La prensa dice

26 ago
2007

La compasión y el horror

Fue uno de los episodios más dramáticos de la serie de terribles convulsiones que siguieron al crash del 29, aunque no tuviera su origen directo en la caída de los mercados financieros. A lo largo de la década de los treinta, después de ver arruinadas sus cosechas por una violentísima sucesión de tormentas de polvo, hipotecadas y malvendidas sus tierras y sus granjas, centenares de miles de labradores del Medio Oeste, los despectivamente llamados okies, emprendieron una masiva y desesperada emigración a la tierra prometida de California, cuya poderosa agricultura, que ya antes había empleado en régimen de seimiesclavitud a peones foráneos, necesitaba del trabajo de los odiados temporeros. Eran antiguos colonos de Oklahoma, Texas, Kansas o Nebraska, pequeños granjeros empobrecidos que se vieron de la noche a la mañana expulsados de sus tierras, sin casa ni bienes ni medios de subsistencia, una legión de miserables que era observada por sus nuevos vecinos con una mezcla de indiferencia, desconfianza y desprecio. Conocíamos este éxodo por la gran novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira (1939), y por el posterior y no menos extraordinario filme de John Ford, con Henry Fonda (que se convertiría en íntimo amigo del escritor) en el papel de Tom Joad. Ahora, felizmente, aparece en castellano la excelente serie de reportajes en los que Steinbeck, para escándalo de los terratenientes, retrató la cruda realidad de estos vagabundos de la cosecha, "descendientes de los hombres que pelearon para ganarse sus tierras, que cultivaron las praderas y allí se quedaron hasta que esas praderas volvieron a convertirse en un desierto".

Como explica en su prólogo Eduardo Jordá, los artículos, publicados durante el verano de 1936 en The San Francisco News, además de ofrecer una apasionada y perdurable y actualísima muestra de periodismo comprometido, funcionan como el ensayo preliminar de la futura novela del propio Steinbeck, una de las obras maestras de la literatura norteamericana de todo tiempo, pero el impacto que provocan en el lector trasciende con mucho el ámbito de la literatura. Es interesante, así pues, contrastar el testimonio de primera mano del escritor (que hizo el viaje en una vieja furgoneta de reparto, acompañado por Tom Collins, responsable de un campamento de acogida, uno de esos hombres justos que valen por centenares de buenos burgueses satisfechos) con la ficción resultante de su experiencia, pero el relato, sencillo, sobrio, razonado, de las penalidades de los "nuevos vagabundos, hombres y mujeres orgullosos que luchan por conservar su dignidad en medio del infortunio, que ven morir a sus hijos mientras les son negados los derechos más elementales, no necesita de cotejos para erigirse en una conmovedora obra de arte. Los editores han tenido además el acierto de ilustrar el magistral reportaje de Steinbeck con las impresionantes fotografías de Dorothea Lange (otro personaje de novela), en las que podemos ver los rostros de los inmigrantes, su "dolor extraño y terrible". La belleza de la madre con sus hijos delante de la chabola (en la foto que se reproduce en la cubierta del libro), o esa otra, cuya historia nos cuenta Jordá, que se hizo famosa hasta convertirse, contra la voluntad de la retratada, en uno de los iconos gráficos de los tiempos de la Depresión, o las que nos muestran, salud, compañero, al propio Collins, el cuerpo enjuto, la mirada hundida, la nobleza de los hombres santos. Fotos y páginas que inspiran, como en la famosa definición aristotélica de la tragedia, la compasión y el horror, muy lejos -por citar de nuevo a Jordá- de "los complejos arabescos posmodernos". Páginas bellas y verdaderas, sin trampa ni cartón, que merece la pena leer, por supuesto, y recordar, como un ejemplo de que la inquietud social puede también producir alta literatura, y de que no hemos avanzado tanto como parece. "A los emigrantes los necesitamos y los odiamos, dice Steinbeck, y parece que nos habla a nosotros, que tanto sabemos de "esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño, el forastero".

Diario de Sevilla