a hacer diálogos que valen mundos –Los amigos de Eddie Coyle de George V. Higgins-, el relato sobre las víctimas de las víctimas de las víctimas o como ser cristiano en Palestina –Cristianos de Jean Rolin-Salinger- o el Pulitzer de Steven Millhauser con Martin Dressler. Historia de un soñador americano. Este título ha pasado un poco de hurtadillas por las inflacionarias mesas de novedades. Como todo hijo no querido necesita ser presentado en sociedad a ver si lo casamos.

Veamos si hay suerte, lector, hermano, bla bla bla.

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El autor. Comparado con Steven Millhauser, Salinger era Paris Hilton. Otro autor que cree que los focos distorsionan la realidad y por ende, la capacidad de fabulación. Que el éxito y el fracaso son el cáncer de un escritor. De ahí la necesidad de las zonas grises, puntos muertos, ángulos cerrados. Pero Martin Dressler. Historia de un soñador americano ganó el Pulitzer y, al menos, durante unos meses, su autor tuvo que aceptar el accidente de ser el elegido. La carrera, sin embargo, de Steven Millhauser (New York, 1943) siempre estuvo reconocida por la crítica especializada. Y dentro de ella, Martin Dressler. Historia de un soñador americano ha sido su Everest.

Nueva York, finales del XIX. Grandes escaparates, edificios que elevan los cielos sin límites. Hombres con un sueño: inventores, charlatanes, genios y visionarios. Martin Dressler está dispuesto a soñar. El mismo es un sueño dentro de otro sueño que no es sino el Sueño Americano. Así, que desde la humilde tienda de tabacos de sus padres, se sube en el ascensor del esfuerzo, la obsesión y el fanático empeño de ir más allá del más allá. Acabará regentando una cadena de restaurantes. Hoteles que trascienden a hoteles. Creaciones de un mundo que se inventa para no anular el real sino duplicar, crear la copia imperfecta. La hipnosis de lo artificial. Disney reina en nuestras vidas. La revolución televisada. Bueno, todo eso.

El talento de Millhauser es dibujar esa fascinación por recrear la máquina más que la ilusión creada. Dressler, un ciudadano Kane, un personaje de Tim Burton, un visionario aislado, solo, en busca de redención, tiene el aliento frío. No está muerto. No es cruel. Es parte de un sueño que sólo busca un sueño que lo abarque. Millhauser escribe un cuento en el que alguien sueña el sueño equivocado. En el que el fracaso es una bendición. Un sueño nada onírico, escrito como un manual de arquitectura, las indicaciones de uso de una lavadora. A veces, el libro agota en el recuento de los detalles del pastel pero el otro cuento dentro del cuento mantiene el interés hasta el final. En ese otro cuento hay una madre y dos hijas. Una guapa y melancólica. La otra fea y trabajadora. La idea de la duplicidad. La idea de la belleza como un error inasequible pero inevitable persiste en ese otro cuento. Que no deja de ser la sangre que da vida al metal y cristal del edificio que Millhauser coloca encima de nosotros y que, a veces, en su lectura -no os voy a engañar lector, hermano, bla bla bla- nos puede llegar a aplastar y a dejar frío.

Pero con todo, un libro diferente a los diez mil que has comprado últimamente. Un punto de vista, una manera distinta de contar y ser contado.

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