La prensa dice

17 dic
2005

La obsesión de la madre, por José María Guelbenzu

Suaves caen las palabras (Le parole tra noi leggère) obtuvo en Italia un conocido premio, el Strega, en 1969, lo que le proporcionó un amplio público lector. Leída hoy, no deja de sorprender la clase de éxito que obtuvo, pero también es verdad que en 1969 ciertos temas podían causar un tipo de sensación que ya no impresiona tanto. La novela es el relato de la infancia y adolescencia de un muchacho huraño, independiente y más bien asocial hecho por su propia madre. Es un libro que se atiene a la realidad, es autobiográfico o biográfico, según se mire atendiendo a la madre o al hijo, y lo cierto es que ocasionó además algún escándalo porque es una verdadera intromisión en la vida y la privacidad del hijo. Pero no es sólo un "retrato del artista adolescente, como la autora misma confiesa, en realidad es el relato de una obsesión: el de la madre por el hijo.

Lalla Romano (1906-2001) utiliza sus propios recuerdos, que son abundantes y detallados, utiliza fotografías, cartas, redacciones, notas escolares... en fin, toda clase de documentos e imágenes vividas para hablarnos del hijo. El lector, a medida que el libro avanza, empieza a sospechar que el hijo está siendo minuciosamente coleccionado en sus gestos, actitudes, pensamientos y anécdotas. Lo mismo que un entomólogo colecciona y clasifica sus insectos, sólo que en esta ocasión se trata de uno solo, de un ser humano al que la madre ve crecer y al que se empeña en comprender o, quizá sea mejor decir, en descifrar. Esto es exactamente lo contrario de una narración porque una narración tiende a mostrar, a construir algo que ha de ser visto por el lector por medio de su mostración; eso quiere decir que tratar de entender cabalmente a una persona tiene dos caminos, ninguno de los cuales es narrativo; el primero consiste en operar sobre él a la manera del psiquiatra que intenta desentrañar los secretos de una mente; el segundo es el intento de apoderarse de la vida y destino de esa persona. Ambos son asuntos extraliterarios y la lectura de este libro se resiente de ello. El clima de intensidad que crea la atención de la madre hacia el hijo sostiene un ritmo que ayuda a la lectura por un lado y la entorpece por otro.

La verdadera posición de la madre está en ella misma. Toda la acumulación de información sobre el hijo -escrita de forma bien expresiva, por cierto- no es suficiente para desentrañarlo. Al contrario, acabamos sabiendo bien poco del hijo, tan sólo reacciones unas veces explicables y otras inexplicables, pero que sólo acaban formando un retrato a distancia que actúa no tanto por sí y para sí mismo sino como catalizador de las ansiedades de la madre. La razón es que, en verdad, el personaje de este libro no es el hijo, es la madre. Todo cuanto sucede en él rebota en ella y ese rebote es el que guía el libro, como el sonar de los murciélagos. Ella se alimenta de él, no porque quiera fagocitarlo -de hecho, es consciente de que el hijo debe alejarse de ella- sino porque no puede apartar su ansiedad vital de él o, mejor dicho, de la figura que ella ansía que él sea; lo que en realidad sucede es que ella lo contempla como obra suya y esa concepción del hijo como obra que se desprende de ella -lo mismo que sucede con un libro terminado respecto de su autor- la obsesiona al punto de no darlo nunca por acabado; para ella, acabarlo es entender plenamente al hijo para asegurarse de que ha de ser lo que ella espera de él para, entonces y así, desprenderse de él. Pero el problema principal de esta escritura es que la mirada de la madre es una mirada que todo lo iguala, no distingue lo esencial de lo accesorio, la acumulación de información no implica una jerarquización de la misma sino que es acumulativa... y aplastante.

Este ejercicio de sinceridad y de necesidad tuvo que tener un impacto importante en la fecha de su publicación. Constituía una novedad sobre todo por su impudicia, dicho sea esto en el mejor sentido de la palabra, y resultaba atractivo por lo que tenía de anticonvencional; sin duda. En su acertado prólogo, Soledad Puértolas sostiene que "Lalla Romano, más allá de su propio retrato como madre, nos ofrece el retrato de La Madre, el prototipo de quien ha dado la vida a un ser y quiere saber qué clase de vida ha dado, porque había soñado con dar la mejor, la más excelsa, de las vidas". Solamente disiento en esas mayúsculas -La Madre- porque el efecto aplastante al que antes me refería de la relación de hechos y textos sobre el hijo no permite que emerja ese valor emblemático. Y si lo tiene el libro, lo tiene a su pesar, es decir, que la obsesión que guía su escritura está por encima de la intención de hacer un retrato de La Madre; de ella, de Lalla Romano, sí lo hay, sin duda, consciente e inconscientemente a la vez; de La Madre como emblema o como prototipo, no.

Babelia