La prensa dice

25 sep
2005

Amor de los veinte años, por Miguel Sánchez-Ostiz

En 1956, un hombre de setenta y siete años vuelve sobre las huellas de sus pasos, que para eso le sirvió su diario íntimo, sus Journals, y publica una novela, Dos inglesas y el amor, en la que rescata una conmovedora relación amorosa de su juventud. Se trata, eso se dice, de una novela de claro fondo autobiográfico, escrita utilizando los documentos que hasta ese momento pertenecían a la historia privada: cartas y diarios, del autor, Henri Pierre Roché, y de las dos mujeres que acabarían siendo protagonistas de la novela. Su autor no llegará a ver el éxito que esa novela alcance porque fallecerá tres años después.

El resultado de ese crepuscular viaje a los días de sus veinte años, fue una novela tan intensa como delicada en torno a las relaciones amorosas entre un joven francés de veinte años y dos hermanas inglesas a quienes conoce casualmente, pero con las que su vida quedará estrechamente ligada durante los años venideros. Pasiones, prejuicios (algunos tremendos), ideas torcidas y venenosas, pero no por ello menos dañinas y turbadoras, tormentos íntimos, entusiasmos contagiosos, afirmación de la propia verdad, descubrimiento de las relaciones sexuales y de la maternidad, la búsqueda de la pareja... Y detrás de todo, por parte del autor una voluntad de comprender y de saber de la propia vida y de la de aquellas personas que han contado de manera decisiva en esta.

Un escritor secreto.

Hasta el momento de la publicación de Jules et Jim (1953) y de Dos inglesas y el amor, Henri Pierre Roché (1879-1959) había sido un escritor secreto dedicado a un muy prolongado diario (casi sesenta años de intensa escritura) que sólo ha visto la luz de una manera muy reducida (las notas correspondientes a los años 1920-1921), y un personaje, más literario que real al cabo, del gran fresco de la historia del arte en Francia: conocido por su faceta de coleccionista, marchante, asesor de compras ajenas, animador de revistas de arte y por su amistad con escritores y pintores de su época (todos). Y hubiese seguido siéndolo si François Truffaut no hubiese filmado películas que fueron auténticos iconos de la educación sentimental de un par de generaciones hasta convertirse, ellas también, en piezas de colección particular que se frecuentan como quien se asoma a un relicario.

Pero si las películas de Truffaut adolecen de una mala vejez (salvo para los incondicionales, claro), las novelas de Roché, y en especial ésta, gozan de una frescura inaudita, de un poder de seducción casi intacto, a pesar de que su autor esté hablando de pasiones de hace un siglo, ese que cambió por completo las relaciones interpersonales. Son la intensidad de la escritura, la franqueza de la expresión, la ausencia de retórica polvorienta y la extrema delicadeza de quien manipula los viejos papeles, las fuerzas que sostienen esta novela y las que siguen atrapando al lector.

ABC