La prensa dice

20 ene
2006

No sólo de pan vive el hombre, por Manuel Arranz

Si me permiten un consejo, el mejor momento para leer esta novela es durante un viaje en tren. Un regional preferentemente, la gente habla con más libertad en un regional, se explaya más por así decirlo. El único problema es que al final no va a distinguir bien entre lo que ha leído y lo que ha oído. Y si además es usted dado a la observación, la fisonomía de los personajes, en este caso viajeros, puede servirle de acicate para imaginar sus vidas. Yo en uno de mis últimos viajes observé a una señora, bien vestida, de unos sesenta años. Iba sentada al otro lado del pasillo. La primera llamada que recibió, «Sí, muy bien -la oí decir- nos han puesto una película (no era un regional, claro) y nos han dado un zumo», imaginé que sería de su hija. En la siguiente ya no era el tono maternal el que decía, «sí cariño, llego a las ocho». Pero hay que tener la sabiduría de E. L. Wallant para hacer una novela con las conversaciones deun viaje en tren. O con las de los inquilinos de unos destartalados edificios, como es aquí el caso. Algunos de esos inquilinos, no importa que su edificio no esté muy destartalado todavía, son sus propios vecinos. Los va a reconocer al instante. Incluso puede que se reconozca a usted mismo en alguno de ellos. Sin embargo, no vayan a pensar que Los inquilinos de Moonbloom es una novela escrita a vuela pluma, en la que el autor se ha limitado a ensamblar situaciones y conversaciones más o menos cotidianas y delirantes, dos términos éstos que van muchas veces unidos. No. Los inquilinos de Moonbloom es una novela como Dios manda, pensada y repensada en todas sus partes y secuencias, y con una galería de personajes realmente de antología. Porque tipos humanos puros no hay muchos. Quizás un par de docenas. Lo demás son mezclas debidas en su mayor parte a las circunstancias biográficas. Si usted se toma la molestia de examinar a sus amistades, verá que encajan en unas pocas categorías. Profesor de idiomas sin credenciales, adicto al café, italiano por supuesto. Tías solteras con sobrino gallito más bien memo al que idolatran. Pareja follonesca y lúbrica. Pareja culta resignada al aburrimiento. Soltero solitario y refinado, generalmente coleccionista de algo carente de todo valor. Madre soltera al acecho de su oportunidad en la vida. Escritor homosexual y resentido al acecho de la suya. Todos estos tipos y algunos más son los inquilinos de Moonbloom, una agencia inmobiliaria regentada por un individuo que no les va a la zaga a ninguno de ellos.

Comparar un edificio de apartamentos y a sus inquilinos con un microcosmos es lo primero que se nos suele venir a la cabeza. Algo bastante tópico efectivamente, y que ni siquiera estoy muy seguro de que sea una comparación pertinente. A no ser que entendamos por microcosmos las peculiares formas de vivir y de sobrevivir en los apartamentos de las ciudades modernas, con su desarrollo y su deterioro incontrolables, con su frialdad y su promiscuidad intercambiables, pues esto es de lo que el autor nos habla en Los inquilinos de Moonbloom. Una novela casi antropológica diría yo. La tercera que escribiera E. L. Wallant, quien a pesar de estar considerado como uno de los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, junto con Salinger, Bellow, Mailer o Philip Roth, no se había traducido nada suyo todavía al castellano. Una inmejorable ocasión por tanto esta brillante traducción de Miguel Marínez-Lage para empezar a conocerlo. En fin, si usted se ha reformado recientemente su vivienda, los grifos no tienen presión, el calentador no calienta, las puertas no cierran, el extractor no extrae, los balcones se le inundan, y encima, lo peor de todo, le han rayado el parqué a conciencia, tal vez se consuele un poco al leer esta novela. Que las cosas no funcionan como debieran y que en ocasiones sirven para fines distintos y hasta opuestos para los que fueron concebidas, eso lo sabemos de sobra por experiencia. Pero de lo que Wallant nos habla en su novela no es sólo de la perversión de las cosas que nos rodean, sino de la de los hombres y mujeres que nos rodean, de sus apaños para sobrevivir, patéticos en unas ocasiones, y en otras nobles, ridículos, absurdos, o sencillamente humanos si prefieren llamarlo así. No olviden el aserto bíblico: «No sólo de pan vive el hombre.»

Posdata, Levante-EMV