La prensa dice

1 mar
2006

De Kentucky a Pekín, por Robert Saladrigas

No me resisto a empezar reseñando cómo sucedió que David Kidd, un muchacho nacido en 1927 en las planicies de Kentucky, después de estudiar Cultura China en la Universidad de Michigan, gracias a un intercambio se encontró en la Universidad de Yenching, en Pekín, cursando poesía china y enseñando inglés en la Universidad de Quinhua. Estamos en el invierno de 1946, dos años antes de que la revolución liderada por Mao Tse Tung se encarame al poder y transforme la vieja sociedad del gran mamut asiático. Kidd consiguió un apartamento encima de la puerta norte del Palacio de Verano, al pie de la Colina de los Diez Mil Años y la mole venerable del templo del Mar de la Sabiduría. Más tarde, cuando la mayor ciudad amurallada del mundo sufre el primer asedio, un día, en un teatro de ópera, conoce a la joven Aimee Yu, una licenciada en Química, cuarta hija del antiguo presidente del Tribunal Supremo Chino. Se casaron y así él, un extranjero, se sintió honrado de formar parte de la aristocrática y poderosa familia manchú que ejercía su soberanía en el vasto caserío del callejón del Pelo Crespo, un conglomerado de edificios, corredores y hermosos jardines que contenían la memoria de generaciones de la dinastía y valiosísimas piezas de arte chino.

La historia prosigue. Kidd vivió dos años en la mansión, coincidiendo con el salto traumático de la vieja China al nuevo orden, la muerte del patriarca, la expoliación y el desalojo de los Yu, hasta que en 1950 Aimee y él consiguieron el permiso para viajar a EE. UU., donde por su estancia en el país de Mao fue acusado de filocomunista y proscrito por los sicarios del senador McCarthy, lo que acabó por llevarle a Japón donde ejerció como especialista en arte oriental y coleccionista. Entretanto la suerte de Aimee, de quien se divorció, tuvo un cariz diferente. Puesto que ella había huido de la tiranía comunista, fue muy bien acogida, pudo matricularse en Química en la Universidad de Columbia y llegó a trabajar para la Star Computer de la NASA a la vez que llevaba adelante investigaciones sobre aerodinámica. Un auténtico genio. En 1981 Kidd regresó a Pekín como director de una escuela de arte japonés de Kioto, para reencontrarse con una ciudad en la que las huellas de su venerable antigüedad habían sido borradas, los recuerdos personales arrasados y los supervivientes de la familia Yu, a los que consiguió reunir, convertidos en parias. Una impresión decepcionante la de esa última visita, que le atormentó hasta su muerte en 1996, en Kioto, donde el exiliado norteamericano y nostálgico de la China desaparecida dejó rastros según parece todavía localizables. Kidd publicó en 1960 un libro con las experiencias muy vivas de sus cuatro años decisivos (1946-1950) de residencia en Pekín, All the emperor’s horses. En 1988 lo amplió con su reciente viaje durante la etapa reformista de Deng Xiaoping, y con título definitivo de Historias de Pekín (Peking story)se traduce por primera vez. Entiendo que poder leer ahora ese texto que brota del subsuelo emocional de este hombre que ni siquiera se tuvo por escritor, cuyo único patrimonio fue haber sido testigo privilegiado de una transformación histórica de profundo calado, es sencillamente disfrutar de un inesperado placer. Sólo se meocurre decir que la obra es como una golosina que se paladea.Las dobles imágenes que Kidd opone son contundentemente explícitas. La ajada y medio derruida mansión de los Yu -su ancestral fortuna queda reducida a fajos de billetes sin curso legal-, tras ser expulsados de ella se convierte en residencia oficial de Lin Biao, sucesor de Mao, hasta que encabeza un complot para derrocarle y su avión cae en Manchuria, y luego en sus hermosos patios y jardines se levanta el edificio de varias plantas de la policía secreta. Lo mismo que la colección de quemadores de incienso de cinco siglos de antigüedad que nunca se habían apagado, se vendieron al peso para fundirlos y hacer con ellos "objetos útiles para la nueva China". Como son abolidos los laboriosos rituales funerarios ejemplificados en la muerte del juez Yu, los altares de los templos que guardan las tablillas de los difuntos, las torres y murallas, los lagos y palacios de la ciudad, los códigos y representaciones de un mundo que entre 1966 y 1975 el delirio reformador de los guardias rojos masacró, junto a las humillaciones y crueldades que debieron padecer miles de ciudadanos de la China precomunista que se consideraron irrecuperables y fueron eliminados físicamente. El historiador Bob Winter que llegó a China en 1920 y allí se quedó, confiesa desengañado que "en ningún lugar del mundo ha sucedido jamás algo así". Y Kidd escribe al final de su último viaje: "Todo era exagerado y brutalmente real. Y los contrastes que veía no eran tan sólo entre riqueza y pobreza, sabiduría e ignorancia, belleza y fealdad o cordura y locura; en el fondo eran contrastes entre la vida y la muerte. Aquí, en Pekín, me parecía percibir la vida y la muerte con más claridad..."

Lo que percibe David Kidd, y con él el lector, es la vida y la muerte de una forma secular e idealizada (por occidente) de civilización sobre la que se levanta otro modelo antagónico, materialista, que para él carecía de sentido. Pero la serenidad con que transforma el sentimiento de pérdida irreparable en material narrativo convincente, seductor, me parece un hallazgo que conviene celebrar gozándolo. En una palabra: su libro es una pequeña maravilla.

Culturas - La Vanguardia