La prensa dice

Reseña de "Martin Dressler: Historia de un soñador americano" en Culturas de La Vanguardia

Millhauser: genio y distorsión

Por Antonio Lozano

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En el relato El lanzador de cuchillos de Steven Millhauser (Nueva York, 1963) el auditorio aplaude a rabiar los escalofriantes malabarismos de cada número, pero contiene la respiración entre uno y otro a la espera de saciar le perversa motivación que lo ha empujado a pagar la entrada: ver sangre. Cuando esta llega es apenas un puntito rojo causado por el más ligero de los roces del arma blanca en su trayectoria hacia el plafón de madera. La asistente aplica un algodoncito sobre la piel del voluntario y le conmina a no olvidar nunca que ha sido marcado por el maestro. El escritor parece estar trazando una alegoría sobre lo que él mismo consigue infligir en sus lectores. Ya sea a través de sus novelas, cuentos o novellas: un asombro sostenido que deja un eco eterno. Sumergirse en cada uno de los textos de Millhauser es franquear una de esas fauces de un diablo, un payaso o un lobo que daban acceso a los antiguos parques de atracciones. Una vez dentro, todo es posible. La recuperación de Martin Dressler. Historia de un soñador americano, novela que mereció el Premio Pulitzer en 1997, brinda un curso acelerado por la barroca y excitante imaginería del autor. El sueño americano ha atravesado infinidad de encarnaciones en la narrativa de su país, pero la figura de Dressler ilustra como nadie la del constructor megalómano. El libro sigue sus pasos desde que es un niño que ayuda en la tabaquería de su padre, mostrando una precoz intuición comercial, hasta que deviene un magnate hotelero perdido en delirios arquitectónicos e interioristas que bordean la pesadilla. El trasfondo es la histeria modernizadora que puso los cimientos del skyline neoyorquino en el tránsito del siglo XIX al XX o, dicho de modo modo, la crónica de la sustitución acelerada de una plantilla urbanística horizontal por una vertical. "Hoy Martin Dressler soñaría con un vasto imperio ciberespacial que hiciera que Facebook pareciera algo pintoresco y anticuado’’ señala Edwin Mullhauser por correo electrónico, lo cual, teniendo en cuenta que su nivel de aversión a la prensa y su fotofobia sólo está un peldaño por debajo del maestro Thomas Pynchon, quizás es la noticia bomba de este artículo.

A medida que el continente de los proyectos de Dressler crece en complejidad técnica y el contenido en fantasía, su mente ve perdiendo asideros con la realidad y su cordura corre el riesgo de verse devorada por sus creaciones. Como en las tragedias griegas, se diría que los dioses traman para hacerle pagar por su ambición desmedida, al tiempo que el fantasma del doctor Frankenstein lo visita. "Es cierto que hay algo de ambas cosas. Pues el protagonista se encamina lentamente a un mundo de excesos que resulta a un tiempo atrevido y perturbador. Sin embargo, no pretendí escribir una historia con una lección moral, sólo seguir la pasión de un hombre al hilo de los desvíos que va tomando hacia regiones más y más oscuras".

Entre las leyes fundamentales que han impulsado la narrativa de Millhauser se encuentran 1) bajo los mundos que percibimos hay otros aguardando su momento para emerger, y 2) el artista de verdad es un ser obsesionado con experimentar con los límites de su especialidad. En Martin Dressler lo primero se plasma en los fogonazos visionarios del protagonista - "Lo que más le impresionaba era el terrible desasosiego de la ciudad, su deseo de demolerse, de saltar en pedazos para volver a emerger bajo nuevas formas. La ciudad era un paciente febril en el hospital que se revolvía en su cama entre brotes de sueños modernos". Lo segundo, en su aspiración a que su último hotel opere como un universo autónomo que permita prescindir por completo de la realidad exterior.

Ambos conceptos convergen en el interés del escritor por lo artificial, llámesele réplica, copia o espacio prefabricado, como manifestación dionisíaca de la pulsión creativa. "En el acto de crear late un corazón oscuro que no se contenta simplemente con traer nuevas cosas al mundo, también desea destruir, aniquilarlo para reemplezarlo con algo diferente. Los parques temáticos, los centros comerciales y los mundos virtuales constituyen una versión popular y comercial de esta pulsión".

Una técnica de distorsión
Conocido por la adaptación al cine de su relato Eisenheim. The Illusionist (El ilusionista del director Neil Burger) y por haber recreado las figuras de Samuel Johnson Y James Boswell en un escritor prodigio muerto a los once años y su biógrafo de la misma edad en Edwin Mullhouse, el autor reniega de la etiqueta fantástica al referirse a su trabajo, prefiriendo hablar de "una técnica de distorsión, en ocasiones radical, de cara a llegar a un lugar que creo que es real". Escribir se convierte así en algo cercano a "recorrer despierto un sueño al que simultáneamente se va dando forma".

Steven Millhauser también discurre con éxito por la vigilia, pues es capaz de complementar sus proyecciones fantasiosas y oníricas con unos insertos reflexivos que rivalizan en genialidad. En su relato The Slap, sobre un individuo que se dedica a repartir sopapos a desconocidos y que recibe por ello el apodo de "abofeteador en serie", diserta sobre por qué una bofetada es la agresión más terrorífica desde el punto de vista psicológico, mientras que en Cat ’N’ Mouse se introduce en la mente de Tom y Jerry para revelar su frustración por ser prisioneros de un bucle contra el que su naturaleza no puede luchar. Martin Dressler abunda en disquisiciones estéticas, incluyendo una imapagable parábola sobre la publicidad. Millhauser justifica su fobia a las entrevistas por "un deseo de protegerme de mí mismo, de preservar la parte visionaria de mi mente de la parte entrometida y racional. Ciertas cosas deben quedar sin explicar". Dejen entonces que sea Martin Dressier su anfitrión por el parque de distorsiones Steven Millhauser.

Culturas - La Vanguardia