La prensa dice

5 nov
2008

Dos parejas en Vermont, por Robert Saladrigas

Larry Morgan es un viejo profesor de Literatura retirado en Nuevo México con su esposa Sally, sobreviviente de una poliomielitis. ’En lugar seguro’ (’Crossing to safety’) empieza con la vuelta de Sally y Larry tras ocho años a la finca de veraneo en Vermont de sus íntimos amigos Charity y Sid Lang - él fue docente de Stanford- convocados para despedirse de Charity, enferma en fase terminal. En tales circunstancias Larry, escritor de cierta fama, rememora el arranque en la década de los treinta de la sólida amistad que unió para siempre a las dos parejas por entonces jóvenes, una rica - los Lang- y la otra pobre, al coincidir Larry y Sid en el departamento de inglés de la Universidad de Madison, Wisconsin. La novela la publicó en 1987 Wallace Stegner (1903-1992), nacido en Lake Mills (Iowa), hijo de inmigrantes escandinavos, fundador en la Universidad de Stanford de su afamada escuela de escritura creativa (Raymond Carver pasó por ella), que obtuvo en 1971 el Pulitzer por ’ángulo de reposo’ (’Angle of repose’) cuya traducción anuncia Libros del Asteroide. Reseño esos datos porque de manera un tanto absurda Wallace Stegner, magnífico narrador a juzgar por ’En lugar seguro’, nos es prácticamente desconocido. Leyéndolo con placer he tenido la sensación de descubrir a un autor de la estirpe - con matices- de los William Gaddis, Lionel Trilling, Richard Yates, William Gass o Harold Brodkey, todos ellos de culto. En cuanto al motor de la novela, es sin duda la evolución de la honda amistad que une al cuartero protagonista, conservada sin apenas fisuras durante más de treinta años y que nos llega desde el punto de vista de uno de ellos. Lo cual significa que, en aras de la subjetividad - y la verosimilitud-, Larry Morgan introduce toques razonablemente críticos a una relación que con los años sufre lógicas erosiones. La amistad es una planta tan difícil de mantener viva como el amor, que subyace a todo lo largo de la historia.

El otro puntal es Charity, una hermosa mujer, hiperactiva, obsesa del orden y la planificación -organiza su propia forma de morir-, que tiraniza a Sid hasta asfixiarlo, inmerso a desgana en la feroz competitividad del sistema universitario norteamericano cuado sólo ambicionaba convertirse en un buen poeta. Me parece brillante la sutileza con que Stegner ejemplifica la podredumbre latente en un matrimonio que para los otros -incluidos los Morgan- roza la perfección, esa perfección absoluta, viciada y destructora, que Charity busca inflexiblemente a costa de extender la infelicidad a quienes la rodean. Tan denso de matices es el tejido con que Stegner ha elaborado el carácter de Charity que ella, vista a distancia por la mirada fraternal de Larry Morgan, polariza con toda legitimidad la novela y relega a los otros protagonistas del trío al papel de contrapuntos.

La proximidad del desenlace.

Por último, en las páginas finales de Vermont, cuando el viejo Larry a solas con su memoria evoca el pasado y junto con Sally y los hijos y nietos de los Lang cumplen el sobrecogedor protocolo diseñado cómo no, por Charity, quien en un postrer y cruel ajuste de cuentas disfrazado de compasión rechaza que Sid esté con ella en el instante de rendirse ante la muerte y suscita su único e inútil acto de rebeldía, Wallace Stegner consigue, sin caer en la explicitud, crear la sensación de que en los paisajes que va describiendo con inesperada minuciosidad uno puede "ver, literalmente, lo que piensa de la vida y sus simulaciones, el poso amargo de las renuncias y los fracasos, la inevitable aceptación del declive y, por fin, la clara percepción del sibilante fraseo de la muerte.

Su manera indirecta de relatar lo esencial de la historia en este puñado de páginas de síntesis y conclusión, llenas de implicaciones y caminos metafóricos que se cruzan para hacernos sentir que el anunciado y fatídico desenlace se está produciendo en otro lugar, es sencillamente deslumbradora. Muestra cuando menos el buen saber hacer narrativo de un autor que escribe desde la lucidez.

La Vanguardia