La prensa dice

3 ene
2006

Dos inglesas y el amor, por Juan Bolea

Uno de los escritores franceses más curiosos del pasado siglo XX fue Henri Pierre Roché (1879—1959), autor de un par de novelas justamente famosas -Jules y Jim y Dos inglesas y el amor-, de una monografía sobre Don Juan y de varias trabajos de crítica literaria, en los que su aguda inteligencia destacó con luz propia.

Como con un brillo particular saludó Roché al desafío matinal de enfrentarse al arte de vivir. Su alta y aristocrática figura, siempre impecablemente vestida, según una original mezcla de bohemia y distinción, fue elemento indispensable en la mayoría de tertulias y salones donde se cocinaron las vanguardias de principios del siglo XX. Roché era un escritor, llevaba dentro un artista, pero a menudo su rol se confundía con el de un diletante, con el de un hombre de mundo, un galerista, un coleccionista. Su papel de mecenas y difusor de los movimientos artísticos lo acercó, hasta los límites de la amistad, a frecuentar a artistas de la talla de Apollinaire, Marcel Duchamp, Picasso, Picabia, Satie, Bracque, Cocteau. La americana Gertrude Stein comentó de él: "Conoce a todo el mundo, realmente a todo el mundo, y puede presentarte a cualquier persona".

En el prólogo a la nueva versión castellana de Dos inglesas y el amor , que acaba de publicar Libros del Asteroide, Antonio Marí nos recuerda que, a pesar de que Roché tan sólo escribió las mencionadas dos novelas a lo largo de toda su vida, el hábito de escribir fue siempre una constante en su existencia. Hacia 1903, con poco más de veinte años, comenzó a redactar sus diarios, un hábito que ya no abandonaría hasta la fecha de su muerte; por esas nutridas páginas desfilan prácticamente todos los creadores que en el mundo de las letras o de las artes plásticas tivieron algo que decir, algo que aportar.

En el terreno del salón, del brillo social, Roché demostró una habilidad y una inteligencia fuera de lo común. Era un seductor nato (de ahí, probablemente, su obsesión por la figura de Don Juan y por el personaje de Casanova), y fueron muchas las mujeres que compartieron las distintas fases de su vida. A Roché, siempre volcado en el entorno de las artes, le fascinaban las mujeres creativas, por lo que mantuvo numerosos romances con escritoras, pintoras o musas de otros artistas. Con Beatrice Wood, por ejemplo, la dadaísta norteamericana que fundó con Duchamp la revista The Blind Man , vivió una apasionada historia amorosa, pero con la que realmente rozó la tragedia, por la intensidad de su relación, fue con Helen Hessel, quien inspiraría a su personaje femenino de Jules y Jim .

Truffaut, el director de cine, se inspiró en Roché para firmar dos de sus obras más conocidas -dos melodramas, realmente- pero de las que peor han resistido el paso del tiempo. Curiosamente, los textos del autor de su inspiración han aguantado bastante mejor que las imágenes, y, todavía hoy, se leen no sin dejar de advertir ciertas claves y pautas de contemporaneidad.

Un escritor, Henri Pierre Roché, ciertamente curioso, al que vale la pena acercarse por una doble vía: como personaje vital, existencial, apasionado y apasionante; y como un escritor de talento, demasiado avaro consigo mismo.

El Periódico de Aragón