comunidad

25 nov
2013

Concurso "Diario de una dama de provincias"

Queridos amigos,

Con Diario de una dama de provincias, su autora, E. M. Delafield, fundó un nuevo género literario: una novela en forma de diario ficticio en el que la protagonista narra, de forma desenfadada, su vida cotidiana. Su influencia se deja notar en novelas como Diario de un ama de casa desquiciada de Sue Kaufman, El diario de Bridget Jones de Helen Fielding y más recientemente en series como Girls de Lena Dunham.

Para participar en nuestro concurso os pedimos que escribáis una entrada de diario que puede estar basada en hechos reales o no de un máximo de 1500 caracteres. Valoraremos los textos más literarios, frescos y divertidos. Si necesitáis inspiración, podéis leer las primeras páginas de la novela aquí.

Seleccionaremos los mejores textos e invitaremos a nuestros seguidores de Facebook a que nos ayuden a escoger a los tres ganadores que recibirán un ejemplar de la novela en su domicilio y los finalistas recibirán un imán de regalo.

Desde hoy, 25 de noviembre, hasta el 9 de diciembre, podéis colgar vuestros textos como comentarios más abajo y el 18 de diciembre conoceremos a los ganadores.

Esperamos que os animéis.

Un abrazo,

Libros del Asteroide

_Actualizado 10 de diciembre de 2013_

Queridos amigos,

Nos ha costado mucho decidirnos, pero ya tenemos cinco finalistas:

- Maria Nobel
- Arponauta
- Shichimi
- Marina
- Nadolny

Ahora, nos gustaría que nos ayudarais a escoger a los tres ganadores, por eso, hemos colgado los cinco textos en Facebook y os pedimos que votéis los tres que más os convenzan haciendo clic en me gusta. Los tres que consigan más votos recibirán un ejemplar de la novela en su domicilio. Nuestra página de Facebook.

Muchísimas gracias a todos los que habéis participado y ¡no os olvidéis de votar! Tenéis hasta el 17 de diciembre.

_Actualizado 17 de diciembre de 2013_

Queridos amigos,

Según los votos recibidos en Facebook, los tres ganadores que recibirán en su casa un ejemplar de Diario de una dama de provincias son:

- Maria Nobel
- Marina
- Nadolny

Muchas felicidades a los tres y gracias a todos por participar.

Un abrazo,

Libros del Asteroide



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comentarios

  • Ramona 9 dic 2013

    Un gran día el de hoy...

    Amanece en mi despertador y la promesa de un buen café se desvanece cuando descubro que el paquete de Saimaza está vacío: siempre lo mismo, pienso, y le envío un besito mental a mi compañera de piso.

    Decido enfundarme camiseta y vaqueros para bajar al supermercado en busca de esa dosis de cafeína que cada mañana me convierte en persona. Me quito el pijama y me pongo los vaqueros, piel con piel, sin bragas: total, es un segundo de nada, y prescindo del sujetador también, mientras contemplo mis pechos desnudos frente al espejo -jodida ley de la gravedad-.

    Me río para mis adentros porque seguro que cuando le cuente a Manuel que salí así a la calle, estallará en carcajadas, pero me ha dejado tirada esta semana y se ha largado a Cuba con un Don Juan al que conoció en una fiesta:

    - A ti sí que te pierde el sexo -le dije cuando me llamó por teléfono.

    - El sexo no, mi amor... Pero el buen sexo... Sí, sí, ¡síiiiiii! -contestó riendo.

    Pago el paquete de café en el super y me dirijo a la salida. Llueve. A cántaros, de hecho. ¿Por qué siempre llueve cuando lavo el coche, voy a la peluquería o en mis días libres?

    Todo el mundo corre por la avenida. Algunos se han colocado bolsas del Mercadona en la cabeza, pero los más previsores, aquellos que anoche escucharon al hombre del tiempo, abren sus paraguas con aire de autosuficiencia. Uno de ellos, un tipo alto, trajeado, lo hace a traición, metiéndome una varilla por el ojo:

    - Ay, ay, ay... -y mis dos manos se van a mi ojo derecho por instinto.

    Se me saltan las lágrimas del dolor, cuando el de la varilla asesina, sorprendido, se da la vuelta:

    - Lo siento, perdone, ¿se encuentra usted bien? -pero no logro articular palabra, preguntándome ofendida si ese usted me habrá etiquetado en la madurez- ¡Que alguien llame al Samur! ¡Que alguien llame al Samur!

    Y mientras él grita, visita mi mente la cantinela que mi abuela Renata, pelo blanco y labios rojos de carmín acartonado, repetía de contínuo cuando éramos pequeñas: "Hijas mías, jamás salgáis a la calle sin bragas, que nunca se sabe lo que puede pasar". Genial, abuela, gracias por el consejo.

  • Pepina 9 dic 2013

    Miércoles.

    Marcela ha venido a buscarme a la parada de metro. No nos gusta andar solas por el barrio. Nosotros siempre hacemos así. Nos ayudamos. No teníamos ganas de hablar. Hoy todo el día estuve cantando y hablando con el bebé. Le hago así para que no se aburra porque todavía es muy pequeñito y no sabe jugar. Su mamá trabaja mucho. Yo creo que no le canta mucho. Yo siempre le cantaba a mi Pedrito, todo el tiempo le cantaba. Lo echo de menos. Las mamás españolas son distintas. No digo que no sean buenas mamás. La señora quiere mucho al bebé. Es sólo que hacen las cosas de otra manera. Trabajan todo el tiempo, y están muy solas. Cuando yo tuve a Pedrito mi mamá siempre me ayudaba. A lo mejor es porque eran otros tiempos. Yo creo que la mamá de la señora está siempre muy ocupada. Como ella.

    En casa había restos del restaurante que había traído Molly. No era gran cosa y además yo no tenía mucho hambre. Yo no me quejo, en la casa siempre puedo comer lo mismo que los señores. Marcela se tiene que llevar su propio taper.

    4 a-m. Me ha despertado el wasap de Pedro. Dice que mamá se encontró mal esta tarde. He hablado con ellos por skype y dicen que ya está bien. No puedo dormir. De todas formas, enseguida sonará el despertador. Iré pronto a la casa. La señora agradece que esté allí cuando el bebé se despierta.

    Mañana también será un día muy largo.

  • Nadolny 9 dic 2013

    10 de octubre de 2013
    Me ha costado mucho convencer a mi padre porque, después de oírselo decir a un ministro, está empeñado en que aspire a una profesión que demande el mercado. Pero al final he podido apuntarme a un seminario de Filosofía sobre Aristóteles, carísimo por cierto. Eso sí, no se gastan el dinero de la matrícula en instalaciones, ya que las clases se imparten en el sótano de un bar y el olor a humedad es terrible. El dueño dice que es también librería y centro cultural, aunque yo solo he visto dos estantes con unos ejemplares bastante manoseados y un cajón flamenco.

    Teresa, la profesora, nos ha avisado desde el principio: si hay algo que no entendemos, será porque nos han robado el lenguaje. Para ponernos a prueba, se explayó a gusto sobre las interpretaciones ontológicas y teológicas de la filosofía aristotélica en relación con las aporéticas. Me encontraba tan perdido que, con ánimo de desengrasar un poco, comenté que quizá el propósito último de los filósofos y de cualquier intelectual que se precie no es otro que ligar con más facilidad.

    En qué hora tuve esa ocurrencia: tras permanecer durante un rato largo en una especie de estado vegetativo, me miró como si hubiera cometido un delito de lesa humanidad. Después, no desaprovechó ninguna ocasión para mostrarme su desdén y, cada vez que pretendía intervenir de nuevo, me espetaba un “tú no” que me dejaba helado.

    Menos mal que el final de la clase fue más llevadero. Aquello terminó pareciéndose a un curso de cata de vinos, con todos los asistentes borrachos e intentando ligar unos con otros. En un descuido, Teresa me estrujó y me plantó un beso en la mejilla. Ya veremos cómo acaba la cosa…

  • JRI 9 dic 2013 Harta estoy de relatar mi peculiar cotidianeidad, revivir mediante las palabras lo que en silencio se produjo no es tarea baladí; no obstante debo admitir que considero sumamente gratificante mitificar mi tediosa existencia, ensalzarla sin ambages, encumbrarla hasta convertir en verosímil el mayor de los embustes, la más descomunal falacia. ¿Para qué? Para así regalarme una vida mejor. O un sueño mejor, ¿o tal vez una ensoñación más placentera? Sea lo que sea, haya un motivo o no, las teclas del ordenador obedecen sumisas, y paradójicamente hoy repiquetean deleitándose por la tarea encomendada. Si hace aproximadamente un año estaba preparada para reinar –parafraseo de memoria la frase de mi querido y añorado asistente–, hoy inexplicablemente pasa mi eximio nombre a engrosar la interminable y estigmatizadora lista del paro. Por otro lado veo excesivo e inmoral mi nuevo sueldo. Mi padre opinaba como yo, aunque los dos discrepamos de manera tan vehemente que él decidió, supongo que contrariado, tomar el vuelo a Honolulú y yo… yo observo como la marea en Zanzibar sube y baja de manera incomprensiblemente veleidosa. Es un vaivén cotidiano, diario… Como este absurdo escrito, que sin embargo me niego a publicar, a pesar de los emolumentos prometidos, aunque en mi modesta opinión su calidad literaria apenas satisfará a los mismos entendidos que hace cinco años me concedieron el Nobel, premio al que renuncié tras consultarlo con mis hijos, una prole infecta que con endemoniada indiferencia duerme plácidamente, mientras yo pacientemente espero a que mi olvidadizo marido recuerde que su amada familia lo espera en esta acogedora pero hipotecada vivienda. Aún así me niego a desesperar; mañana será otro día, con otras palabras, con otras penas, con otros sueños…
  • Actias 9 dic 2013

    Lunes.
    La semana no podría haber empezado peor.

    Demasiadas cosas por hacer y demasiadas dudas. Bonita forma de empezar el mes, temiendo que la cabeza me explote de un momento a otro y sin nada para limpiar el desastre.

    Pero hay que seguir, eso es cierto; tan cierto como que se me ha olvidado citarte antes, cariño. Ahora lo arreglo.

    Querido diario:

    ¿Qué hago?

    Antes te escribía casi todos los días y pensaba en ti todas las tardes. Me hacía reír y en seguida te lo estaba contando, para no olvidarme del chiste al siguiente día. Y oye, ahora no sé si he tocado fondo o si el fondo me ha tocado a mí en esas loterías que reparten cada lunes a la una de la mañana. Por una vez internet no me da la respuesta al problema, pero algunos de sus mini-juegos son bastante entretenidos, para qué negarlo.

    Qué más dará.

    Me he dado cuenta de que no he plantado tulipanes en las macetas de la ventana. Ni siquiera me había acordado de la ilusión que eso me hacía: esperar a que la vacía tierra de mis maceteros se abriese y empezasen a asomar pequeños brotes. El año pasado me pasé mucho tiempo intentando adivinar de qué color serían las flores y si me durarían lo suficiente como para disfrutar unas cuantas semanas de ellas. Ahora sólo me quedan los bulbos secos encajados en más tierra seca y sin apenas cuerpo para brotar en ningún sitio.

    Este año parece que me estoy olvidando de lo importante o, al menos, de lo que me importaba, y lo único bonito que tengo ahora mismo en la habitación son los cactus, esos cactus que me gustaría lanzarles a la cabeza a más de uno por pura rabia. Sería una terapia bastante constructiva, a mi parecer.

    De momento, mi perro es el único que me recuerda a la voz de mi conciencia. Qué majo es.

  • Mar 9 dic 2013

    Primer día después de mi alta psiquiátrica.

    Mientras tiro el citalopram, la fluoxetina y la sertralina al inodoro, tarareo “La reina de los angelotes…gordotes” de “Huecco”. Yo no. Nunca más. Nada de tallas cuarenta y ocho. Ese mago, mi médico naturista y mi ídolo, había logrado con aquellas nuevas pastillas que mi índice de masa corporal fuera el de una modelo, aunque jubilada, todo no se podía tener. Yo, la gordita, después de tres partos y una familia numerosa, ahora era la estilizada. ¿A quién le importaba que el precio a pagar hubiera sido mi ingreso en una casa de reposo para obsesivas de la comida baja en calorías?

    Ahora con mi raqueta de "paddle" en la mano y mi faldita rosa impoluta, encantada con la imagen que me había devuelto el espejo del vestuario, me disponía a vencer a mi antigua vecina y a su cursi prima en la pista número tres de nuestro elitista club privado, mientras mi marido, pegado a la barra del bar, tiraba los tejos a la camarera de veinte años que acababa de contratar nuestra muy distinguida y rancia junta de socios de la que mi padre era miembro honorífico. Después de los despueses nada había cambiado en estos tres meses de retiro involuntario.

  • ñ 8 dic 2013

    Voy a decir que sí.

    A todo.

    Que sí, que sí, que sí...

    Que soy socia del Círculo de Lectores, de Greenpeace, de Amigos de los Animales y de Quéseyo Sin Fronteras, pero déjeme seguir, por favor, que pierdo el tren con su rollo...

    Solemos preferir el sí, porque el no parece malo, pero a veces es mejor el último.

    Que no, que no, que no...

    Que no pienso hacerlo, que no me gusta tu traje, y mucho menos tu peinado, y que no pienso ir a ver esa película que te recomendaron ayer y que tiene pinta de bodrio.

    Esta mañana en el trabajo, por ejemplo, me encasquetaron unos papeles que no eran míos: "Toma, quédatelos y échalos al mismo buzón". Me toca las narices la imposición, y pienso que la gente debería asumir que puedes contestar no cuando alguien te pide un favor, pero... Si digo no, me miran raro y se palpa la tensión. Si digo sí, se ponen hasta contentos, y según salgo, tiro los papeles a la basura sin ningún tipo de resquemor.

    ¿Sí o no?

    A veces el sí es peor...

    Y otras veces lo es el no...

    Así que, la lección del día es sencilla: sí, pero no.

  • Talines 8 dic 2013

    Sábado 21 de Diciembre.

    Y ya estamos otra vez en Navidad. ¡Madre mía!. Si parece que fue ayer cuando estábamos cenando en nochebuena donde mis suegros y dentro de 3 días toca otra vez.
    No tengo ni idea de que ponerme, lo del año pasado fijo que no. He engordado un montón y ya no hay tiempo de dietas. Tendré que ir a comprarme algo decente, pero tendrá que ser pantalón que yo con falda no me veo. Que envidia me dan las mujeres con piernas delgadas. Si yo las tuviera seguro que estaría siempre en falda,¡y bien corta!.
    Bueno, veremos lo que compro mañana.

    Domingo 22 Diciembre.

    ¡Qué horror de día! El centro comercial estaba a reventar y no había quien se probara nada a gusto. Me he probado unos 5 o 6 pantalones y todos me sentaban mal. Unos la cintura demasiado ancha, otros no me pasaban del principio del muslo y otros directamente no había tallas.
    No, si al final tendré que ir con los vaqueros de diario y por arriba algo más arreglado. Mañana miraré tiendas por la ciudad, espero que tengan alguna cosa que me sirva sino me tendré que plantear en serio lo de los vaqueros. Aunque ahora que lo pienso tengo que buscar si aparece la falda larga negra. Está un poco vieja pero creo que todavía servirá para el apuro. jejeje siempre me saca del atolladero, mi prenda comodín.

  • La dalia zul 4 dic 2013

    27 de noviembre de 2013
    Ha habido una alarma en casa, una avería en un termo con un pequeño escape de gas, así que hemos salido todos los vecinos a la calle y hemos llamado a los bomberos. ¡Y vaya decepción! Los bomberos… ¡qué timo! Otro mito erótico por los suelos. A puntito he estado de decirles “Váyanse ustedes, señores fondones, y que vengan los bomberos de verdad, esos que hicieron huelga en pelotas delante del ayuntamiento”. Javier me ha contenido y me ha explicado que el parque de bomberos más cercano a nuestra casa es también el más céntrico y por tanto el más codiciado. Los bomberos que están allí es porque tienen muchos puntos y, claro, muchos años de servicio (y de edad). Total, que los buenorros están en la periferia y cuando se vayan acercando a mi domicilio estarán ya todos cascados. Y encima no ha habido ni una explosión pequeñita, después de tanto jaleo. No sé si ir a la asociación de consumidores o al Defensor del Pueblo o a la UNESCO o algo.

    28 de noviembre de 2013
    Maldigo la hora y el día en que decidí cortarme el pelo. Es cierto que tener el pelo largo para llevarlo siempre recogido en un moño de bibliotecaria es una tontería, pero al menos tenía esa opción. Ahora cada mañana es una pesadilla. O bien me levanto con una coliflor rebelde en lo alto de la cabeza o bien como “me-ha-pasado-la-lengua-una-vaca”, sin término medio y sin poder recogérmelo. He probado mascarillas anti encrespamiento, champús voluminizadores, lociones de colágeno hidrolizado y proteína cuaternizada (¿?) y hasta mega pearls de aceite de semilla cagada por las cabras del Atlas (sí, queridas, eso ni más ni menos es el famoso aceite de argán). Al menos en invierno puedo llevar sombrero. Y eso hago.
    Pertrechada con mi plumas, mi buena bufanda y mi sombrero salvador – esta mañana me sentía con ánimo parisino, así que me he plantado la boina bugdeos, oh là là! – cojo mi bicicleta para ir a trabajar. Por el camino, como siempre, voy reflexionando sobre los variados y molestos especímenes que te encuentras sobre dos ruedas. Está el cicloturista, que se piensa que a las 7 de la mañana vamos de paseo. Va muy despacio, haciendo eses, cambiando de carril y admirando el paisaje. Te dan ganas de matarlo, pero finalmente consigues adelantar y te libras de él, menos mal. En el fondo, es el más inofensivo. Está el caso contrario, el peligroso correcaminos agresivo, que sale de casa con el maillot amarillo ya puesto y se salta semáforos, adelanta compulsivamente y sortea ancianitas por la acera. Pero el más irritante es el que yo llamo “rápido-lento” o simplemente, “tocanarices”. Es el que va chupando tu rueda con mucha prisa hasta ponerte frenética y, cuando por fin se decide a adelantarte, se te queda justo delante, haciéndote frenar. En ese momento doy gracias al legislador por haber establecido el control de armas porque, juro que si tuviera una pistola a mano, lo mataría. Sin embargo, respiro hondo, me acuerdo de aquello de la paja en el ojo ajeno y me pregunto qué tipo de ciclista seré yo y si alguien sentirá el mismo insano placer al adelantarme que yo siento al dejar muy, muy atrás a los cicloturistas más contemplativos.

    29 de noviembre de 2013
    Pero no solo hay gente irritante y molesta en el carril bici. También hay seres benéficos. Por ejemplo, el chaval de la mochila naranja, pintor a juzgar por su atuendo. Va rápido pero sin agobio, adelanta sin agresividad y, lo mejor de todo, como lleva el mismo camino que yo, ¡¡me hace de “liebre”!! Yo no comprendía eso de tirar del pelotón hasta que lo conocí. El caso es que cuando lo llevo delante, sin darme cuenta adapto mi velocidad a la suya y ¡acabo llegando cinco minutos más temprano! ¡Gracias!
    Y el próximo día… hablaremos de los peatones.

  • Marina 3 dic 2013 7.15 Miro el mármol de la cocina: veo un coco masacrado. A su lado yacen un cuchillo, una mano de mortero, y una llave inglesa, instrumentos de tortura utilizados sucesivamente hasta llegar a la solución final del martillo para perpetrar el asesinato (del coco, se entiende). Después de una noche pésima no existe el razonamiento lógico y pasar del concepto fruta-cuchillo a coco-martillo lleva su tiempo.
    (…)
    10.30 Gran momento de ocio laboral. Media oficina está preparando la jubilación de J, y la otra media desaparecida en combate. Encerrada en mi despacho preparo un anónimo con letras de periódico mal recortadas para mi cuñada: “Si no traes algo de primero para la comida de Navidad, te vas a sentar en la mesa de los niños”. Se dibuja una sonrisa en mi cara.
    (…)
    16.45 Compruebo que llevo el trozo de coco para la pruebas de alergia de R. Pasamos por el médico en tiempo récord para regresar al colegio a buscar al resto de mi prole. Aparco en doble fila mientras veo acercarse a un policía municipal. Con mi mejor cara de buena persona le digo que sólo será un momentito de nada. Se encoge de hombros mientras abre un poco los brazos y muestra las palmas de las manos. Interpreto el gesto como una señal de buena voluntad y me voy. Acierto: no hay multa.
    (…)
    19.05 Maniobra suicida de compras de Navidad en pleno centro. Las calles han sido tomadas por 2 divisiones aerotransportadas de turistas rusos, mientras que comandos terrestres nacionales impiden cualquier posibilidad de movimiento fluido. A punto de sucumbir logró atajar por la iglesia de Santa Ana y tropiezo (gracias Dios mío) con M. Ya no es flaco, ni tiene el pelo de los 25 pero conserva su sonrisa estresante. Me ve estupenda (¿a quién le importa que sólo quisiera ser amable?). Su abrazo de despedida me estremece y sus besos en la mejilla los siento a cámara lenta.
    (…)
  • mariabond 2 dic 2013

    Soy distémica. Es decir, soy una rígida autoexigente muy inteligente que, además, es distémica. Trastorno distémico: dícese de un estado alterado permanente de la emotividad. El sujeto que lo posee se caracteriza por pasar temporadas continuas de altibajos emocionales. En realidad yo lo definiría como un estado de consciencia permanente: el sentido de la vida esta siempre en cuestión, es el Santo Grial de los distémicos. Y en mi caso no hay excepción. De ahí esa especie de vacío latente que nunca se sustancia. Qué perro más bonito! ( Voy en el autobús).

    Y además soy una gran miedosa. No sé si soy cobarde. Pero soy de un miedoso que te mueres. Mejor dicho: estoy miedosa elevado al cubo porque no quiero perder lo que tengo. Y, por una vez, lo que tengo no es oro o un diamante o algo cuyo valor es simplemente convencional. Lo que tengo es…vida, pura vida. Es impagable. Es lo mas valioso. (¿por que la gente se empeña en usar complementos capilares que claramente son una agresión a la vista de los demás?? Si no te queda bien, coño no te lo pongas por dios!).

    Soy distemica. ¿Lo he dicho?

    Hoy es un día raro. Creo que puede que mi nevera me esté espiando. No es un desmayo intelectual de mi cerebro. Y necesito recordarme que tampoco un brote de esquizofrenia que añadir a mi lista de problemas mentales ( a saber: inseguridad y egocentrismo en tantos por ciento poco definidos). No. Esta mañana he leído un link a un articulo de una empresa de seguridad informática que había descubierto una nevera china que, en cuanto se conectaba a la red, empezaba a transmitir toda la información que podía cazar del wifi de la casa en la que estuviera conectada. También había lavadoras espía. Y planchas espía! La plancha me preocupa poco, porque casi no la usamos. El enano demoníaco que es mi hijo y al que quiero con locura ( y a veces con una desesperación muy maternal) no tiene problemas con las arrugas. Yo, en cuarenta años, tampoco los he tenido. Y mi chico es el mejor planchador del mundo, así que en casa la plancha nunca está conectada a la red.

    Pero puede o es probable ( no sé el grado que atribuir de certeza a la noticia, de ahí la duda en la elección del vocablo) que mi nevera, de marca y nombre "Beko", sea una maquina espía. Y aunque en un primer momento la cosa me tiraba para atrás, debo reconocer que con el paso de las horas y ahora que voy a llegar a casa y a encender el ordenador y a conectar el wifi para currar ( soy autónoma: no tengo horario laboral fijo ni economía estable) me la voy mirando con cierto cariño: de alguna manera siento que estoy en conexión con un mundo, un espacio desconocido poblado por piratas ( palabra siempre atractiva) y tan etéreo que puede hacerse de repente tan real como una nevera.

    Claro que se que lo más probable es que me abra la puerta a una habitación atestada de cables y servidores donde un tío se la casca viendo porno mientras desvalija cuentas corrientes de gente que está en otro continente y en otra vida que no es ni será nunca la suya. ¿Pero y si lo es? No sé, yo me revoluciono leyendo a Jane Austen, y siento que soy Anne Elliot cada vez que releo Persuasión. Por no hablar de algunas partes de Guerra y Paz que me se de memoria y podría recitar marcha atrás. Son vidas prestadas que se convierten en la mía por un rato ( a veces por un rato largo, otra de las características de mi estado mental cotidiano: cierta facilidad para vivir en un mundo paralelo sólo habitado por mi cerebro y yo. Y a veces por Leónidas también, mi hijo). Así que quizá, ese tipo ladrón que se mete en mi vida por el wifi de mi nevera espía y me quiere robar el dinero que no tengo, está viviendo un poco en mi vida, como yo vivo en la de Anne cada vez que cojo Persuasion. Y si es así ¿que cojerá de mi? ¿Me puede robar ,por favor, también mi melancolía latente? ¿Se llevará recuerdos que no quiero o imágenes que atesoro?

    ….No sé, es todo tan relativo que ahora mismo, mientras abro la nevera y mi ordenador ya está conectado y escribo esto que voy a enviar por email, pienso que quizá nos pasamos la vida robándonos los unos a los otros. Espiándonos. Y que si el wifi también sirviera para piratear emociones, entonces tener una nevera espía, o una lavadora o una plancha con vocación cerocerosiete, sería, además de una consecuencia lógica de nuestro espíritu más primitivo, un cosa la mar de práctica: estaría genial poder ser quien queramos ser simplemente con un smartphone o un usb en el bolsillo.

    Yo estaría robándole todo el día pensamientos a Jacinto Antón. Y a mi hijo. Y también a mi nevera.

  • Manucasoul 1 dic 2013

    Esa chica rumana tan rubia tan guapa, sentada frente a mi en el Cercanías. Ese chico de barbas y pelos largos lleno de pendientes y tatuajes. Ese señor tan serio, sentado contra la pared, con -2º, pidiendo sin cartel, sin hablar y al que nadie le da nada. Esa chica tan guapa, sudamericana, que va helada de frio a trabajar, a saber donde. Ese chico tan moderno, siempre con ropa muy coloreada, y con gafas de sol a esas horas. Ese señor de pelo blanco que va siempre tan corriendo. Esa chica tan alta, tan delgada, tan guapa, a la que solo le afean esos dientes tan grandes de arriba que la impiden cerrar la boca.Ese gay tan bajito, tan estirado que va vestido de modernillo.Esa chica que baja del autobus siempre con una carpeta bajo el brazo y con mucha prisa. Ese compañero que siempre sale delante del Cercanias y al que pretendo no alcanzar y me obliga a ir despacio. Esa señora tan mayor andando muy deprisa. Ese señor cojo abriendo su quiosco de prensa. esa gente en las puertas de los bares fumando. Esos camareros chillando las comandas.
    Esa señora de otro quiosco de prensa regañando a diario a su marido para que coloque bien periódicos y revistas. Esos compañeros helados de frio esperando en la puerta a que abran para meterse en su reclusión diaria. Esos guardas jurados que no perdonan ni un minuto para abrir las puertas, tanto de los funcionarios a pie, como del garaje.

    Ese meterse allí a las 7,15h de la mañana, en invierno y en verano.

    La vida está afuera.

  • jofebre 30 nov 2013

    jueves, 28 de noviembre

    Esta tarde me hubiera gustado ponerme a escribir en mi diario, pero como ayer y anteayer tampoco hoy ha podido ser. A lo mejor mañana podré sentarme a escribir un ratito a recapitular los acontecimientos de la última semana. Si no, también estos recuerdos, ahora todavía frescos, empezarán a marchitarse y al poco serán polvo, polvo en el viento de mi zarandeada existencia. Claro que, escritos en mis cuadernos, tampoco están a salvo, también están destinados a desintegrarse antes o después, pero al menos así, recogidos, como en la bolsa de un aspirador, puedo hacerme la ilusión de que durarán un tiempo indefinidamente largo, muy, muy largo, tanto como para que una bisnieta algún día pueda decir: “¡Mira qué cosas escribía la bisabuela!”
    Pues sí, hija mía, si mañana tengo tiempo escribiré que ésta última ha sido una de esas semanas que nunca desearías que llegue y que, mientras dura, no haces más que esperar que se acabe de una vez, una de esas semanas que ponen a prueba la robustez de tu carácter o, si lo prefieres, exponen al mundo entero, como si la iluminaran con reflectores de alta potencia, la fragilidad de tus nervios. Primero fue el accidente, justo el jueves pasado a las cinco de la tarde, justo hace una semana y diez minutos. Me llamó mi marido (el que algún día será tu bisabuelo) y con voz entrecortada y entre ayes de dolor me comunicó que acababa de romperse el tendón de Aquiles. De inmediato me puse en marcha hacia el mercado donde trabaja, no sin antes asegurarme de llevar el móvil y las tarjetas de la mutua y del seguro, aunque me olvidé ponerme ropa de calle y salí en chándal, cosa de la que no me iba a dar cuenta sino al cabo de muchas horas.
    Unas horas muy largas, dirás. Pues sí, larguísimas. No es como en las películas, nadie te lleva corriendo a un quirófano, y ahora que estamos en tiempos de crisis no te hacen ni siquiera la que tú creerías la radiografía de rigor en caso de accidente. La ambulancia se toma su tiempo en tanto que el accidentado espera sentado en una silla bajo los pareos multicolores de una vecina de puesto. Un hombre se interesa por los artículos, pregunta precios, se extraña de que el hombre sentado no le conteste, insiste en saber lo que cuestan. “¿No ve cómo estoy, coño?” le dice al fin tu bisabuelo para sacárselo de encima. El hombre responde airado que no, que el no ve nada y se aleja mascullando palabrotas. Por fin llega la ambulancia, o mejor dicho, llegan dos, porque en vista de la tardanza alguien ha llamado a emergencias después de haberlo hecho yo. Los sanitarios se saludan, bromean y observo con alivio, aunque sin mirar a nadie a la cara, que no pasa nada. Preguntan en seguida por la tarjeta de la mutua (menos mal que no la he olvidado, cada vez soy más consciente de que el modelo americano se impone en nuestra vieja Europa con cada segundo que pasa), tardan solo media hora en inmovilizarle la pierna y como no es un caso urgente llegamos al hospital en apenas otros tres cuartos de hora más. Mientras me ocupo de los trámites administrativos mi marido desparece en un box. Cuando logro localizarlo ya lo han desvestido y le han puesto una de esas horribles camisolas verdes que te dejan el trasero al aire y justifican el calor espantoso que impera en los hospitales. Esperando al médico hacemos algunas llamadas con mi móvil, aprovechando uno de los muchos enchufes que hay en el box, ya que es uno de esos modelos nuevos que requieren ser recargados continuamente. Antes de que llegue el doctor hay tiempo de llamar a mis padres, a mi hermano, a mi jefa y a una media docena de amigos.
    Te ahorraré detalles. Sólo te diré que fue lástima que no hubiera televisor en el box porque nos hubiera dado tiempo de ver todo el partido que el Barça jugaba esa tarde, pero en fin, ya se sabe, que uno va al hospital por asuntos serios, no para divertirse. Cuando por fin llegó el doctor nos enteramos del porqué nos habían dejado esperar tanto tiempo. Deberíamos haber tomado una decisión respecto a operar o no operar. Lástima que nadie nos hubiera informado. Tardamos pues un tiempo suplementario en hacerlo. “No me quiero operar” dijo tu bisabuelo. “No quiero operar a un paciente que no quiere dejarse operar” añadió el médico saliendo del box. Y no se habló más. Instantes después el galeno vino, enyesó (ayudado por un ejército de enfermeras materializadas en el box a tal efecto) y se marchó, no sin antes meterme en la mano un manojo de recetas garabateadas con la típica escritura de los facultativos y disculparse por no poder quedarse ni un segundo más. Cuando por fin logramos salir del hipercaldeado box habían pasado cinco horas desde el accidente. Un buen récord, pensé mientras salía con los dos brazos cargados con la ropa de la que nos habíamos despojado para poder sobrevivir, dos bolsos y un zapato. Aunque, con un pronóstico de seis a ocho semanas, la curación se vislumbrara apenas en el horizonte, no importaba. “Por fin nos vamos a casa”, pensé satisfecha mientras iba leyendo con el rabillo del ojo los carteles que prohibían taxativamente el uso de móviles en el pabellón de urgencias.
    Un hospital es como una cárcel. Gente extraña armada de termómetros, manómetros, jeringas y artilugios, máquinas inquietantes, rutinas desconocidas, desconcertantes, gestos imperiosos, acaso brutales. Solo piensas en el momento en que por fin podrás marcharte. Pero luego llegas a casa y ¡ay! empiezas a echar de menos una mano o un consejo profesionales, la ayuda concreta para hacer frente a la nueva situación que acaba de hacer trizas todas tus rutinas cotidianas, y cuando te das cuenta, ya te ha invadido por completo la convicción de haber sido abandonada.
    Un accidente, una enfermedad repentina grave son, ya de por sí, eventos arrolladores, que nos superan por completo. Sería lógico que nos impidieran pensar en ninguna otra cosa. Sin embargo, no es así, al contrario. He observado no una sino mil veces que son como un arado, penetran profundamente en los problemas sedimentados, aparentemente inertes, olvidados o procrastinados, no ya del paciente sino de la familia entera, y los voltean y remueven, sacando a la luz, como terrones, mil aspectos enterrados a fuerza de rutina y paciencia, acaso embrutecimiento. Dirás que no te parece el momento más adecuado. Tienes razón, tampoco a mí me lo parece, pero es así. La enfermedad física de uno casi siempre conlleva la alteración emocional del resto de miembros de la familia, siempre y cuando no desemboque directamente en un conflicto abierto. En fin, lo habrás adivinado ya, cuando llegamos a casa, lo primero que hicimos fue tirarnos los trastos a la cabeza unos a otros. Luego hicimos las paces y, hala, a seguir adelante.
    Menos mal que tras un viernes de papeleo, llegó el fin de semana y con él fuimos recuperando un poco de serenidad, aunque no dejé de dar rienda suelta a mis lágrimas en previsión de no poder hacerlo en los días que vinieran después.
    Hice bien porque el lunes fue de manual. Te aseguro que no suelo empezar mal la semana, los lunes siempre estoy en plena forma, a veces la energía me basta incluso hasta el martes por la noche, antes de caer en picado el miércoles. Pero el lunes pasado fue diferente. Una colega faltó al trabajo y hubo que substituirla. Aguanté bien el tipo, aunque la cosa no me hizo ninguna gracia. El martes, cuando tampoco apareció, ya me costó mucho más. Menos mal que gracias a un poquitín de solidaridad de amigos y vecinos conseguimos unas muletas y una vieja silla de oficina con ruedas, de modo que tu bisabuelo pudo empezar a pasearse por la casa sin saltar sobre la “pierna buena” (que dicho entre paréntesis tiene el menisco interno roto desde hace un tiempo) y a volver a cocinar (actividad sin la cual estamos todos perdidos en esta casa).
    Bien, preciosa, todo esto y mucho más hubiera querido contarte hoy a través de mi diario si el torreón de tareas acumuladas en casa y fuera de ella me hubieran dejado ocasión. Será para otra vez, mañana quizá. Seguro que de aquí a cincuenta o sesenta años, cuando leas mis cuadernos, todas nuestras pequeñas dificultades estarán más que superadas. ¡Qué alivio!

  • Davies Ray 29 nov 2013 ¿Será que con el tiempo consiga que me deje de crecer el vientre?
    Con el viento a favor y una mañana más, es posible que el vómito ceda y yo pueda continuar, esto de encontrarme toda la mañana metida el en el sanitario no se ve muy bien, el jefe ya se pregunta qué pasa. Voy señor, en un minuto lo atiendo. ¿Dígame se siente usted bien? ¿Me lo pregunta a mí? Ver para creer, esto no me parece bien, usted tiene la cara más pálida que el papel de la maquina copiadora.
    No, señor. Usted me confunde, yo solo vengo de paso. Vengo del piso de arriba, porque el baño no estaba funcionando, pero si a usted le molesta, me retiro. ¡Señorita, cómo se atreve!
    La veo todas las mañanas mientras me sirve el café ¿ahora me viene a decir que no la conozco?
    Conozco, es una palabra muy grave mi señor, quizá usted tenga una empleada que le sirve el café todas las mañanas, pero no por ello se debe atrever a decir la conozco. Que se piensa, petulante y soez tipejo. Eso de conocer, le viene a uno mismo si se atreve a pensar con soberbia que se conoce, conocer ¿conocer? Que palabrejas. Ni yo me atrevo. Así que con su permiso, me retiro.
    ¡Señorita! ¿Me va usted a dejar con la palabra en la boca?
    ¿Señorita? Qué caso tiene si ni siquiera sabe, y se dice que me conoce. Válgame… por cierto soy Mónica. Discúlpeme ya me voy, veré si puedo usar el baño de abajo.
    Me permite, quiero entrar al baño. Gracias.
    Estaba yo en aquello de…
    Con el viento a favor, puede ser, si la mañana no se me acaba en un segundo. Que la pastilla del día siguiente haga su trabajo pronto. Ya no quiero sentir estás nauseas, ya no quiero seguir con la cara metida en el escusado.
    ¿Mónica? Qué tanto haces en el baño, ya seguro estás alucinando con aquello del día siguiente, las pastillas, el vómito. Deja de viajar, ya te digo el medico que el jarabe para la tos no es bueno, que te acelera mucho. Ven a dormir, tu embarazo es psicológico y yo tengo hecha la vasectomía.
    Ese detrás de la puerta me podría dejar sola. Yo tengo mi propia historia. Favor de no molestar, ni interferir. Yo a usted ni lo conozco.
  • Romanuel 28 nov 2013

    Al caminar, la acera gris color cemento me muestra sus grietas, como una pintura de naturaleza muerta de la ciudad, raíces del asfalto roto que trato de pisar en número par, para no pensar, en el mareo, en la náuseas -recuerdo un diálogo de una película de Lars Von Trier: lo he visto todo, dice Björk- y recuerdo ah, recuerdo, por qué estoy escribiendo esto y callo mientras trato de no mirar a la gente que choca con mi hombro (y espero que nadie lea esto pero estoy seguro que un desquiciado robará mi diario y me acosará hasta matarme).

    Miente: Inventa. No. Trato de ser creativa y me asfixio.

    Estoy sentada en un parque y un hombre me sonríe. Pasa de largo. Quiero vomitar pero el llanto me tapa la garganta. Es un llanto ahogado.

    Es de noche y he caminado por horas. Hace días pasé y vi un anuncio: se cura la depresión, la ansiedad, la soledad. ¿Se puede curar la soledad? ¿Es la soledad una enfermedad? ¿Es una patología?

    Mi terapeuta me dijo que estaba bien sentirse sola. Pero yo no sé a que se refiere, yo no sé que hago allí. Me dijo que escribiera un diario. Le dije que no tenía nada que escribir pero apenas regresé corrí a escribir esa nada y ahora escribo y escribo (¿El hombre que me miro en el parque me conocía, yo lo conocía, sintió que debía saludarme, y si sólo lo inventé?)

  • AnuBis 28 nov 2013 ¡Maldita sea! Yo que me quería levantar a las 2 de la tarde, ahhh no, pero al solecito mañanero se le ocurre entrar por mi ventana y embarrarse por toda mi cara como mantequilla en una sartén. Así comenzó mi hermoso día.
    Me levanté a las 7:00 AM sin ganas de hacerlo, me dirigí a la cocina para prepararme un sandwich pero no había pan de caja, ni jamón, ¡yuju! Seguramente será un día lleno de adrenalina y acción -pensé- y efectivamente ir al supermercado esquivando el pinche tráfico fue como protagonizar una película de Bruce Willis. Mientras el estrés se apoderaba de mí empecé a ensayar mi lenguaje soez teniendo como testigo al semáforo de enfrente y en el auto de al lado un señor obeso que parecía tener un ataque cardíaco, lo que yo no sabía es que tenía a su secretaria escondida entre las piernas, que minutos después vi aparecerse por la ventanilla limpiándose la boca; ahora mi vida me parecía más patética. El hambre, el calor, el vacío en el corazón, la sed y las nalgas entumidas, me hicieron replantearme mi existencia: ¿era yo feliz en mi trabajo en un consultorio dental?¿por qué mis dientes estaban amarillos y chuecos si yo soy asistente de un dentista? ¿Acaso debería emprender un negocio propio con todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de 9 años? Todo estaba claro, ante mis ojos pasaba el futuro como intro del programa de "The Wonder Years", ¡al carajo todo!- me dije- pero en ese momento por estúpida quité mi pie del freno y me estampé contra el auto de enfrente. Llegó la policía, no traía mis documentos porque la inteligente de mí metió su bolsa de cosméticos en la guantera y dejó los papeles en casa pensando que por una vez sin llevarlos pasaría nada. Pues bien, adios sueños de una vida emprendedora, tuve que pagar una multa con la que pude haber cubierto los gastos de una boda que jamás se realizará, porque soy una solterona. Lo único bueno de la experiencia es que el policía no estaba nada mal, tenía buen trasero, se ve que va seguido al gimnasio, con una excelente cirugía facial estaría perfecto.
    Ahora me voy a dormir porque mañana es lunes y tengo que ir a trabajar. Me espera otro día emocionante: don Ezequiel tiene extracción de dos muelas del juicio, será tan divertido como ir a Disneylandia.
  • Laura Literatura 26 nov 2013

    Sábado. 3 diciembre.-

    Ayer me volví a perder de nuevo.
    Sí, me pierdo por todas partes.
    Resulta que fui a visitar a una amiga que acaba de tener un bebe, y voy y me confundo de hospital.
    La cosa es que no me dí cuenta hasta que entré por la puerta y en vez de encontrarla a ella y a su bebé, me encuentro con Don Hortensio cantando aquello de ¿qué será, qué será de la mia vida, qué será…?
    - ¿Y la niña?,- le pregunté pues aún no me había dado cuenta de que no era Eugenia, mi amiga.
    - ¡Uy, perdón, qué tonta!- añadí cuando en vez de ver un bebé rollizo con madre incluida, me encuentro con que me está mirando un pellejo cantante como si yo fuera una caperucita.
    - Pasa hija, pasa, la puerta está abierta… ¿a ver qué me has traído de merienda?
    ¿Y esos ojos para que son?, ¿y esa boquita de fresa a quién se va a comer hoy…?
    - Creo que comete usted un grave error, no soy ninguna caperucita ni tengo hambre, sólo sé que me vuelto a perder.
    - No me extraña que te pierdas hija mía, con esa faldita tan corta que llevas, lo tuyo es perderte, anda, ven con Hortensio, que yo sí que he tenido hoy un encontronazo…
    Y diciéndome esto, empezó a cantarme:
    “Muñequita linda, de ricitos de oro, y labios de rubí”.
    Cuando a punto estaba yo de quedarme dormida con aquel arrullo, entró una enfermera y al vernos dijo:
    - ¿Qué ya estamos otra vez, Don Rogelio?, Cuando veces le tengo que recordar que le están esperando sus pacientes en la consulta, que no es hora de ponerse a jugar a los viejecitos verdes que encuentran a jovencitas que se pierden. ¡Venga, doctor!, que ya tendrá tiempo de jugar mañana otra vez, porque después de todo” mañana será otro día…”
    - Sí, pero a mí no me esperen aquí, porque seguramente no estaré, ya que me habré perdido por otro sitio- contesté yo toda convencida…

    Nota- Mañana seguiré contando, que va a empezar “Tierra de Lobos”.

  • shichimi 26 nov 2013

    Cuaderno de viaje 1
    Llego al camping de los holandeses aún con luz.
    Solo hay una familia alemana con una autocaravana.

    Cena:
    - frutos secos.
    - patatas cocidas.
    - rábanos.
    - aguacate.
    - queso idiazabal.
    - vino.

    La nostalgia de otras vidas.
    Ser alemana, tener una familia, recorrer Francia durante las vacaciones, quizá ser profesora o médica.
    Puedo imaginarlo.
    Puedo echarlo de menos.

    Se oye al fondo el ruido de la fábrica de luz.

    No veo a los caipús.
    La última vez con C... vimos tres que comían tallos o raíces.

    He plantado la tienda bajo un enorme roble.
    Viene el holandés a cobrarme.
    Intercambiamos conversación sobre el tiempo.
    Ayer hubo aquí 40º.

    Me tumbo para descansar la espalda.
    Oigo a la familia alemana jugar a algo que no consigo saber que es.
    Cuando me levanto y atisbo veo que juegan a la petanca (muy francés para ser alemanes).

    Anochece.
    Cantan los grillos.
    Bebo vino.
    Tregua.

    Me despierto antes de que suene el despertador.
    Aquí a las siete ya es de día.
    He soñado que me costaba respirar, que me ahogaba.
    Me he puesto a dormir en dirección contraria a como estaba.
    Tenía la cabeza más baja que los pies.
    Lo más curioso es que me asfixiaba en Rusia y en ruso.

    Desayuno:
    - un melocotón (guardo el hueso por lo que pueda suceder).
    - una barrita de muesli.
    - te tibio (Lapsang Souchong).

    Mientras recojo, la mujer alemana se levanta.
    Se pone a leer mientras su familia duerme.

    Quizá ella también sienta nostalgia de otras vidas (la de la mujer española que viaja sola y que no parece que esté de vacaciones).

    Cuando me voy no me mira.
    Me quedo con las ganas de hacer un gesto de despedida.

  • arponauta 26 nov 2013

    11 marzo 2011

    tos. mocos. flemas. dolor de espalda. pastillas. no puedo respirar.

    llueve.

    decido salir a por mi botín del día. me pongo unas botas sin calcetines, el abrigo sobre el pijama y un gorrito de lluvia (que me encontré en el súper) tapando mi pelo sucio. cojo 1,20 € y las tijeras de podar.
    primero compro ’El País’ en la gasolinera, para disimular (¿para disimular qué?, me pregunto). y después voy decidida y empapada bajo la lluvia, tijeras en ristre, a cortar una rama de mimosa del árbol que llevo viendo un mes desde el autobús. todas las ramas están muy altas (alguien más ha tenido la misma idea que yo, maldición). pero consigo alcanzar una ramita y me doy por satisfecha.

    de vuelta corto una rama de un pruno florecido (me estoy viniendo arriba). me acuerdo de mi madre y de las tijeras de podar que llevaba siempre en su bolso para robar flores (magnolias, casi siempre).
    me temo que de empinarme se me ha descolocado la contractura y empieza a dolerme el omóplato izquierdo inferior. bien lo vale, me digo, mientras contemplo satisfecha mi única acción valiosa del día.

  • MCMORALES 26 nov 2013 Sé que me derrumbaré. Tarde o temprano me vendré abajo. Como hace seis meses en La Gaceta, cuando sólo se trataba de perder el empleo. Un día de estos una palabra de mi marido, una rabieta de mi hijo o una conversación con mi madre me hará perder los nervios y me echaré a llorar, dándome cuenta de que no puedo seguir adelante.
    Hace seis meses era más fácil. Un niño pequeño y otro en camino lo compensaban todo. Hasta que perdí el que venía. Aún hoy creo que si Martín no estuviera en el mundo me daría de cabezazos contra la pared. No dejo de repetirme como un mantra: "Si él está bien, todo va bien".
    Pero me asaltan los recuerdos. Ese temblor de manos de mi padre, ese toser sin parar. No se va a poner mejor. Le mandan a casa para que esté rodeado de sus cosas, para que esté más cómodo. Lo sabe mi madre y él también lo sabe. Pero qué dignidad, qué entereza. O ha intentado tenerla mientras estábamos allí. ¿Cómo debe resultar, teniendo la muerte tan cerca? ¿Cómo la afrontaré yo, si la veo aparecer desde lejos? ¿Cómo se puede perder el trabajo, un hijo y un padre el mismo año? ¿Qué debo hacer? ¿Acudir junto a mi madre para que descanse un poco? Ella me evita cualquier sufrimiento, cualquier responsabilidad que tenga que ver con el papel de cuidadora asignado a las mujeres desde tiempos inmemoriales. Yo no soy tan fuerte. Estoy acostumbrada a una vida cómoda. No sé cómo haré yo con Martín. Estos días me he convertido en la madre cortarrollos que todos los niños odian. La que te interrumpe el juego para cambiarte el pañal. La que dice que hay que marcharse de la casa de unos amigos cuando lo estás pasando tan bien. La que decide que vale ya de ver la tele y que hay que acostarse.
  • Maria Nobel 26 nov 2013 Hoy la he visto. Es curioso que en todos estos años nunca antes me la haya encontrado, empezaba a dudar que fuera real, pero ha sido fácil reconocerla. En movimiento, sus facciones no resultan muy distintas de las fotos que había visto en casa de Luis. Es una cara que podría dibujar de memoria. Siempre que iba a su casa y mi mirada se cruzaba con alguna foto de ellos en el salón, en el pasillo, en el dormitorio, rápidamente giraba la cabeza pero volvía a mirar de refilón. El mismo gesto instintivo que cuando vas sentada en el metro, levantas la vista y te encuentras con el paquete de un tío: te ruborizas, disimulas, pero la curiosidad te puede y vuelves a mirar.
    El caso es que disminuyo el paso, convencida de que camina hacia mí, segura de sí misma –o al menos así la he visto yo–, y según se acercaba me ha parecido que abría la boca para decirme algo. Error. Ha pasado por mi lado sin inmutarse. No me conoce, no sospecha que existo. Supongo que a eso le llaman “ironías de la vida”. Luego ya no he pensado más, me he girado y me he puesto a seguirla. Sólo quería ver qué es lo que la hacía tan especial, qué tiene que yo no tenga. Cuando pudo no hacerlo, Luis la eligió a ella.
    Es más flaca de lo que imaginaba. La he visto comprar naranjas en la frutería, elegir sujetadores en la tienda de lencería, rebuscar en su bolso para coger el móvil. He oído su voz, su risa, mientras hablaba con alguien. Me ha jodido que fuera tan humana.
    Cuando he querido darme cuenta eran las diez. Me he olvidado de mí, de que tenía cosas que hacer y de una manera casi mecánica he llegado a casa. Me he quitado el abrigo, he dejado las llaves encima del mueble del recibidor –haciéndolas chocar con la madera, para que hagan ruido como a mí me gusta– y me veo escribiendo que hoy he visto un fantasma de carne y hueso.
  • ¿? 26 nov 2013

    Algo ha comenzado a desmoronarse. Siento el aullido de los glóbulos rojos al desbocarse por mi torrente sanguíneo, produciendo un ruido sordo en mis venas.

    Creo que un estudiante me ha visto devorar las páginas de “Rojo y Negro”, de Stendhal. He intentado explicarle que es mucho más sabroso que Joyce, más fácil de digerir, más suave al paladar, y que su sabor perdura por más tiempo. Incluso le he explicado que mis favoritos son los clásicos del XIX y la nueva narrativa americana. La generación del 98 me sienta mal, me produce una acidez de estómago que me empuja desaforadamente al bicarbonato.

    Me he hecho un moño alto al más puro estilo Audrey Hepburn, y me he comprado unas gafas de montura al aire, una blusa con lazo y unos zapatos de suela de goma. Me paseo entre las filas de libros, ayudando a estudiantes que quieren encontrar datos sobre el marxismo y a abuelitos que no han superado el síndrome “yo-estuve-en-la-guerra-civil”.

    Creo que voy a empezar a comerme todos los libros que aportan la visión de los acontecimientos desde el lado nacional. Voy a intentar el conjunto bibliotecaria rancia fagocitadora roja y mal follada. Quiero sentirme como una mantis al devorar a su macho, y, después, sólo después, desprenderme de este moño y estas gafas, de este lazo estrangulador y de estos zapatos de goma que no hacen toc toc al caminar. Unos zapatos que no resuenan al andar son como dos bolsas informes para taparse los pies. Unos Blahnik de tacón de 10 centímetros te hacen sentirte en la cima del mundo, la más puta de Manhattan.

  • setenton madrileño 25 nov 2013

    ¿Que es un diario?

    Dic. R.A.E.:
    diario, ria.

    (Del lat. diarĭum).

    1. adj. Correspondiente a todos los días. Salario diario. Comida diaria.

    2. m. Relación histórica de lo que ha ido sucediendo por días, o día por día.

    3. m. Periódico que se publica todos los días.

    4. m. Valor o gasto correspondiente a lo que hace falta para mantener la casa en un día, y lo que se gasta y come cada día.

    5. m. Com. libro diario.

    Como diria un amigo mio," en mis cortas luces" creo que la definicion que corresponde a mi idea es la 2ª.

    Ya se lo que es un diario.

    Nueva duda:¿Tengo edad para escribir un diario?y suponiendo que asi sea,¿tengo hechos,labores,experiencias para reflejar en la narracion de cada dia?.

    Y por ultimo contestadas afirmativamente las anteriores preguntas(Tengo 70 años,asi que escribo ahora el diario o se me pasara el tiempo de escribirlo;tendre que pensar que puedo reflejar en el diario pero creo tener experiencias y hechos para escribir),la siguiente pregunta sera si su publicacion interesara a alguien..........

    P.D.Ya me debe empezar a fallar la memoria...........al abrir un cajon descubro cuadernos y cuadernos que reflejan mi vida desde hace...........sino con regularidad diaria por lo menos en cortos intervalos de tiempo.