La prensa dice

1 jul
2006

Amor imposible, por Carlos Morenilla

David Kidd (Corbin, Kentucky, 1927-1996), el autor de esta excelente novela, era un joven recién licenciado en cultura china por la Universidad de Míchigan, cuando en 1946 llegó a Pekín con diecinueve años para completar sus estudios. Entonces Pekín era aún una ciudad imperial, y el joven Kidd se enamoró de su cultura y su belleza. Pero apenas unos meses después de su llegada, Pekín y con ella toda China, fue tomada por la revolución comunista. En un intento desesperado e imposible por salvar la belleza de una cultura que desaparecía ante sus ojos, se casó con una princesa china, si es que así podemos llamar a la hija de la vieja y aristócrata familia de quien fuera presidente del Tribunal Supremo del Emperador chino. Detener el avance del tiempo

Otro amor imposible, pues Kidd era homosexual. Encontrarán, pues, en este libro una historia de amor desesperada de quien ante la impotencia de detener el avance del tiempo y con él el fin de lo que ama se empeña en recordarlo, en recogerlo dentro de su corazón y de su vida en un intento inútil por evitar su destrucción. Su amor por la cultura y el mundo de Aimee Yu, su princesa china, fue compartido con serenidad y respeto por su esposa, con la que terminó marchándose a Estados Unidos, cuando ya no quedaba en China nada de lo que habían conocido.

Eso sucedió algún tiempo después de la caída de Pekín, porque la revolución se fue extendiendo poco a poco desde el estado a unos ciudadanos profundamente educados en sus tradiciones.

Primero fue la presencia de las milicias, ante cuyas decisiones y poder no cabía protesta, pero que sin embargo respetaban a quienes no pensaban como ellos si se sometían, después la deserción de los criados, verdadero ejercito de sirvientes que mantenían las mansiones, y por último, el hundimiento del sistema financiero. Aristócratas convertidos en mendigos, templos sin fieles ni recursos, maestros sin discípulos, libros sin lectores, la vieja cultura fue muriendo en la agonía de un gran árbol al que se le han cortado todas sus raíces.

Durante algún tiempo recorrió las principales ciudades de EE.UU. dando clases y conferencias en Universidades, mientras Aimee actuaba en teatros con bailes y vestidos de una China que ya no existía.

La vieja China

Divorciado diez años después, Kidd se instaló en Japón, el lugar y la cultura más próxima a la que había amado, donde recreó el mundo de la mansión de los Yu, la familia de su esposa. Junto al que fue el amor de la mayor parte de su vida, el japonés Yasuyoshi Morimoto, que después se convertiría en el continuador de su obra, David Kidd murió esperando inútilmente que otros jóvenes estudiosos vinieran a rescatar la vieja China de su memoria. Escribió Quevedo en su soneto A Roma sepultada en sus ruinas : «Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, y en Roma misma a Roma no la hallas». Lo mismo podría decirse del antiguo Pekín que quiso rescatar Kidd y buscan actualmente con sus cámaras digitales los modernos peregrinos. Este libro es el testimonio veraz y único de una vida y una época que ya no volverán.

Las Provincias