La prensa dice

Artículo sobre William Kennedy en La opinión de Málaga

El maestro de Albany sigue en el juego

Por José Luis G. Gómez

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«A los 83 años, sigue siendo un escritor del que esperamos escuchar más de él». Así cerró el cineasta John Sayles su reseña en The New York Times de Changó’s Beads and Tow-Tone Shoes (Viking, 2011), la hasta ahora última novela de William Kennedy, nueva pieza del ya largo ciclo que le ha dedicado a su ciudad. Aquí aún tardaremos en tener esa novela en nuestras manos, aunque desde que Libros del Asteroide apostó por recuperar al narrador de Albany es posible soñar con que no pasen los nueve años que tardó en cruzar el Atlántico su Roscoe, negocios de amor y guerra (Libros del Asteroide, 2010). Porque Kennedy no está de moda, nunca lo ha estado, pero tras más de una década en el olvido vuelve a disfrutar de alguna vida en nuestras librerías.

Dejemos claro algo desde el principio, Kennedy es un escritor de la talla de E. L. Doctorow, por ejemplo, con el que además de compartir mala suerte editorial en nuestro país también coincide en la recreación libre de la Historia, sobreponiendo la verdad a la fidelidad. La suya es una de las voces más poderosas de la narrativa estadounidense del último cuarto del siglo XX, y todavía hoy mantiene el tono y la fuerza. Y sí, Tallo de hierro (Libros del Asteroide, 2011) es una obra maestra.

Para un hombre de 83 años, 2011 tuvo que ser un año casi frenético para William Kennedy: recuperó a Daniel Quinn como protagonista de la compleja Changó’s Beads and Tow-Tone Shoes, novela de saltos temporales en la que recrea la Cuba de Hemingway, que tanto adoran los estadounidenses; esa novela le llevó a dar una extensa gira de conferencias por su país, con parada en su universidad, en un acto que supo a despedida; además, volvió a acercarse al cine, que tantos sinsabores le ha dado –décadas atrás escribió el guión de Cotton Club (Francis Ford Coppola, 1984), toda una pesadilla para él–, y escribió un documental para la PBS sobre los Años de la Prohibición, que también narró; quizá incluso encontró tiempo para ir al estreno de la adaptación cinematográfica de El diario del ron, la novela de Hunter S. Thompson que recomendó dejar en un cajón y en la que él mismo aparece dibujado. No es poca actividad para doce meses.

Mientras Kennedy promociona su última novela en el Reino Unido, estos días pasados ha protagonizado bastantes páginas en los periódicos que sobreviven a la crisis del negocio, en España sus lectores estamos a la espera de la llegada de la nueva traducción de La jugada maestra de Billy Phelan (1978). Se trata de una de las cumbres de su ciclo de Albany, la segunda pieza de ese mecano narrativo que sigue dando grandes libros. Entre tanto, los más fanáticos de sus seguidores hemos disfrutado de una pequeña parte de la correspondencia entre Kennedy y el Doctor Thompson gracias a El escritor gonzo (Anagrama,2012). «Me ha decepcionado usted. Yo esperaba un ensayo serio sobre un asunto serio. Y usted me ha entregado un puñado de clichés refritos con un trasfondo chabacano». Eso le escribió Kennedy el 22 de octubre de 1959, al tiempo que le devolvía sin publicar un artículo. Thompson le llamó «cagatintas» en su respuesta: siempre fueron buenos amigos. «Me gustaría que la literatura norteamericana tuviera la vitalidad de la literatura latinoamericana; los ojos, como los tiene esta última, puestos en lo que sucede alrededor, en la sociedad, en el mundo, y no sólo en sí mismos». Ese era el deseo de Kennedy en 1984, su año del Pulitzer y de Hollywood. Él ha seguido fiel a sus intenciones. Sus numerosos personajes, esos que saltan de novela en novela, que se cruzan entre ellos por las calles de Albany, esa ciudad de «pecado, corrupción y vicio», le han servido para tejer un rico tapiz sobre la condición humana. «La literatura norteamericana ha estado dominada en los últimos años por una constante mirada hacia el interior de la persona, a su ego alienado, a su sexualidad, indagando siempre en los mismos conflictos», decía Kennedy en los días de Tallo de hierro. Porque él superó ese bucle solipsista es por lo que esperamos cada una de sus historias de Albany, porque nos dicen mucho de nosotros.

La opinión de Málaga