La prensa dice

14 jul
2006

En el jardín de las ánimas, por María José S. Mayo

«¿Quién se encontraba entonces en la playa mirando la incesante cadencia triple de las pequeñas olas? ¿Y en la bahía? Hay allí un silencio que es una respuesta, un silencio constituido de resignación y expectación. Un pasado que no ha pasado». La belleza del paraíso guarda su lado triste, irremisiblemente ligado a esa faceta inalcanzable que tiene todo lo exultantemente bello. Felicia, la protagonista de Las diez mil cosas, se halla perdida en su pequeño jardín de las especias, en Las Molucas, en el que evoca la presencia de aquellos seres que formaron parte de su vida y desaparecieron demasiado pronto.

El acercamiento de occidente a oriente por medio de su brutal colonialismo consiguió hacer de Europa un continente rendido al exotismo de esos paraísos más cercanos al mundo de la fantasía y los sueños -también la pesadilla- que a la realidad. Varios fueron los escritores en los que cristalizaron todas esas sensaciones dando lugar a una fructífera creación narrativa a caballo entre la autobiografía y la literatura de viajes. Rudyard Kipling, Margarite Duras, T. E. Lawrence o E. M. Forster son algunos de los ejemplos. Aunque menos conocida, Maria Dermoût también.

En este libro que se acaba de editar en España, Dermoût (1888-1962) plasmó las sensaciones de un mundo tan alejado al nuestro como el de Indonesia, las antiguas Indias Orientales Holandesas donde se crió. Pero su mirada no es la de una occidental que descubre una cultura muy diferente a la suya, sino la de quien conoce en profundidad el lugar que describe, de quien se ha perdido en sus mitos y costumbres.

«Una vez vistas diez mil cosas en su unidad volvemos al comienzo y permanecemos donde siempre hemos estado» dice la cita de Ts’en Shen que da comienzo a esta obra poblada de pequeñas historias.

Diez mil son las cosas que Felicia, la viuda del «extranjero del hotel de Niza», intentó trasmitir a su hijo sobre el mundo y que se perdieron con su desaparición; y son cien veces las cien cosas que, según la tradición, se deben recordar a un fallecido.

Un comisario casado con una bella y misteriosa mujer, una joven, Constance, y el marinero del que se enamora, y un catedrático que recibe la ayuda de un javanés de buena familia para sus estudios botánicos, son los protagonistas de las historias que hacia las últimas cien páginas hacen su aparición, teniendo como punto de conexión a la ’señora del Pequeño Jardín’, como llaman a Felicia los habitantes de la bahía. La muerte es el elemento presente en cada una de las narraciones, que finalmente se convierten en un homenaje a una vida poblada por la riqueza del pasado. Sin rastro de psicología, ni sentimentalismo y con un carácter contemplativo no exento de una fascinante poesía sosegada, Dermoût, muy cercana al pensamiento animista -tal como dice en el prólogo Hans Koning- arrastra al lector a un mundo en el que la naturaleza habla y misteriosas historias pueblan cada rincón.

Las diez mil cosas es como un solitario viaje en barco, en un silencioso atardecer, el momento en que la nostalgia y los recuerdos hacen acto de presencia. Es por esta razón que es el libro perfecto con el que aderezar uno de esos anhelados viajes de huida de lo cotidiano.

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