La prensa dice

20 oct
2015

Entrevista a Gary Shteyngart, autor de "Pequeño fracaso", en El Cultural.com

Por Alberto Gordo

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Gary Shteyngart: "Cuando escribes, cada frase tiene que ser especial"

Pequeño fracaso. Así lo llamaba su madre, y así ha titulado Gary Shteyngart, autor de Una súper triste historia de amor verdadero y de Absurdistán, su precoz libro de memorias, que publica en España Libros del Asteroide. Es joven. "¿Cuánto tiempo cree usted que me queda?", bromea. "Soy un hombre postsoviético de 43 años de edad. El promedio de vida para alguien como yo es de 59".

Decidió escribir cuanto antes sobre su infancia y juventud porque "el problema", dice, "es que uno empieza a olvidar las cosas, sobre todo por culpa del uso de drogas en el instituto y la universidad. Además, a medida que uno envejece se vuelve nostálgico y sentimental con su pasado. Yo quería escribir desde la perspectiva de alguien que todavía recuerda lo horrible que era la vida antes, y espero que, al menos, para el lector resulte divertido".

Shteyngart nació en Leningrado en 1972, en una familia judía. Su madre, una mujer sensible, melómana, desciende por un lado de doce generaciones de eclesiásticos cristianos ortodoxos procedentes de algún lugar entre Helsinki y Kazajstán; por otro, de un antiguo linaje de rabinos de Dubrovno, en la actual Bielorrusia. Su padre es un hombre depresivo y de familia humilde. Shteyngart recuerda con gracia cómo alguna vez ha tenido que desglosar ante un periodista israelí su pedigrí hebreo. "Judío, ¿pero por qué parte?, le preguntan (el judaísmo es matrilineal). "En esos casos me gusta dejar pasar el tiempo, para que así las peores cosas crucen las mentes de mis hebraicos interlocutores, hasta que por fin les comunico, para alivio de todos, que el gentil de mi familia fue mi abuelo, ya que la madre de mi madre era de sangre judía".

Así que judío sí, pero de aquella forma. ¿Y ruso? Shteyngart, al emigrar a Estados Unidos en 1979, se pasó al enemigo. Lo hizo gracias a un acuerdo entre Jimmy Carter y Brèzhnev: los dos rivales se intercambiarían cereales, y la URSS aceptaría a cambio dejar emigrar a Estados Unidos a judíos soviéticos. América era la Tierra Prometida para sus padres, y al llegar se americanizaron a marchas forzadas. El pequeño Gary fue a una escuela hebrea en Queens, estudiaba el Talmud y recibía charlas tremendas sobre el Holocausto, a un lado la bandera de Israel y al otro la de Estados Unidos. Empezó a escribir novelitas de ciencia-ficción que leía en voz alta, por capítulos, para sus compañeros de clase; así se ganó el favor de los demás alumnos. "Pero entonces llegó la responsabilidad que me iba a perseguir durante el resto de mi vida. La responsabilidad de escribir algo todos los días, por miedo a caer de nuevo en desgracia y ser degradado otra vez a mi condición de Jerbo Rojo".

Más adelante fue a un instituto en Manhattan para jóvenes brillantes, se aficionó a la marihuana, y por último, siguiendo a una joven de la que se había enamorado, se matriculó en la Universidad de Oberlin, Ohio, donde pasó unos años bebiendo demasiado y fumando demasiada hierba. "Como le ocurre a mucha gente, a veces tengo sueños en los que vuelvo atrás en el tiempo, me siento al lado del joven Gary y le digo: "Eh, relájate. Todo irá bien". Pero Apple aún no ha inventado ninguna máquina para viajar en el tiempo".

"Espero que no escribas tu libro como esos judíos que se odian a sí mismos", le dijo un día su padre, al que viene desde hace tiempo acribillando a preguntas sobre la familia. Porque Pequeño fracaso es el intento de Gary Shteyngart de entender a los suyos: de dónde vienen, quiénes son, por qué se fueron a Estados Unidos y por qué en la URSS no se podían quedar de ningún modo. "Al igual que muchos niños inmigrantes, me sentía enojado con mis padres. ¿Por qué no podían ser más normales? Al escribir el libro, mi ira contra ellos se convirtió en tristeza. No por mí, sino por las terribles vidas que han tenido que soportar. Al mismo tiempo, este libro no es sólo una glorificación del inmigrante, que es todo un género en los EE.UU., sino que quería ser tan honesto como fuera posible acerca de lo bueno y lo malo que hay en cualquier peripecia humana".

"Creo que ser inmigrante es útil para un escritor, que siempre se siente como un extraño -continúa Shteyngart-. En Rusia, soy un americano. En Estados Unidos, soy un ruso". Pero mientras en EE.UU., en las últimas tres décadas, ha habido un tremendo crecimiento de la desigualdad, Rusia realmente ha caído en un estado terrible, y a día de hoy coquetea con una especie de neofascismo agresivo. ¿Por qué no habré nacido en Dinamarca?"

Hay un momento en que se cuestiona si, para ser un escritor honesto, hay que renunciar a la familia. Repara en que, desde que supo, de niño, que sería escritor, ha llevado un cuaderno de notas invisible; y que ahora, ya adulto, no tiene más remedio que pasarlo a limpio. "Pese a todo, mis padres todavía me quieren. Y yo todavía los quiero a ellos. Y todos queremos a mi hijo de dos años de edad, a quien hemos llamado Johnny. Tal vez él pueda vivir sin ningún tipo de crisis de identidad". Sus problemas de identidad, hoy, están más que superados: "En Nueva York uno no puede sentirse otra cosa que neoyorquino. En Nueva York todo el mundo es de otro lugar".

Se ha dicho que este es el libro más personal de Gary Shteyngart, exitoso reportero de "The New Yorker", "Granta" o "The New York Times Magazine". Pero lo cierto es que Shteyngart lleva haciendo memoria desde El manual del debutante ruso (2002). "Este es mi libro más personal porque no me dejo nada fuera, a diferencia de mis libros anteriores, en los que había parte de autobiografía y parte de sátira. Una periodista de Estados Unidos que me entrevistó, dijo: "Después de leer este libro sé más de ti de lo que sé sobre mi esposo después de veinte años de matrimonio". La crítica norteamericana ha destacado el tono conmovedor, cómico, y el relato honesto de lo que podría considerarse una novela con final feliz ("¿Cómo no va a serlo? ¡Estoy vivo!"). "Cuando escribes -concluye Shteyngart-, lo más importante es que cada frase sea especial. Ese es el único secreto. De otro modo el lector se duerme. Y yo quiero que mis lectores se mantengan siempre despiertos".

Por Alberto Gordo - ElCultural.com