La prensa dice

23 jun
2010

Las llaves de la memoria, por Isabel Gómez Melenchón

"No es lo mismo esperar la muerte cuando uno ha cometido un crimen, un asesinato, que cuando te han condenado por ser un hombre libre". No será lo mismo, pero cuesta imaginar que alguien pueda pasar 137 días esperando la ejecución sin perder la cordura. Angel Wagenstein (Plóvdiv, Bulgaria, 1922) no la perdió y lo explica con palabras escuetas y tranquilas: ha vivido mucho y ha sobrevivido a todo. Porque además de antifascista es judío, y el siglo XX no les fue especialmente propicio en este continente. Decía Amos Oz que la historia de los judíos con Europa era una historia de amor y odio, y a esta relación bipolar, por la parte europea que no la hebrea, ha dedicado Wagenstein una trilogía que ahora ha llegado a su conclusión en España con la publicación de Lejos de Toledo, también por Libros del Asteroide. Si El Pentateuco de Isaac narraba las aventuras (desventuras) de Isaac Jacob Blumenfeld "durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias, y Adiós, Shangai construía un fresco sobre el poco conocido guetto de la ciudad china durante la Segunda Guerra Mundial, en Lejos de Toledo vuelve a esta contienda, pero para hacer evidente que el pasado no se puede rehacer, que las costuras que se cerraron no se pueden volver a abrir y que las relaciones que no pudieron ser entonces tampoco lo pueden ser ahora: somos lo que el tiempo ha hecho de nosotros y con nosotros, y eso no tiene remedio. Pero la memoria permanece, inevitable e irresuelta.

Explica Wagenstein que hace tiempo, y refiriéndose a su Pentateuco, un crítico de Le Figaro decía que la risa es fuerza, no debilidad, y a nuestro autor ese argumento le hace mucha gracia, "porque la risa es un arma de defensa de los débiles que no necesitan los fuertes". Posiblemente sin esa capacidad de reírse de sí mismos incluso en los momentos más trágicos de su historia, y realmente estos han sido muchos, el pueblo judío no hubiera sobrevivido. Y de la misma manera que Wagenstein no fue colgado cuando tantos números tenía, sus protagonistas, en especial ese IsaacJacob Blumenfeld que va cambiando de país sin moverse de su casa, siempre tienen un saben aquel que dice a mano para aliviar cualquier situación. Como aquel que dice que, durante siglos, tras la elección de un nuevo Papa este y el Rabino de Roma se intercambiaban en una ceremonia muy formal un sobre sin abrirlo, hasta que un día el Sumo Pontífice y el Rabino, buenos conocidos, deciden abrirlo para encontrarse con que en su interior está la cuenta pendiente de la última Cena.

Como su pobre sastre multipatrias, la familia Wagenstein también dio sus tumbos por Europa y tuvo que exiliarse de Bulgaria para establecerse en París debido a sus ideas izquierdistas. De vuelta a su país de origen gracias a una amnistía y todavía estudiante en el Liceo, el joven Wagenstein se enroló enun grupo antifascista y, al ser capturado tras varios actos de sabotaje, fue condenado a muerte en 1944. Pero, con la misma suerte de su sastrecillo, que empezó la Primera Guerra Mundial como austrohúngaro y volvió como polaco pero intacto, la entrada del Ejército Rojo lo salvó por los pelos: "Todos estamos en manos de Dios, enfatiza, "yo no, que soy ateo". Y no le da mayor importancia y cuenta que en la celda, esperando la ejecución, contaba chistes, como aquel que dice que un sábbat el rabí volvía a casa cuando encontró un billete de cien dólares. "¿Cómo cogerlo si es pecado tocar dinero? Miró al cielo, Jehová se dio cuenta y se hizo el milagro: por un lado, sábbat, por el otro, sábbat, y en medio, ¡jueves!" (El Pentateuco de Isaac).

En la Unión Soviética se graduó en 1950 en el Instituto de Cinematografía de Moscú, y desde entonces ha compaginado sus carreras como guionista, director y novelista. Lejos de Toledo tiene un tono marcadamente intimista que la diferencia de las anteriores, pues si el Pentateuco nos recuerda los relatos de Isaac Bashevis Singer o Solem Aleijem, y Adiós, Shangai se construye sobre el mundo de intrigas de preguerra en una comunidad cosmopolita, aquí pasado y presente se entremezclan, la situacíón en Oriente Medio y la de la Europa del Este tras la caída del Muro, el regreso del exiliado y el reencuentro con la amiga perdida siendo unos niños, el final del socialismo y una marcada decepción por lo que han sido estos años de vuelta a la economía de mercado y la democracia a la occidental. La novela, de marcados tintes autobiográficos, se inicia con Albert Cohen, búlgaro residente en Israel, de regreso para unos días en su ciudad natal en, Plóvdiv. Allí se encontrará con la armenia Araxi, quien pudo haber sido su gran historia de amor si la Historia no se hubiera desarrollado a sus espaldas, y se las verá con un Estado confuso en su cambio de régimen y con las contradicciones de este, como la mafia inmobiliaria. Y presidiéndolo todo el recuerdo de su abuelo, Abraham el Borrachón, hojalatero y cuentista en todos los sentidos. Y el Imperio Otomano, con su tolerancia, y mucho más allá, Toledo, el origen de su familia, la memoria que su abuela se empeñó en preservar a toda costa, como la abuela de su abuela y sus anteriores.

Duele la nostalgia en el relato de Wagenstein, en sus personajes, pero no la hay en el autor. Sin embargo, su rostro se oscurece cuando explica que estuvo en el centro de los cambios en Bulgaria, hace cincuenta años y hace veinte, y que si fueron lo bastante inocentes para pensar que podían construir un socialismo más humano, lo de ahora tampoco es una panacea, y que la seguridad tiene un precio, pero la libertad también lo tiene, y que es muy difícil caminar por la línea entre ambos, uno diría que casi tan difícil como estar en un jueves rodeado de sábados. Wagenstein vive en Sofía, sigue trabajando, escribiendo, contando chistes. Soñando con Toledo.

El recuerdo de una lengua

Como buen sefardí que se reivindica como tal (sólo tiene un abuelo asquenazi, de quien ha heredado su apellido centroeuropeo que tan poco lo define, lo que también le hace mucha gracia), masculla algunas palabras en ladino, el castellano del siglo XV que llevaron consigo los judíos expulsados de España. Un idioma cada vez más protegido, pero menos hablado, como suele suceder, porque "el ladino no es una lengua, es el recuerdo de una lengua". Como las relaciones de sus novelas, que una vez pasadas no se pueden retomar, un idioma también tiene su momento, y los momentos pasan. Pero también con el extraño optimismo que destilan sus obras ve una salida: el castellano de ahora mismo, el que los sefardís deben aprender, porque este es su presente: "Si no lo aprendieran, eso sí sería una tragedia".

La Vanguardia (Culturas)