La prensa dice

16 jun
2007

Cuando no hay dignidad, por Elena Sierra

En esta serie de artículos, la palabra dignidad se ha empleado varias veces... Con esta palabra hemos querido referirnos a la responsabilidad del hombre para con su comunidad. Un hombre a quien llevan de un lado para otro como si fuera una bestia, rodeado de guardias armados, hambriento y obligado a vivir entre la suciedad, pierde su dignidad, esto es, pierde el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad y, por consiguiente, su ética social». Las palabras las firma John Steinbeck yaunque siguen vigentes, aunque pueden aplicarse a procesos actuales, se las inspiraron las 400.000 personas que en la década de 1930 vagaban por California en busca de una nueva oportunidad. Eran los inmigrantes del Medio Oeste que lo habían perdido todo y a los que, al principio de su viaje,movía la dignidad. Después, la rabia. O la inercia. O dejaban de moverse.

El joven John Earnest Steinbeck (1902- 1968) había publicado ya dos novelas en las que se hacía eco de la situación de los jornaleros en su estado natal, California, para cuando escribió estas palabras. La primera, ’Tortilla flat’ (1935), contaba las peripecias de los aparceros mexicanos -de ahí el título-. La segunda, en 1936, se llamó ’En lucha incierta’ y narraba una huelga en una explotación agrícola. Dos temas que podría unir en la serie de reportajes que el ’San Francisco News’ le pidió ese mismo año a este autor preocupado por el trato inhumano que se daba a los trabajadores, a las personas. Fueron siete entregas en las que descubrió a los californianos cómo y por qué llegaban, vivían, trabajaban y morían los cientos de miles de ’okies’ que escaparon de la sequía, en plena Gran Depresión, que reinó en Oklahoma, Kansas, Texas y Nebraska durante la década de 1930.

Los siete reportajes, considerados todavía hoy como un ejemplo de periodismo, se publicaron con los años bajo el nombre de ’The Harvest Gypsies’. Ahora Libros del Asteroide los edita por primera vez en castellano como ’Los vagabundos de la cosecha’, un librito de 86 páginas que pone los pelos de punta y que se acompaña de las fotografías realizadas en la época por la famosa Dorothea Lange. La fotógrafa fue contratada por el Gobierno federal para documentar la situación de los inmigrantes. Imágenes y letras dejan constancia de lo que fue aquello. De la pérdida de la dignidad, la palabra que Steinbeck repite una y otra vez como un mantra.

La foto más conocida es, sin duda, la de la ’Madre inmigrante’ a la que dignidad le habían dejado poca. Sacada en el campo de Nipomo, en la California central, muestra a una mujer de rostro lleno de arrugas a los 32 años; dos niñas esconden sus caras en sus hombros mientras ella sostiene un bebé sucio, envuelto en ropa sucia. La historia de esta mujer que espera en la orilla del camino se supo más tarde, pero su figura ilustra a la perfección otras que Steinbeck contó y que todavía nos cuenta.

Porque las páginas de ’Los vagabundos de la cosecha’ son un homenaje a familias como la de esa mujer, a los que sufrieron primero la pérdida de sus propias tierras por la sequía, después el éxodo y la explotación y encima la discriminación por ser inmigrantes. Eran mano de obra necesaria, pero eran odiados. Steinbeck nos cuenta que esto ya había ocurrido antes. Primero con los chinos y los japoneses, luego con los mexicanos y al final con los filipinos. Estados Unidos reclamaba su entrada para trabajar por sueldos de miseria -pedían menos porque gastaban menos: podían vivir con «dos puñados de arroz» a la semana y con la esperanza de comprar un terreno-. Con el tiempo, las distintas comunidades se rebelaban contra las medidas represivas que les imponían y terminaban siendo expulsados del país. La diferencia con los ’okies’ era que estos eran blancos, estadounidenses, acostumbrados a vivir explotando su propia tierra, convencidos de las bondades de su nación. Por ello Steinbeck apunta en el libro que el trato cambiaría. Habría un nuevo modelo económico para dar cabida a estas gentes.

Degradación

En 1936, sin embargo, el panorama era el que era. Sólo en los dos campamentos gubernamentales -dos para 400.000 personas en¡ una década- la vida tenía una posibilidad: casitas con agua, letrinas comunes, servicios de guardería y escuela, pequeñas huertas para la subsistencia y médico y enfermera. Dignidad. Por lo general, los asentamientos de jornaleros no tenían agua potable. No había asistencia médica, con lo que la mayoría de los recién nacidos morían y una gripe mataba a unos cuantos. Un esguince era la diferencia entre sacar adelante a la familia o dejarla morir. No había escuelas para las miles de criaturas que vagaban por las tierras con las ropas raídas. Pero sí había policías y vigilantes. En el segundo de sus reportajes Steinbeck retrata la degradación en estas favelas californianas. Primer paso: el recién llegado que confía en tirar para adelante, que construye una casita de cartón, que no protegerá a sus hijos. Tiene «amor propio», aunque «el año que viene será como su vecino», quien vive en una tienda en la que sólo hay un colchón en el suelo para toda la familia.Por todos ellos pronuncia más que escribe John Steinbeck la palabra dignidad.Tres años después de los reportajes, cada una de las personas de ’Los vagabundos de la cosecha’ se hizo un hueco en ’Las uvas de la ira’, probablemente una de las razones fundamentales del Premio Nobel de Literatura en 1962.

El Comercio