La prensa dice

17 jun
2010

La mujer que no sabía amarse a sí misma, por Nuño Vallés

Mujeres que votan. Mujeres que deciden, que dirigen. Que no necesitan el permiso del varón -padre, hermano, marido- para nada. Hace sólo cien años -y aún en muchas partes del mundo- figurar un estado de cosas tal era propio de utopistas, locos e histéricas. Hoy es una realidad en (casi todo) el mundo desarrollado, y en buena parte de los países en vías de desarrollo se están haciendo esfuerzos ingentes para que las mujeres puedan acceder a educación, empleo y autonomía, a la dignidad individual que como personas merecen y que por milenios les fue negada. De hecho, la situación parece estar invirtiéndose en algunas sociedades desarrolladas, preocupante deriva que ha ocasionado abundante literatura, con buenas cifras de ventas -El varón castrado, Las mujeres que no amaban a los hombres, ¿El otoño del patriarcado?, por citar sólo algunos, por cierto todos ellos escritos por hombres; otros, como El cerebro masculino, tratan de reivindicar la figura del varón-. Las cosas eran muy diferentes en 1967, cuando Sue Kaufman publicó Diario de un ama de casa desquiciada, que ahora recupera Libros del Asteroide. Esta novela supuso entonces una llamada de atención -una más- sobre un proceso igualitario que no había avanzado sino en apariencia apenas desde principios de siglo.

Bettina Balser quiso ser pintora. En la universidad, porque perteneció a una generación de mujeres que ya podían acceder a estudios superiores, estudió literatura y arte. Sin embargo, años después se encuentra en la parte oeste de Central Park, siendo esposa de un exitoso abogado, ama de casa, madre de dos niñas y propietaria de una caniche algo boba. Veleidades como la pintura le fueron arrancadas por su marido y su psicoanalista, que le mostraron lo que realmente deseaba: no pintar, sino aguardar fresca y dispuesta el retorno al hogar del esposo, con la cena humeante en la mesa y las niñas pulcras y sonrientes. Un cuadro idílico. El reposo del guerrero. En vez de pintar cuadros, asiste a cócteles de inauguración de exposiciones y galerías. En vez de leer a Gide, Woolf, Gorki o Baudelaire, su marido le entrega columnas de opinión del Times y revistas de decoración. Y, sin embargo, no está tan satisfecha como debería, resulta que no es feliz. Todos le dicen que está loca, y ella advierte que tienen razón, que es un ama de casa desquiciada que desciende el tobogán de la locura.

Está pálida y delgada, padece hiperhidrosis y molestos tics faciales. Escribe una lista de fobias y pánicos, desde los ascensores hasta las enfermedades (todas las conocidas), sin dejar de lado tiburones, dentistas y maremotos. Sólo encuentra un alivio en la escritura de «informes» de su actividad cotidiana. Pero no deja de ser una actividad interior, reprimida, y los cuadernos que utiliza los esconde en una caja de caudales. A través de ese reflejo escrito empieza a «psicoanalizarse» de verdad, mucho más profundamente de lo que había llegado en la consulta del terapeuta. Y, al llegar ahí adentro, más allá de las capas de la funcionalidad social -madre, esposa-, encuentra que «Sólo quedaba la soledad, una soledad tan profunda y sobrecogedora que de pronto entendí por qué los perros echan la cabeza hacia atrás y aúllan cuando se los deja solos» (p. 83).

Las fuerzas que generan la tensión dramática se reducen a la voluntad de dominio que se cierne sobre Tina por parte de su marido Jonathan, pero también por la sociedad -de la que Jonathan es víctima y herramienta-, la alta burguesía intelectualoide neoyorkina, esa misma que tanto material da cada año a Woody Allen. Es esa presión la que empuja a Tina hacia la locura, o a creerse loca. Después de todo, cuando en la autopista todos vienen de frente, sólo el chiflado cree ser el único acertado. Pero el abatimiento individual no es la única consecuencia: la relación amorosa, la familia, la confianza social, esa presión cruel e indiferente avasalla todo a su paso. Y sin embargo Bettina, delicada pero fuerte, resiste. Los secundarios, aún Jonathan y George -el villano que hace crecer al héroe-, carecen de profundidad, si bien no por ello se resiente su credibilidad; después de todo, son meros útiles de trabajo. En cambio, la mente de Tina es una maravilla de la confección de personajes. La firmeza del pulso narrativo es suficiente para sostener todo el conjunto, a pesar de la descompensación estructural.

Evidentemente, la novela ha envejecido. El machismo es hoy más sutil -suele pasar por feminismo- o directamente criminal. Muchos de los referentes culturales que cita resultan ajenos al español actual, y quizá también al estadounidense actual: Abner Dean, Joel McCrea -que sólo nuestra Hija del Acomodador y un puñado de cinéfilos recordarán-, o Mrs. Tabitha Twitchit -quizá más familiar por el reflote de Beatrix Potter en los últimos años-. Alguna nota a pie habría sido de agradecer, las comparaciones con uno de sus términos ausentes se vuelven vacías. A pesar de todo, sus virtudes narrativas y el entrañable y espléndidamente construido personaje de Tina, el ama de casa desquiciada, el individuo incapaz de someterse a las convenciones alienantes de toda época y lugar, recomiendan esta lectura.

El Confidencial