La prensa dice

4 feb
2008

Destreza y dignidad, por Roberto Valencia

En la Historia de la literatura sólo caben los revolucionarios, los que irrumpieron con una revelación. Esto ocasiona que a los escritores secundarios, esos que de un modo callado sedimentaron el suelo colectivo que los genios pisan y destruyen, se les asigne un juicio poco calibrado. Cuando llega el momento de ponderar las virtudes de estos gregarios, suelen sobrevalorarse a través de elogios desmedidos, o desdeñarse con abucheos injustos. «La hoja plegada» posee las características para producir uno de estos errores de cálculo. No parece un texto brillante, de hecho si se nos ocultara que lo firma un tal William Maxwell, editor de The New Yorker y mano que contribuyó desde su puesto de corrector a perfilar la obra de autores emblemáticos de la literatura norteamericana, podríamos estar tentados a despacharlo con unas pocas generalidades: literatura del yo que se despliega por medio de una ficción costumbrista, prosa escueta, estilo invisible, realismo sucinto, tendencia al sentimentalismo, apañada descripción de escenarios y de perfiles sociales...

Esto ocurre porque su tiempo narrativo está administrado con una humildad que parece casual, encontradiza. Sin embargo, el encadenamiento de las peripecias contadas conforma un ciclo argumental cerrado que ha sido delimitado con sumo cuidado, y que recoge no sólo la transición de la niñez a la adolescencia del protagonista sino también la superación de ésta. Ni un milímetro más. Claro, desde el punto de vista estructural esto supone un artificio tan prefabricado como, por ejemplo, las narraciones en paralelo de Mario Vargas Llosa, siempre visibles, o las poderosas elipsis de Ray Bradbury. La diferencia es que aquí las pretensiones están disimuladas. Digamos que el escritor de Illinois poseía el suficiente dominio de la técnica literaria como para administrarla con cuentagotas, mejor dicho, para olvidarla a la hora de concebir el relato, haciéndonos creer que la literatura se manifiesta en la página como un suceso natural, espontáneo.

«La hoja plegada» sigue cronológicamente a «Vinieron como golondrinas», publicada hace poco por Libros del Asteroide (que prepara ya la traducción de otras novelas de Maxwell). Cuenta, ya lo hemos dicho, el periplo de un niño atribulado por un crecimiento problemático a través de pequeñas escenas, encuentros de tres, cuatro o más personajes que conversan y actúan. Estos cuadros están admirablemente resueltos. Exigen un gran dominio de la pluma porque reclaman mover muchas palabras, muchos desplazamientos físicos de los personajes, muchas emociones. Sin embargo, en ningún momento se aprecian los dedos que manejan los hilos, ni siquiera su sombra delgada. Mientras este proceso se va revelando, la acción progresa hacia un desencadenamiento dramático lógico, pero de ningún modo se perciben los trucos del lenguaje, las fórmulas narrativas canónicas o las costuras que cosen un capítulo con el siguiente.

Maxwell sólo se salta sus reglas en un par de momentos significativos. Ahí, el narrador omnisciente, lejano y neutral, toma partido por lo narrado y da una opinión de los hechos. Se trata de un deus ex machina totalmente deliberado que parece avisar que rasgar las cortinas del escenario para enseñar la tramoya conforma un recurso como otro cualquiera, del que no conviene abusar. Lo importante es que la obra cobre una significación modesta pero eficaz, y que contribuya a la comprensión del comportamiento, de las vicisitudes que el hombre tiene que afrontar por el mero hecho de padecer ciclos biológicos inesperados. «La hoja plegada», digamoslo como conclusión, narra de un modo admirable el intento por encontrar la madurez. Y deja sentado que hasta en los gestos más desesperados o más patéticos del ser humano, se despliega una dignidad callada que se asemeja un poco a la intención literaria de este sabio que se conformó con ver crecer a sus discípulos -J. D. Salinger, John Updike, John Cheever, Flannery O’Connor- mientras confeccionaba en la trastienda sus pequeñas joyas.

Quimera