La prensa dice

7 jul
2010

El seductor miserable, por Sergi Sánchez

El dolor y la rabia como un huracán, un hombre en el abismo arrasando con todo como el demonio de Tasmania de los dibujos animados de nuestra infancia. Jernigan es un cartoon, un dibu infernal, la hipérbole del fracaso del sueño americano. David Gates (Clinton, EEUU, 1947) revisa el estereotipo clásico del antihéroe, tan caro a la tradición literaria de su país, para dar una clase magistral de cómo construir una voz narrativa: en Jernigan, su primera novela, finalista del Pullitzer y ahora felizmente traducida al castellano, la conciencia de Peter Jernigan lo inunda todo, se expande y pega puñetazos a diestro y siniestro, rompiéndose los huesos de la mano y dejando el salón de su casa de acogida hecho unos zorros.

Anegado de alcohol y bilis, nos recuerda a una versión lisérgica de los borrachos resentidos y melancólicos de John Cheever o a una variación descreída y sarcástica del Frank Wheeler de Revolutionary Road. Nos habla desde una clínica de desintoxicación, su confesión es un vómito que no lo salvará de sí mismo, pero lo que distingue su voz de la de sus precedentes es que el horror de su vida hecha cenizas es hilarante, tan hilarante que hiela el alma.

Gates modula la verborrea incesante de su protagonista desde un coloquialismo ácido que destruye todo lo que toca. Así es Jernigan: un intruso que decide meterse en la vida de su hijo camelándose a la madre de su novia. Un desubicado que quiere tener un hogar para luego ponerlo patas arriba invocando su odio a las convenciones. Un egoísta, un miserable consumado. Se preguntará el lector por qué demonios tendrá que pasar casi 400 páginas en compañía de semejante criatura.Y ahí está la grandeza de esta novela: si con Madame Bovary Flaubert consiguió meternos entre pecho y espalda las angustias de una mujer caprichosa y venenosa, Gates consigue que Jernigan sea algo parecido a un seductor.

La alusión a Flaubert no es casual: Gates también podría decir aquello de «Jernigan, c’est moi» porque esta novela es pura literatura del yo. De un yo grotesco, con sus deformidades acariciadas y temidas, que no tiene remedio, pero que obliga al lector a mirarse en el espejo y a admitir que, en fin, todos somos un poco Jernigans en nuestros peores momentos.

El Periódico