La prensa dice

Reseña de "Martin Dressler" en El Periódico

Viajeros del tiempo

Por Enrique de Hériz

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Tanto las novelas como los relatos breves de Steven Millhauser (Nueva York, 1943) tienden a construirse sobre una antítesis aparente: una atención específica al componente mecánico de la existencia, a los detalles menores de lo cotidiano, como si la descripción de la vida solo pudiera lograrse por acumulación de los mismos; y una huida sutil pero explosiva hacia lo fantástico. Le fascinan, por ejemplo, las menudencias del mundo del trabajo, del comercio o negocio; mas solo para insinuar el laberinto que, escondido tras ellas, lleva a un mundo misterioso, fantásticamente grandioso. Suele decirse que Martin Dressler es su mejor novela y tal vez tenga algo que ver el acierto de haber encontrado una historia que le permitió llevar esa antítesis a su máxima proyección.

Conocemos a Martin Dressler en 1881 cuando, a los 9 años, se dispone a recolocar la mercancía en el escaparate de la modesta tabaquería de su padre y, ya desde ese momento, aparentemente anecdótico e intrascendente, se nos ofrece la tendencia que dominará la historia: Martin contempla y describe el mundo desde la tabaquería y viceversa. Cada dos por tres, a lo largo de toda la novela, el protagonista mira y el narrador enumera: el mundo desde dentro y los adentros desde el mundo.

Así, guiados por esa mirada, vamos recorriendo un camino que, si bien se encamina en todo momento hacia el éxito, no es precisamente un ascenso. De dependiente a magnate propietario de una cadena hotelera, pasando por botones, vendedor de puros, restaurador… Parece un tópico, pero nada más lejos de la realidad. Esta novela no recurre a un nombre y un apellido para titularse por casualidad, ni por cortedad de ingenio. Al contrario, el título anodino fija la pretensión de no escribir la historia del sueño americano, sino la de un soñador particular: Martin Dressler, alguien que, entre el acierto y la casualidad, va dando con las claves para convertirse en un magnate sin lograr, al mismo tiempo, la mínima solidez necesaria para construir una vida personal mínimamente sostenible.

Construir, ese es el verbo. Millhauser tituló Arquitecturas imposibles una de las partes en que se dividía su colección de relatos Risas peligrosas, en uno de los cuales alguien levantaba una torre tan alta que terminaba por pinchar el cielo. Aquí, la locura de construir se apodera del protagonista, de la novela y del mundo. De un mundo que quiere construirse a sí mismo. Un exceso vertical y horizontal: cada vez más hondo, más alto, más laberíntico. Y es en esa parte donde la antítesis de Millhauser, la tensión generada entre los quehaceres y los sueños, alcanza sus momentos más brillantes.

LIBRO PREMIADO / Esta novela se escribió en 1996 y obtuvo, por cierto, el Pulitzer correspondiente a dicho año. Leída hoy, añade a sus genuinas virtudes un interés casi morboso, un elemento inquietante, visionario. Porque a la locura de construir se contrapone inevitablemente, de nuevo en la novela y en el mundo, la lógica de la demolición, o del desplome. A la voracidad del éxito, la paz íntima y final del fracaso. Quizá por eso una obra cuyo primer párrafo anticipa de manera explícita el éxito mayúsculo de su protagonista e insinúa el alto precio que suele pagarse por ver cumplidos los sueños, termina con las palabras: «No tenía prisa». Como si ese fuera al fin el único triunfo verdadero. La lentitud, así sea para hundirse.

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