La prensa dice

Reseña de "La jugada maestra de Billy Phelan" en La Nueva España

Albany goza de salud

Por Luis M. Alonso

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William Kennedy es a Albany, crisol de irlandeses ymáquina expendedora de políticos corruptos, lo que James Joyce a Dublín. La capital del estado deNuevaYork puede presumir de inmortal en la literatura universal. Si no en la misma medida que el Londres de Dickens, Los Ángeles de Chandler, o el Nueva York de Damon Runyon, Meyer Berger o Talese, sí en la intensidad y dimensión que su gran cronista ha sido capaz de transmitir en un ciclo de novelas que empezó teniendo vocación de trilogía y acabó abarcando toda una obra. Albany, que en la actualidad no llega a los 100.000 habitantes, situada a orillas del río Hudson, alternó desde siempre su pasado holandés patricio y un presente irlandés ligado a San Paddy en la desembocadura del canal Erie, en la calle Colonie y aledaños. Hasta su aparente postergación, tuvo épocas de auge y declive, algunas especialmente turbulentas.

En el siglo XIX reinó en Albany la opulencia. La prosperidad llevó las ostras y los bistecs a sus restaurantes, y los animados teatros de variedades reposaron con bullicio sobre los hombros de una población de inmigrantes irlandeses explotados que finalmente acabarían por darle, en ciertomodo, la vuelta a la tortilla. En el pasado siglo, la cuarta ciudadmás antigua de Estados Unidos y segunda de las trece colonias, se había convertido en un lugar caótico, sin apenas vigilancia. Después de la Primera Guerra Mundial quedó bajo el control político de una «maquinaria demócrata», casi cómica en su minuciosidad organizativa, que Daniel P. O’Connell mantuvo desde 1919 hasta su muerte en 1977. Este aparato de poder se distinguió por ser un mecanismo infame de control, capaz de combinar los negocios, la política y la extorsión.

En los años veinte, el gángster irlandés Legs Diamonds y el holandés Dutch Schultz se habían desplazado allí desde el norte de Manhattan para dirigir la distribución y venta del licor de contrabando, durante la Ley Seca. Junto al whisky corrían las apuestas, imperaba la prostitución y proliferaban los salones de póquer. Todo ello con la connivencia del poder establecido por O’Connell. En ese sentido, Albany no era peor que otros lugares, e incluso es posible que fuera algo mejor que la Atlantic City popularizada por la serie televisiva Board-walk Empire o incluso que lamismísima Kansas City. Pero ninguna de ellas ha tenido la suerte de contar con un cronista tan brillante y preocupado por lamitología local. Periodista y escritor, sabiendo alternar los dos oficios, al igual que hicieron Crane y Hemingway.

La jugada maestra de Billy Phelan, que Libros del Asteroide acaba de publicar, es la segunda novela del llamado ciclo de Albany de Kenne y, que a mediados de los sesenta regresó de Puerto Rico, donde había sido redactor jefe del «San Juan Star» (no hay que perderse la correspondencia mantenida entonces con Hunter S.Thompson), para quedarse a residir ya definitivamente en la ciudad que lo viera nacer en 1928. Una serie de artículos, O Albany!, le sirvió casi de inmediato para optar al «Pulitzer», que obtendríamás tarde con Tallo de hierro, un memorable retablo de la Gran Depresión que seguiría a La jugada maestra. Billy Phelan, protagonista de esta última, es un joven irlandés, jugador profesional de póquer y de billar, que sabe nadar y guardar la ropa hasta que su vida se complica cuando lo relacionan con el secuestro de un pez gordo local, Bindy McCall, que maneja los hilos de la política, el juego y la prostitución en la ciudad.

La reunión familiar para los lectores de Kennedy se ha hecho algo estridente, pero el ruido sigue siendo el que uno quiere percibir en este ciclo de Albany de las ocho novelas que el escritor estrenó con Legs Diamond (1975) y al que siguieron La jugada maestra de Billy Phelan (1978), Tallo de hierro (1983), El libro de Quinn (1988), Reliquias muy queridas (1992), Flores de Fuego (1996), Roscoe, negocios de amor y guerra (2002) y la última, Changó’s Beads and Two-Tone Shoes (2011), donde aparecen los nietos de dos viejos conocidos Quinny McDaugherty protagonistas de anteriores entregas.

No sabría decirles cuál de ellas me ha gustado más pese a que, como es lógico, unas son mejores que otras. Las he leído con el interés de alguien que no quiere perderse nada de esa brisa infame y turbia que ha sacudido una ciudad expuesta a las ambiciones de sus vecinos y me he familiarizado tanto con los personajes que la vez que estuve allí lo hice ex profeso para seguir la estela de los McCall o los O’Connell – da igual, ya los confundo–, o sentirme un Phelan o un Daugherty en su viejo downtown.

La Nueva España.