La prensa dice

8 feb
2006

Henri Pierre Roché: El coleccionista que amaba a las mujeres, por Nuria Vidal

La relación entre literatura y cine tiene muchos caminos. Uno de los más curiosos es el que une los nombres de Henri-Pierre Roché y François Truffaut a través de dos libros y dos películas: "Jules y Jim" y "Dos inglesas y el amor".

La reciente edición española de la novela Dos inglesas y el amor (Libros del Asteroide) de Henri-Pierre Roché puede hacer por François Truffaut algo parecido a lo que hizo el director con la obra del escritor con sus películas Jules et Jim y Las dos inglesas y el amor: despertar el deseo de conocerlas o revisarlas.

Estamos en 1955. Truffaut tiene 23 años. Un día descubre en un puesto de libros de viejo una pequeña novela titulada Jules y Jim. Le llama la atención que sea la primera novela de un autor que tiene 74 años. Truffaut se enamora inmediatamente de esta historia. Poco después escribe un artículo en Arts donde hace referencia a Jules y Jim. Roché, lector asiduo de la revista, se sorprende de que un desconocido hable de su novela, más cuando su publicación dos años antes había pasado sin pena ni gloria. En ese momento Roché está terminando el manuscrito de la que será su segunda obra, Dos inglesas y el amor, y decide conocer a ese joven crítico de cine. Comienza así una amistad que durará tres años, los tres años de vida que le quedan a Roché, en los que el proyecto de Truffaut de adaptar Jules y Jim lo llena de alegría. ¿Sabríamos algo de Roché si Truffaut no se hubiera empeñado en convertir sus historias de amor en películas? No lo sé, pero es probable que estas dos hermosas novelas se hubieran perdido, como tantas otras, en la vorágine de la edición de libros sin que nadie se fijara en ellas, y que cayeran en el olvido más absoluto.

El amante perfecto

Si no hubiera escrito nada o si Truffaut no lo hubiera conocido, lo que sabríamos de este hombre alto, elegante y culto es que era por encima de todo un gran amante. Al igual que sus dos modelos, don Juan y Casanova, Roché podía contar las conquistas femeninas por centenares.

Pero si nos atenemos a su biografía, hubo en su vida seis mujeres fundamentales. La primera fue su madre, Clara. Una mujer guapa, inteligente, posesiva, que educó a su hijo en solitario tras la temprana muerte de su marido en 1880, cuando el niño no había cumplido aúnun año. Clara le inculcó el amor a los libros y a la pintura y le dio lecciones en las mismas salas del Louvre. A Clara no le importaba que su hijo tuviera cien amantes, lo que ella no quería era que tuviera una sola. Fue ella la que impidió que se casara con su primer gran amor, Margaret Hart. Las dos hermanas Hart, Margaret y Violet, inmortalizadas en Dos inglesas y el amor, fueron sus amantes sucesivas cuando apenas salía de la adolescencia, a principios del siglo XX. En 1902, con el recuerdo aún vivo de su amor por las Hart, conoció a Germaine Bonnard. Su relación duró, con intermitencias, hasta 1933, incluido un tardío y casi clandestino matrimonio en 1927. Germaine fue su amante más fiel y tuvo que aprender a compartirlo con muchas otras mujeres que ocupaban su lecho y su corazón. Especialmente con Helen Hesse, la mujer que más influyó en su vida. Franz Hesse y Roché conocieron a Helen Grund en 1911. Ambos se enamoraron de ella, pero Helen acabó casándose con Franz. La Primera Guerra Mundial los separó durante varios años, hasta que en 1920 volvieron a encontrarse. A lo largo de los trece años siguientes, Roché y Helen vivieron una pasión tormentosa, caótica, peligrosa, absorbente, con separaciones terribles y reconciliaciones apasionadas. En 1933 esta relación llegó a un punto sin retorno. Amenazado con una pistola por su amante, Roché rompió definitivamente con ella y, por extensión, con su gran amigo Franz. Estar casado con Germaine, y mantener una relación continuada con Helen, no le impidió vivir desde 1929 con Denise Renard, una joven quince años menor. Roché y Denise tuvieron un hijo, Jean-Claude, nacido en 1931, aunque no llegaron a casarse hasta 1948, a la muerte de Germaine. Estas fueron las figuras femeninas dominantes en una larga lista de artistas y mujeres de mundo a las que amó y de las que dejó constancia en sus discretos pero explícitos Carnets. Una vida que Truffaut homenajeó en cierto modo en su película El hombre que amaba a las mujeres.

El intermediario ideal

Su amor por las mujeres no le impidió disfrutar de la amistad de los hombres. Franz Hessel fue su gran amigo durante casi treinta años y siempre lamentó no haber estado cerca de él en los últimos años de su vida. El otro gran amigo de Roché fue Marcel Duchamp, al que conoció en 1916 en Nueva York. Duchamp estuvo siempre a su lado y gracias a él Roché entró en contacto con el mundo del arte donde iba a encontrar una magnífica forma de vida. Incapaz de crear, muy pronto se dio cuenta de que lo que hacía bien era descubrir talentos artísticos. Su inmensa curiosidad unida a su amplia cultura y su carácter cosmopolita y moderno le permitieron convertirse en un intermediario ideal. El primero en utilizar sus dotes fue el coleccionista norteamericano John Quinn, para el que trabajó durante cuatro años, entre 1920 y 1924, creando una magnífica colección de arte francés contemporáneo. Más tarde fue el maharajá de Indore el que utilizó sus conocimientos. Picasso, Brancusi, Giacometti, Klee y Cocteau fueron sus amigos y compañeros en el París de entreguerras, donde Roché no se limitó a frecuentar a los grandes genios conocidos. Pere Pruna, por ejemplo -pintor catalán al que admiraba y del que tenía gran cantidad de obras-, Patrick Henry Bruce -un olvidado pintor norteamericano en el que creía firmemente-, Sanyu -al que definió como el Matisse chino- o el japonés Ebihara fueron sus protegidos.

El escritor oculto

Pero su auténtica vocación fue siempre la de escritor. Conocido en el círculo de los artistas de vanguardia desde principios del siglo XX, el nombre de Roché como escritor nunca había superado el estadio de prologuista de libros de arte, traductor y articulista. Nadie sabía que Roché había escrito toda su vida unos Carnets (diarios) en los que recogía puntualmente todo lo que le sucedía en materia amorosa y artística. Fue precisamente la relectura de estos carnets lo que lo impulsó a escribir sus dos novelas autobiográficas: Jules y Jim, comenzada en 1943 y publicada finalmente en 1953, y Dos inglesas y el amor, escrita entre 1953 y 1956. En ambas obras Roché rememora episodios de su vida marcados por el amor y la amistad. En Jules y Jim, la amistad entre Franz Hessel (Jules), y él mismo (Jim), con Helen (Catherine) como tercer vértice de un triángulo de amor, posesivo y tormentoso. En las Dos inglesas y el amor, la amistad entre él mismo transformado en Claude y las dos hermanas Hart, Margaret-Muriel y Violet-Anne, con las que compartió una experiencia de amor a tres bandas cuando apenas tenía 20 años. Dos triángulos amorosos dominados por la pasión y el arte. Dos libros que se adelantaron a su tiempo. Si el primero es moderno en su historia de amor, el segundo lo es no solo por su contenido sino también por la forma en que está escrito. Dos inglesas y el amor es una novela cubista que entrelaza las cartas entre Roché y las hermanas con fragmentos de los diarios íntimos de los implicados, de forma que ofrece tres puntos de vista sobre la misma historia.

Un doble placer

El 3 de abril de 1959, Roché recibió una carta de Truffaut en la que le enviaba fotos de Jeanne Moreau, actriz en la que pensaba para encarnar a Catherine. Cinco días más tarde, el 8 de abril, moría de un ataque al corazón unos días antes de celebrar sus 80 años, sin llegar a ver cómo su joven amigo triunfaba en el Festival de Cannes. Pero Truffaut no lo olvidó y cumplió su palabra de convertir en imágenes Jules y Jim y Dos inglesas y el amor.

Ahora, casi cincuenta años después de la publicación del libro y cuando se cumplen veinticinco del estreno del film, tenemos la ocasión de experimentar un doble e inesperado placer: releer esta historia y revisar esta película.

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