La prensa dice

22 oct
2013

Reseña de "El fiel Ruslán" en la revista Koult

Por Uxue Juárez

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… nadie tiene nada que decir,

nada ni nadie excepto la san­gre, […]

toda la noche el hom­bre quiere decir una sola palabra,

decir al fin su dis­curso hecho de pie­dras des­mo­ro­na­das, […]

toda la noche las pie­dras rotas se bus­can a tien­tas en mi

frente, toda la noche pelea el agua con­tra la piedra,

las pala­bras con­tra la noche, la noche con­tra la noche,

nada ilu­mina el opaco com­bate […]

que el tiempo se cie­rre y sea su herida una cica­triz invisible,

ape­nas una del­gada línea sobre la piel del mundo…

O. Paz

Qué sen­sa­ción de vas­te­dad pro­duce la ima­gen helada de Rus­lán, un perro guar­dián en un campo de tra­bajo del Gulag sovié­tico, reco­rriendo la lla­nura nevada. Qué sen­sa­ción, tam­bién, la de ser ava­sa­lla­dos por la voz del ucra­niano Geor­gui Vla­dí­mov, cuyo cuento “Los perros” (rees­crito durante años hasta con­ver­tirlo en la novela que ana­li­za­mos ahora) no pudo publi­carse en 1965 debido a su con­te­nido polí­tico. El relato cir­culó y fue leído de manera clan­des­tina durante años hasta que en 1978 se publi­cara en Alemania.

Adop­tando el punto de vista del perro para expli­car la inhu­ma­ni­dad del sis­tema sovié­tico, la narra­ción parte de una situa­ción que se pro­dujo en la Unión Sovié­tica a fina­les de los años cin­cuenta, cuando los cam­bios intro­du­ci­dos por el diri­gente Nikita Jrus­chov per­mi­tie­ron la libe­ra­ción de millo­nes de pri­sio­ne­ros y el des­man­te­la­miento de parte del sis­tema sovié­tico de los cam­pos de trabajo.

Tras los pasos de Rus­lán, un perro “del todo nor­mal, hijo legí­timo de ese perro pri­mi­tivo al que el miedo a las tinie­blas y el odio a la luna habían empu­jado al fuego que ardía ante la caverna del hom­bre, obli­gán­dolo a sus­ti­tuir la liber­tad por la fide­li­dad”, expe­ri­men­ta­mos el frío, la nieve que se cuela bajo la piel, pade­ce­mos la desorien­ta­ción en la que se hallan los perros, quie­nes, habi­tua­dos a seguir órde­nes, deben hacerse cargo de su liber­tad de manera repen­tina. Y digo “hacerse cargo” por­que de la noche a la mañana este grupo de perros guar­dia­nes ven, sin lle­gar a com­pren­der qué sucede real­mente, cómo los cam­pos se vacían de pri­sio­ne­ros y cómo sus amos, los guar­dias, a los que aman y obe­de­cen incon­di­cio­nal­mente (ya sea movi­dos por el amor o por el miedo a reci­bir un cas­tigo o un dis­paro letal), los aban­do­nan a su suerte.

Todos ellos, amos, pri­sio­ne­ros y, sobre todo, los perros, debe­rán adap­tarse a esta nueva situa­ción, pero, ¿cómo ejer­cer una liber­tad recién des­cu­bierta cuando alguien sólo ha cono­cido la ser­vi­dum­bre y la obe­dien­cia? Rus­lán se mues­tra inca­paz y con­ti­núa aguar­dando la vuelta del amo, el regreso al campo de tra­bajo, una vuelta al pasado que nunca se pro­duce, situa­ción que pro­voca el desánimo del pro­ta­go­nista: “¡Mal, todo iba muy mal! Y lo peor no es que estu­vie­ran can­sa­dos de espe­rar. Esta­ban can­sa­dos de creer. Atur­dido, depri­mido por todas estas des­gra­cias, Rus­lán yacía sobre la acera con los ojos cerra­dos. Los vian­dan­tes pen­sa­ban que se estaba muriendo. En esos casos, el género humano se divide en dos cla­ses: los que te esqui­van con teme­rosa com­pa­sión y los otros, los de cora­zón más duro, que sim­ple­mente pasan por encima de ti. Rus­lán, con­cen­trado como estaba en el dolor que le que­maba el estó­mago y las encías, des­pe­lle­ja­das por la nieve, no se daba cuenta ni de unos ni de otros. Últi­ma­mente comía nieve a menudo para ali­viar la sed y las náu­seas que le pro­vo­caba el ham­bre. De pronto se acordó de que ese día no había corrido hasta el campo de pri­sio­ne­ros. Horro­ri­zado […] le asaltó un miedo terri­ble, como si lo aguar­dase un cas­tigo desconocido.

Es en ese punto donde la liber­tad y la toma de deci­sio­nes se des­plie­gan como un hori­zonte gélido e inabar­ca­ble frente a la con­fun­dida y des­con­cer­tada mirada de Rus­lán, figura en la que se con­den­san la duda, el estu­por y la incom­pren­sión. Aco­rra­lando la mirada alu­ci­nada del ani­mal, están la nos­tal­gia y el recuerdo del campo de tra­bajo en el que el sabueso desem­pe­ñaba una fun­ción clave a la hora de escol­tar a los pri­sio­ne­ros y de encon­trar y cap­tu­rar a aque­llos infe­li­ces que se aven­tu­ra­ban a pro­bar el sabor amargo de una fuga frustrada.

Y como música de fondo, una pro­funda y sin­cera refle­xión sobre la leve­dad del hom­bre, el miedo a la liber­tad y la insig­ni­fi­can­cia de su vida frente a la bru­ta­li­dad del régi­men sovié­tico o, a fin de cuen­tas, de cual­quier tipo de régi­men dic­ta­to­rial: “Nues­tro pequeño globo, ceñido, cubierto de cica­tri­ces, de fron­te­ras, de vallas, de prohi­bi­cio­nes, volaba rodando en los con­fi­nes side­ra­les, sobre las pun­tas de las estre­llas, y no había un palmo de su super­fi­cie donde alguien no cus­to­diase a otro, donde pri­sio­ne­ros, con ayuda de otros pri­sio­ne­ros, no mon­ta­sen guar­dia sobre unos ter­ce­ros pri­sio­ne­ros –y sobre sí mis­mos– para evi­tar­les el peli­gro mor­tal de un sorbo de más de esa azul liber­tad. Sumiso a esta ley, la segunda des­pués de la gra­ve­dad, Rus­lán, cen­ti­nela per­ma­nente y volun­ta­rio, mon­taba guar­dia sobre su vigilado.

Al igual que la nieve des­pe­lleja y daña las encías de Rus­lán, las pala­bras de Vla­dí­mov hacen lo mismo con el cora­zón del lec­tor. Esta­mos ante una prosa sobre­co­ge­dora, ya que la reali­dad que se relata, des­nuda, gla­cial y cer­tera como el invierno en el Gulag, se abre paso y nos lanza a modo de puñe­tazo toda la vileza de la que es capaz el ser humano: “… Cual­quier cria­tura gol­peada por una des­gra­cia se arras­tra hacia el lugar donde ya una vez sufrió mucho y se recu­peró, pero Rus­lán […] no tenía nin­gún lugar adonde vol­ver. Su amor mez­quino y mons­truoso por el hom­bre había muerto para siem­pre, y no cono­cía otro amor, no podía lle­var otro tipo de vida. […] Había lle­gado a saber bas­tante del mundo de los bípe­dos, impreg­nado del olor de la cruel­dad y la traición.

Tomad, dice Vla­dí­mov, de esto hemos sido y somos capa­ces. Ahora, inten­tad sopor­tar la evi­den­cia, a ver quién es el valiente.

Lle­ga­dos a la última página, calla y nos aban­dona, huér­fa­nos ser­vi­les, inca­pa­ces de sobre­po­ner­nos a la des­gra­cia, a la pér­dida de lo cono­cido, pri­sio­ne­ros, con o sin correa, en mitad de un pai­saje nevado y mudo.

Revista Koult