La prensa dice

12 nov
2005

Invitación a la Quest, por Miguel Sánchez-Ostiz

En busca del barón Corvo fue, a comienzos de los ochenta, todo un acontecimiento algo más que literario, tal y como señala Juan Manuel Bonet en su espléndido y entusiasta prólogo a esta edición. Por mi parte, añadiría que fue algo parecido a una contraseña de conjurados. En aquel libro intenso y entusiasta, minucioso y claro, había un personaje raro y desconocido, sí, pero había una pesquisa apasionada (en eso consistiría la quest) en la que las vidas de biógrafo y biografiado quedaban literariamente anudadas, y una explícita invitación a acercarse a los anaqueles menos frecuentados de la literatura. Quiero creer que más de veinte años después, la fuerza que sostiene este libro, del también a su modo raro o excesivo A. J. Symons, tiene plena vigencia.

Porque creo que el libro de A. J. Symons sigue siendo no ya un manual de cómo llevar a cabo una investigación literaria, sino un monumento a ese género feliz de la biografía literaria y una invitación a seguir pasos parecidos. Symons persigue la sombra de Corvo a través de archivos, correspondencias, papeles secretos, encuentros azarosos, testigos más o menos desmemoriados, más o menos interesados también en fundar su propia versión de los hechos, amigos y, sobre todo, enemigos... Symons quiere romper los sellos de esos secretos que sostienen toda vida y, además de trazar la biografía de Corvo, convierte en novelesca la escritura de ésta.

Príncipe del fracaso. Symons logra penetrar con eficacia narrativa en la construcción del personaje atrabiliario y muy atormentado que fue Frederick Rolfe (Londres, 1860-Venecia, 1913), doblado en «barón Corvo», casi príncipe del fracaso en todos los órdenes de su vida: el afectivo, el vocacional, el literario, el social... Corvo fue un perdedor radical, ciego al abismo por cuyo borde caminaba como un visionario, un indigente soñador que vive en la miseria al tiempo que escribe El Deseo y La Persecución del Todo, trabajando de jornalero o de batelero, ajeno a su propio presente inmediato, en una ciudad, Venecia, que le envuelve como una tela de araña y a la vez le embriaga. Tres años antes de su muerte, desde Venecia, a donde fue a parar en 1908, todavía quiere renovar sus votos de castidad para ordenarse sacerdote (lo que no le impide andar en pasos cercanos al descarado proxenetismo homosexual).

Y es que en Frederick Rolfe, el barón Corvo, además de una vida atormentada, agitada, marginal, hay un escenario tan último como fastuoso: Venecia. Es esta ciudad la que marca un antes y un después en la vida de Rolfe. Ahí es donde el raro se convierte en réprobo. Por no decir que además de embriagarse de sol y de agua, fue allí a morir.

Fotógrafo, inventor, nadador, batelero, erudito (más a la diabla que a la violeta) sobre asuntos de heráldica, místico a sus horas, el muy excéntrico barón Corvo fue autor de unos libros extraños y arrebatados, como El Deseo y La Persecución del Todo (el único traducido al castellano, cuyo título significativo resume bien el anhelo vital de Rolfe, que está escrito en unas condiciones extremas); o Hadriano VII, donde la ficción autobiográfica sirve para proyectar anhelos de delirio puro: un escritor sin suerte, George Arthur Rose (trasunto de ese Rolfe que quiso hacer carrera religiosa), que se convierte en Papa...; o más aún, Don Tarquinio, ambientado en la Corte papal de los Borgia... Roma, la curia vaticana, las dignidades eclesiales, el ceremonial litúrgico...

Pero además de ese autor de obras insólitas, Symons exploró un destino, el de la víctima inevitable de su propio carácter, que le hizo pasar su tiempo entre proyectos fabulosos (conducentes todos a la gloria literaria y al fracaso inevitable), ataques de ira, querellas y una manía de persecución y un desmedido sentido de la injusticia que le obligó a vivir en estado de alerta (y a quienes le trataron, a huirle a la carrera, no sin antes ser saqueados, para ser de seguido zaheridos y execrados, como puede comprobarse con la colección de sus cartas desde Venecia, que merecieron también alguna curiosa edición). Y es, además de los inevitables y atractivos trazos del raro, lo que da peso dramático a la quest emprendida por Symons, algo más que una mera pesquisa policiaco-erudita, todo un gozo literario de primer orden.

MIGUEL SáNCHEZ-OSTIZ

ABC