La prensa dice

9 jun
2007

La tortuga de Steinbeck, por Ignacio Midore

En un breve capítulo de ’Las uvas de la ira’ se describe con una minuciosidad deslumbrante cómo una tortuga cruza una carretera. Hay quien considera ese pasaje como un caprichoso divertimento, pero siempre he creído que nada es arbitrario en esta extensa novela de caracteres épicos que narra la odisea de la familia Joad. Puede que esas cuatro páginas, de no estar, apenas alteraran la historia, pero el caso es que Steinbeck decidió que sí estuvieran y, además, en ese momento del relato, casi al inicio, porque sabía que así, supongo, nunca pasarían desapercibidas.

Fue Nabokov quien nos legó uno de los mejores consejos que puede dársele a un lector: fijarse en los detalles, "acariciarlos», como quien soba con gesto de avaricia el brillo de un tesoro oculto que descubrimos sólo para nosotros. Que en mitad de la descripción de las tormentas de polvo y de la persistente sequía, del éxodo desesperado de decenas de miles de campesinos desde Oklahoma a California, de los estragos de la mayor crisis económica sufrida por los Estados Unidos y de sus secuelas de violencia, injusticia, abuso y miseria, John Steinbeck fije la mirada en esa apacible tortuga que se juega la vida sobre el asfalto abrasador de una carretera cualquiera del Medio Oeste americano, no deja de ser uno de esos detalles que provocan una turbadora fascinación.

’Las uvas de la ira’ (1939), considerada la mejor novela norteamericana del siglo XX, obtendría el Premio Pulitzer en 1940, tras ser llevada al cine por John Ford, lo que, por un lado, la hizo universalmente famosa y, por otro, ocultó su verdadero origen: una serie de reportajes que el propio Steinbeck escribió para el diario The San Francisco News durante el verano de 1936. La publicación por primera vez en castellano de Los vagabundos de la cosecha nos da la oportunidad de conocer aquella labor periodística, al tiempo que nos acerca a los entretelones de esa gestación literaria. La esmerada edición se completa con un espléndido prólogo de Eduardo Jordá -toda una lección de buen hacer y mejor escribir- y una recopilación de fotografías de la mítica artista Dorothea Lange, que fue contratada por el Gobierno federal para plasmar la situación de los inmigrantes y cuyas imágenes son hoy auténticos clásicos de la historia de la fotografía.

El volumen recoge seis documentos en los que se abordan diferentes aspectos de aquel episodio (los motivos sociales y económicos de la emigración, la miseria de los campamentos de chabolas, las tensas relaciones entre patrones y trabajadores, la organización de los campamentos federales, la burocracia kafkiana de los subsidios y una semblanza sobre los orígenes de las diversas oleadas de mano de obra hacia los Estados Unidos) y se cierra con un artículo en el que se proponen medidas concretas para paliar las lamentables condiciones de los temporeros en California, artículo cuyas palabras finales -dicho sea de paso- poseen una desoladora vigencia: «Condenarlos al hambre e intimidarlos hasta la desesperación no dará resultado. Pueden ser ciudadanos ejemplares, pero también pueden convertirse en un ejército espoleado por el sufrimiento y el odio que termine tomando por la fuerza aquello que necesite».

Con un lenguaje preciso y deliberadamente austero -esa asepsia que el Steinbeck periodista habría de imponerle al Steinbeck novelista- que sólo busca informar del fenómeno migratorio provocado por la Gran Depresión del 29, en cada uno de los reportajes asoma un tema central que es, a su vez, el leit motiv de toda su producción literaria: la dignidad humana. Como el propio autor señala: «Un hombre al que llevan de un lado a otro como si fuera una bestia, rodeado de guardias armados, hambriento y obligado a vivir entre la suciedad, pierde su dignidad, esto es, pierde el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad y, por consiguiente, su ética social».

Tras la lectura de Los vagabundos de la cosecha estamos más cerca de comprender que aquella tortuga achicharrada y polvorienta que se empeña con obstinación suicida en llegar al otro lado, que se encarama a lo alto del arcén como quien escala un muro insalvable, que soporta el asedio de las hormigas rojas y el estorbo de una espiga de avena, que sufre el atropello de un camionero -al que imagino aburrido tras horas al volante- y que consigue voltearse tras quedar tumbada de espaldas, encarna, como en una fábula clásica, una alegoría del tesón y la capacidad de supervivencia de esos campesinos sucios y desarrapados que, tratados como animales, acosados por el hambre, engañados por los bancos e ignorados por el gobierno, hubieron de abandonar sus tierras, amontonar a familias y enseres en sus desvencijados vehículos y recorrer miles de kilómetros para subsistir.

Periferia (La Opinión de Granada)