La prensa dice

18 oct
2008

Los Balcanes y las cabras, por Christian Martí Menzel

Si hay un animal capaz de representar el espíritu contradictorio y anárquico de los Balcanes, sin duda ése es la cabra: siempre pasta por libre y come cualquier cosa. Y sobre todo sobrevive a lo que le echen encima, uno de los leitmotiv de cuantas historias surgen en esta península.

En su novela ’El tiempo de las cabras’ el escritor macedonio de expresión albanesa Luan Starova relata la conmoción que supone tras la Segunda Guerra Mundial para la capital macedonia el que los cabreros de toda la región se hayan reunido en la ciudad para ayudar a construir el comunismo. Sin embargo, en los años de la posguerra el mariscal Tito no se puede permitir que las cabras dicten la política y las manda exterminar junto a su caudillo.

La producción literaria en los Balcanes de los últimos años viene marcada como siempre por la historia. A pesar de lo denigrante y peyorativo del término balcánico, es en esta península donde tejen sus ficciones los escritores genuinamente europeos, que además de seguir a pies juntillas el magisterio que impartió Danilo Kis ("la realidad es aquello que no se ve a simple vista"), contaminan con su producción a sus colegas centroeuropeos. Para sobrevivir en circunstancias adversas hay que plegarse, esquivar o enfrentarse al curso de la historia, y eso es lo que continúan haciendo los escritores balcánicos de diferentes generaciones.

En ’La ventana rusa’, Dragan Velikic, un joven serbio aspirante a escritor y actor frustrado, recibe el siguiente consejo de un viejo histrión amante de su madre: "Todo lo que la vida te niegue, conviértelo en ventaja". La ventana rusa, ese minúsculo ventanuco que se abre en los pisos caldeados para ventilar, representa aquí la posibilidad de evadirse cuando uno lo considera oportuno. Como el protagonista de ’La bofetada’, de David Albahari, que cada semana escribe una columna para un diario belgradense y que lleva a cabo lo que muchos en un régimen dictatorial en pleno proceso de podredumbre ponen en práctica: hacerse invisible. Es en los pequeños rituales diarios donde encuentra la manera de ausentarse.

Otros se atreven a enfrentarse con los fantasmas de la historia, y no sólo los más recientes. En ’Ruta Tanenbaum’, el bosnio Miljenko Jergovic rescata la historia de dos familias judías en el Zagreb de 1932 a 1942. ’Ruta Tanenbaum’, la Shirley Temple croata, es icono de todas aquellas víctimas de la furia nazi (no sólo la desatada por los alemanes) en los Balcanes, que intelectuales como Slavko Goldstein y Radomir Konstantinovic han diseccionado en su obra.

En un alarde de ejercicio literario concentrado, el montenegrino Ognjen Spahic traza un fresco europeo del siglo XX. En ’Los hijos de Hansen’, novela ambientada en la última leprosería de Europa, en una Rumania que ve cómo el régimen de Ceausescu se desmorona, uno de los pacientes nos ofrece un paseo por la historia del este de Europa en el siglo XX: la Rusia de Nicolás II y de Stalin (los personajes más influyentes según los rusos), la entrada del Ejército alemán en Rumania, los gulagui siberianos, el Berlín dividido...

Tampoco los que han emigrado e incluso han cambiado de idioma, como Aleksandar Hemon, pueden dejar de escarbar en el pasado. En El Proyecto Lazarus, un bosnio radicado en Chicago se obsesiona con la historia de un emigrante llamado Lazarus Averbuch que escapó del pogrom de Kishinev (o Chisinau, la actual capital moldava) y que al llegar a Chicago en 1908 fue asesinado por el jefe de la policía local. Con un amigo de la infancia fotógrafo viajará a la búsqueda de su historia mientras rememora el tiempo antes de la guerra en su ciudad natal de Sarajevo.

Como afirma el narrador de ’La ciudad en el espejo’, de Mirko Kovac, "para un escritor hasta la más pequeña nimiedad tiene su significado". En un verdadero trabajo de orfebrería bucea en su infancia en el interior montañoso de la ciudad de Dubrovnik y evocando a Poe arremete contra "los funcionarios de la literatura". Los personajes familiares que desfilan por su novela evocan el ’Circo familiar’ de Danilo Kis, que no por nada fue uno de los mejores amigos del autor. Es en los Balcanes, en las ruinas de las últimas ciudades-mundo como el Sarajevo que describe Igor Stiks en su novela La silla de Elías, donde se encuentran los herederos de esa literatura finisecular centroeuropea que anticipó las pesadillas balcánicas.

El País