La prensa dice

1 jun
2010

Clinamen de historia y novela, por Javier Moreno

De ángulo de reposo puede decirse que es una novela que son dos novelas al mismo tiempo. Lyman Ward, un historiador retirado que ha sufrido un proceso degenerativo de su estructura ósea y ahora yace postrado en una silla de ruedas, es el narrador homodiegético de la novela. Lyman nos cuenta en primera persona la circunstancia vital que lo envuelve, es decir, su relación con la cuidadora, su hijo Rodman, las secretarias que van pasando por su despacho y que lo ayudan con su tarea investigadora... Pero al mismo tiempo, y con mayor peso literario en la novela (hablamos en términos cuantitativos), Lyman se convierte a su vez en narrador heterodiegético de la historia de sus abuelos: Susan (joven pintora que goza de reputación e importantes contactos con el este) y Oliver Ward (el rudo arquitecto que arrancará -de manera un tanto inexplicable- a la joven Susan de su apacible y sofistacada existencia), dos pioneros del oeste que van pasando de un lugar a otro, trazando el itinerario de una particular odisea, en busca de la fortuna que les permita cumplir sus sueños personales y profesionales.

Resulta llamativo que el historiador Lyman en estos momentos de declive físico no se dedique a hacer historia propiamente dicha, sino a investigar entre los documentos de su abuela para reconstruir una parte de la historia del país (segunda mitad del siglo XIX) al mismo tiempo que hace luz sobre el pasado de su familia. Stegner posee la habilidad y la maestría de mantener dos registros completamente distintos para cada una de las temporalidades en las que transcurre la novela. Por un lado aquél con el que se nos narran los sucesos contemporáneos (diálogos, reflexiones, breves paseos), por el otro el tono marcadamente victoriano de la narración histórica, con sus virtudes y sus defectos. Lyman focaliza esos años de peregrinación a través de la figura de su abuela Susan, una mujer extraordinariamente sensible que choca de manera frontal con la aridez del paisaje y del paisanaje del oeste. La historia de Oliver y Susan Ward es una historia de encuentros y sacrificios, de sueños que se ven frustrados una vez tras otra por la dura realidad de los tiempos y de los lugares a través de los cuales transitan sus existencias. Pero Stegner nos depara una nueva sorpresa en el río caudaloso de esta novela. Poco a poco el lector va descubriendo hasta qué punto la historia de los abuelos de Lyman Ward resuena con la suya propia. De algún modo la peripecia de los abuelos sirve como espejo en el que acaba reflejándose la historia personal del propio Lyman. Especialmente reveladora resulta la metáfora del "ángulo de reposo" repetida en varias ocasiones a lo largo del libro. Para el narrador de esta novela dicho ángulo de reposo sería ese milagroso punto de encuentro y equilibrio que alcanzarían las trayectorias individuales de dos personas (las de sus abuelos Oliver y Susan, las de él mismo con su esposa Ellen), como si Lyman nos dictase en última instancia una clase de ética epicúrea inspirada en la idea de clinamen (los seres como partículas cayendo y colisionando en el vacío del universo).

Si las relaciones entre la historia y la literatura suelen ser frecuentes y fructíferas, mucho más en una novela como esta. A Stegner no le interesa tanto retratar a los grandes personajes de la época (a los que el autor deja en un segundo plano, salvo la mención a algún presidente o a la emblemática figura de Henry James a la que Stegner evita hacer aparecer -se apela a una indisposición del escritor- en una reunión a la que acude la abuela Susan) como componer un retrato aproximativo de los que sería el gérmen de la futura norteamérica. Stegner factura, en definitiva, un libro que es un juego de espejos narrativos donde la historia y la novela encuentran ese extraño equilibrio que, siguiendo al autor, llamaríamos "ángulo de reposo".

Quimera