La prensa dice

3 nov
2007

Firmeza y delicadeza, por José María Guelbenzu

EN VINIERON COMO GOLONDRINAS, William Maxwell se ocupaba del tema del vacío que crea la muerte de la madre en una familia y lo hacía desde los sentimientos de un niño, lo que la convertía también en una novela sobre la infancia y la adolescencia. En La hoja plegada, el tema es el paso de la adolescencia a la primera juventud. De nuevo estamos en los años veinte previos a la Gran Depresión y aquí tenemos a dos muchachos y sus respectivas familias. Lymie es un chico huérfano de madre con un padre inestable y bebedor, Spud tiene una familia completa y razonablemente acogedora. Los padres de ambos están venidos a menos. Lymie es tímido, de escasa presencia física y estudioso; Spud es un atleta. Entre los dos chicos se establece una de esas amistades profundas e intensas, propias de la edad, y juntos se aventurarán en la primera juventud cargados de problemas, entre los que no es el menor que ambos se enamoren de la misma chica, lo cual hará que esa amistad sufra una fuerte sacudida. Hasta aquí, como puede verse, estamos en una historia que ya podemos calificar de clásica. El libro fue publicado en 1945.

Lo que también es clásico, pero en el territorio de la belleza y de la inteligencia, es el buen hacer de William Maxwell. Es cierto que, a estas alturas, un tema como el que nos ocupa ha sido tratado una y mil veces y el tema como tal no debería sorprendernos. Es cierto: no nos sorprende, nos embebe. Nos embebe porque lo que le dota de consistencia e incluso de pátina es la escritura de Maxwell. Maxwell es un maestro de la ternura; no del ternurismo, sino de la ternura; el maestro editor de tantos grandes escritores norteamericanos no podía caer en lo fácil, en lo sensiblero y, mucho menos, en el tópico. La ternura es, en Maxwell, un don expresivo y un poder de convicción al que ningún lector será inmune; pero, al mismo tiempo, el efecto casi mágico del autor es conseguir que aquélla no prescinda ni por un segundo de la lucidez. Ternura y lucidez forman un equipo imbatible en manos de William Maxwell: así va desgranando estas historias cuya fuerza es su poder de convicción.

La mera presentación de los chicos en los dos primeros capítulos es bien significativa de la naturalidad con que retrata y liga a los personajes. El enfoque y la mitrada son altamente creativos e imaginativos. La eficiente selección demomentos y detalles que definen el enfoque es lo que abre paso a la singularidad de la mirada. Es una mirada, también, encantadora en lo que tiene de tranquila, de fluyente: los movimientos dramáticos nunca son bruscos ni violentos: simplemente están ahí y el propio estar determina su peso específico dentro del relato, lo cual es un mérito notable porque produce la sensación de que nada falta ni sobra. Además, coloca las escenas importantes protegiéndolas y distanciando unas de otras con descripciones de vida y entorno, costumbres, modos, gentes... que producen un excelente efecto de integración en el curso de la narración. Algo tampoco fácil, acostumbrados al exceso y a lo superfluo.

En el fondo, el libro podría resumirse en estas dos frases: «Para conocer la injusticia del mundo sólo hace falta un poco de experiencia. Para aceptarla sin amargura o envidia se necesita casi la suma de toda la sabiduría humana». Maxwell mezcla admirablemente los deseos y la tristeza de la adolescencia y el resultado es este precioso libro del cual las dos frases anteriores dan fe de que no se trata de un mero retrato de una época de la vida sino,a partir de ello, de una reflexión sobre la vida llena de agudeza y sensibilidad. Pero, además, Maxwell se permite hacia el final del libro, en el capítulo 58, unas reflexiones que en cualquier otro caso llamaríamos moraleja y que en éste se manifiesta como un admirable comentario literario a partir del cual el autor nos conduce hacia el final a la manera de las olas que van pausadamente a morir en una orilla de arena. Si tuviera que definir en dos palabras la escritura de este libro yo elegiría: firmeza y delicadeza. éste es el párrafo final del libro: «Cuando surgió de los árboles protectores y llegó al campo de golf, su andar tenía una ligereza peculiar. Aunque él no se diera cuenta, había dejado atrás su infancia (o al menos la mayor parte de ella) en el claro del bosque. Guardada por los espíritus de los árboles, protegida por Diana cazadora y por el Rey del Bosque, estaría en el lugar más seguro del mundo».

Babelia (El País)