La prensa dice

30 nov
2005

Aquí no hay quien viva, por Isabel Gómez Melenchón

Al señor Basellecci, profesor de italiano, se le han atrofiado los esfínteres por culpa de una pared. Cuando se sienta en el retrete, la pared abombada le provoca un insufrible estreñimiento. Amenaza con una demanda. Los Jacoby quieren que les instalen un aparato de aire acondicionado, por la sinusitis del viejo. Su táctica es la llorera. El grifo de la fregadera de los Lubin gotea. Ambos sufren insomnio como consecuencia del tap-tap-tap. Y Del Río se queja del hedor. Y de las cucarachas. Esto no es Hollywood, pero sí Manhattan.

Norman Moonbloom es el casero de tres edificios semirruinosos en la Nueva York de finales de los años 50. Un hombre pacífico, un inadaptado que no ha conseguido encontrar una estabilidad personal y de paso un trabajo serio hasta que su hermano Irwing lo contrata para cobrar el alquiler y hacer como que arregla los múltiples estropicios que sufren los inmuebles de los que es propietario. Una especie de dormilón, anestesiado ante la vida. Alguien verdaderamente al margen. Todo lo contrario de Edward Lewis Wallant, el autor de Los inquilinos de Moonbloom, propietario de una vida feliz y ordenada y de una familia y una prometedora carrera literaria antes de que una muerte prematura la truncara. Lewis Wallant (1926-1962) se ganaba más que bien la vida como director creativo de una agencia de publicidad cuando en 1962 decidió dedicarse por completo a la literatura. Para entonces ya había publicado The Human Season y sobre todo The Pawnbroker, que lo consagraría como uno de los más brillantes miembros de la generación de escritores judeoamericanos de posguerra, junto a Saul Bellow o Philip Roth. Sin embargo, la muerte le llegó apenas unos meses más tarde, cuando acababa de dejar terminada Los inquilinos de Moonbloom y las correcciones de The Children at the Gate. Por lo visto en esta novela que ahora publica por primera vez Asteroide en nuestro país, fue una gran pérdida para las letras.

No deja de resultar curioso que alguien tan brillante y social en el sentido de socializado como Edward Lewis Wallant pudiera meterse en la piel de un extranjero a la manera de Camus, alguien tan previsible en sus visitas semanales como que el martes seguirá al lunes y éste al domingo. Alguien, en fin, en quien descargar semanalmente nuestras miserias, convencidos de que con él se puede hablar porque nada va a decir. Sólo que, como las gotas de agua que una a otra van cayendo de la cisterna o de la humedad de una pared y la van erosionando, también estas visitas acabarán haciendo mella en nuestro casero. En efecto, Norman Moonbloom, desoyendo a su capitalista hermano Irwing, se lanzará a una cruzada de chapuzas con la que dejará como una patena los tres edificios poniendo incluso dinero de su bolsillo y recibiendo como pago final una notificación de despido. Norman se ha salvado, ha despertado a la vida, aunque sólo sea para recibir a cambio una noticia del señor Basellecci: la culpa de su estreñimiento nunca la tuvo la pared abombada, sino un cáncer que está a punto de acabar con él. No vale la pena arreglar la pared. Pero Norman lo hace y el propio Basellecci disfruta de ello: cuando abren la ventana, con el trabajo hecho, descubren que "fuera todo era maravilla. Lucía el sol sobre la nieve y daba a todo una brillantez excesiva de ver". Unas páginas, las finales del libro, difíciles de olvidar. Como Norman Moonbloom, un judío lleno de moral judía que acaba haciendo the right thing.

ISABEL GÓMEZ MELENCHÓN

Culturas - La Vanguardia